oct
17
SERVICIO (I)
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Después de buscar durante años he encontrado la solución a todos mis problemas domésticos.
He tratado de ganarme la vida como escritor durante los últimos veinte años (como ya sabéis todos) y lo cierto es que me siento afortunado por haber sobrevivido todo este tiempo sin pegar casi un palo al agua.
Pero los sueños de convertirme en un novelista renombrado que fuera firmando los pechos desnudos de las groupies y que despertara envidia en los compañeros de colegio que se reían de mí en el patio, ya quedaron atrás. Por fin soy consciente de que jamás se irán cayendo los sujetadores a mi paso.
Así, que no he tenido más remedio que empezar a buscar trabajo y, claro, a estas alturas me está resultando difícil. Visité todas las empresas que me parecían bonitas, pero no necesitaban empleados; después las empresas que parecían prósperas, y ocurrió tres cuartos de lo mismo. Y así fui tocando todas las puertas sin encontrar ninguna en la que mis encantos y mi escasa formación encajaran en algún perfil de los que andasen buscando.
Al final descubrí que hay un trabajo que habrá que hacer por los siglos de los siglos, un trabajo que resulta pesado y aburrido muchas veces, un trabajo que no termina nunca, un trabajo en el que no hacía falta demasiada formación ni experiencia previa.
Decidí ofrecerme como fregona (o fregón en este caso).
Limpiador profesional de suelos (o lo que se presente) para empresas y particulares.
Desdentado
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oct
16
Cuando niño, la llegada de la feria al pueblo me traía sentimientos encontrados.
Por supuesto, las luces y la música a todo trapo resultaban atractivas. El mareo de las atracciones y algunos cientos de pesetas para gastar con la cuadrilla en lo que nos viniera en gana eran un reclamo de lo más tentador.
Aun así los atracones de churros y las botellas de ginebra del pin pan pun no resultaban suficientes para enterrar en colesterol y triglicéridos el recuerdo de las tardes de capuzones y granizados al pie de la piscina.
Sin duda la feria se convertía en un paliativo para el trauma post-vacacional, el comienzo de otro curso en el colegio y la vuelta a los deberes y las tardes de frío encerrado en casa. Pero aquello no era más que un sucedáneo de felicidad, un premio de consolación que nos presentaba la vida ante la imposibilidad de vivir en un verano eterno.
Ayer, cuando bajaba al bar de costumbre, a tomar la cerveza de turno con las croquetas otoñales, escuché una conversación entre dos niñas, una de esas que inquietan, que no sabes bien por qué pero, al menos a mí, me provocan un escalofrío.
Tendrían unos nueve años y escuchaban la música que salía de un móvil, sentadas en un banco, justo en la puerta de una tienda de ropa.
Ante la pregunta de una acerca de cuál era la atracción preferida de este año, su amiga le respondía que ella se lo pasaba mejor en el apartamento, que prefería salir a navegar en el velero.
Tal vez el verano eterno existía y no lo supe encontrar.
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oct
15
Llevo un par de días aquejado de una extraña patología.
Lo cierto es que hay un síntoma único y realmente no es muy extraño. Lo curioso son las condiciones en las que se presenta.
Desde ayer por la mañana, cada vez que me agacho, no puedo reprimir un estornudo.
Y el caso es que únicamente estornudo cuando me agacho, cuado bajo la cabeza, cuando doblo el tronco.
Pensé al levantarme ayer que me había resfriado. Supuse que aquella noche me habría destapado a causa de un sueño inquieto, y aunque no tenía la garganta inflamada ni me dolía la cabeza, tomé las medidas necesarias para paliarlo.
Saqué una manta con la que taparme en el sofá, rebusqué en el botiquín la pastilla más adecuada para paliar la enfermedad y saqué un tupper de caldo de pollo que todavía me quedaba de la última vez que preparé croquetas.
Y así, ataviado para pasar un día de reposo completo con el que hacer frente al incipiente resfriado, encendí la televisión y mullí el sofá antes de sentarme.
Pasé toda la mañana sin estornudar ni una sola vez.
Cerca del mediodía, encontrándome bien, decidí que podía aprovechar el tiempo realizando tareas propias de la convalecencia, así que comencé a recortarme las uñas de los pies, no había terminado con la uña del dedo gordo del pie izquierdo, la primera que trataba de recortar, cuando una serie de siete estornudos consecutivos se sucedió sin que hubiera tiempo apenas entre el primero y el último.
Cesaron los esputos en el mismo momento de erguirme.
Lo cierto es que no fui consciente del hecho inmediatamente, realmente hasta que no llevaba un pie entero y dos dedos del otro recortado, no me di cuenta de que los estornudos solo aparecían cuando estaba agachado.
Hice, posteriormente, varias comprobaciones para asegurarme de la veracidad del dato. Y efectivamente, llevo dos días estornudando exclusivamente cuando me agacho. Cuando saco la sartén del armario, cuando me quito los calcetines, cuando cojo del suelo el móvil, cuando cojo del suelo la carcasa del móvil, cuando cojo del suelo la batería del móvil.
Así que llevo dos días trabajando de forma enfermiza. Y es que cada vez que paro a mirarme el ombligo, estornudo.
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oct
2
Llevo dos meses escribiendo un cuento. Un cuento del que tengo claro el inicio, el nudo y el desenlace. Un cuento sobre el que tengo bien claro el argumento, el tema (esa idea que descubrí no hace mucho que tienen todas las cosas que se escriben y que casi nunca se citan específicamente) y los personajes, los escenarios en que discurrirá y la atmósfera que rodeará a la acción.
Tengo claras algunas expresiones graciosas y comentarios ingeniosos que, sin duda, harán sonreír a todo aquel que ose leerlo y unas reflexiones de alto calado que harán removerse los cimientos de algunas estructuras que tomamos por firmes.
Un cuento en el que todavía no he plasmado ni una sola palabra.
Pero cada vez que me siento a poner por escrito todo lo que tengo claro, un miedo supremo me recorre la planta de los pies. En lo único que consigo centrar mi pensamiento es en palabras inconexas, uñas, párpados, ilusión, futuro, oportunidad, sueño, desprecio, paradigma y saxofón. También pienso en embriones, en decadencia, carteras, líquido amniótico, atentados, ferias de muestras y fuerza.
A veces, cuando estoy sentado delante del ordenador, repitiéndome una y otra vez lo absurdo de esta especie de miedo escénico, pienso que sería capaz de pasar una semana o cuatro meses con los ojos cerrados si con eso fuera capaz de escribir el cuento.
Me imagino tratando de realizar las actividades comunes, las de la vida diaria, sin ver absolutamente nada. Lo peor de todo es cuando caigo en la cuenta, si soy incapaz de escribir un cuento, cómo iba a fregar los platos sin verlos, cómo iba a sabes donde están los yogures que me gustan en el supermercado.
Mañana continuaré, una horica más, delante de la pantalla. A ver si aparece algo.
Por cierto, no, el cuento no tiene nada que ver con las croquetas.
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oct
1
Tuve una vez, aunque ya nadie casi se acuerda, una novia. Fue hace tanto tiempo que prácticamente no me acuerdo ni yo. De hecho lo único que tengo claro es que era una novia antigua.
Se podría decir que tenía el perfil griego, además del corte de pelo con un punto egipcio pero sobre todo era antigua en sus planteamientos.
No era antigua como mi abuela o como Ramona, la dueña del bar que había en la esquina de mi calle, que decían los viejos que llevaba regentando el bar desde antes de que se inventaran las croquetas. Era antigua como de civilización.
Era algo innato, como el que tiene aptitudes para el deporte o para memorizar datos enciclopédicos, ella era antigua por naturaleza.
Dotada como estaba con esta peculiaridad, no podía más que cuestionarse una y otra vez acerca de las grandes cuestiones de la naturaleza. Y de entre ellas sentía especial interés por tratar de interpretar lo que acontecería en el futuro, hacia donde se dirigía nuestra vida, qué nos depararía el día de mañana.
Le atormentaba sobremanera no poder predecir más que unos pocos hechos completamente seguros, e incluso sobre estos acontecimientos innegables tenía sus dudas.
Y es aquí donde comenzaba mi aportación. Para aplacar sus tormentos, al menos a pequeña escala, los domingos por la tarde nos los pasábamos viendo películas. Pero con una particularidad.
Para minimizar los efectos del desasosiego ancestral que padecía, lo que hacíamos era ver películas que yo ya conocía, que había visto primero, así en cada momento en el que cabía la posibilidad de que la historia diera un giro, yo le avanzaba el desenlace del trance.
Así pasamos un tiempo, viendo por duplicado las películas, las buenas, las malas y las aburridas. Y sobre todo el cine histórico. Hasta que un día me dijo que se había cansado de vivir siempre la misma historia. Y se fue.
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sep
25
FINIQUITANDO
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Esta misma tarde, después de mucho tiempo, años quizás, he terminado un botecito de pastillas de sacarina. El placer que he sentido mientras veía caer la última pastilla a la taza de café ha sido digno de un orgasmo.
Creo que la alegría que siento al terminar algo es comparable a la que sienten muchos otros cuando destapan, abren o empiezan las cosas.
La gente siente una pasión desmedida por estrenar, por usar la primera vez cualquier cachivache. Yo tengo más afinidad con los finales, con las terminaciones. Siento un placer extremo llegando al currusco cuando me como un bocadillo de atún con mayonesa. Cuando termino el plato de croquetas y doy el último sorbo a la cerveza. Sueño, a veces, en hacer el último guiso en una olla de esas que venden con treinta años de garantía. Con usarla hasta el final, con aprovecharla de verdad.
Supongo que el deleite de ver culminado un proyecto o de usar la última toallita húmeda antes de que se seque es superior al de comenzarlos.
Es, supongo, la satisfacción de llevar a término el propósito con el fueron creados y de sacar el máximo provecho a los elementos que utilizo, los que tengo al alcance. El placer de sentirme eficiente.
Bueno eso y un miedo atroz hacia las cosas que no terminan. Creo que la vida eterna me asustó en el mismo momento de ser consciente de lo que significaba. Soy partidario y firme defensor de los elementos finitos.
Ahora llega otro momento interesante, el de decidir con qué voy a endulzar el café mañana, sacarina en pastillas, en sobres, azúcar, fructosa, o mermelada de higo.
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sep
20
FOTOGRAFÍA INEXISTENTE nº10
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Las ocho y media de la mañana en un día de julio en el centro de la ciudad. La cortina de la ventana del salón recién recogida, para ver si entra un poco de aire nuevo que esparza la condensación del sudor segregado durante la noche.
Siempre hay algo de extraño cuando te levantas en una casa que no es la tuya.
Desde el sofá todo lo que se alcanza a ver, además de una masa de antenas y azoteas que se extiende hasta el infinito, es la pared lateral de un edificio, y en esa pared amarillenta, tono que nadie sabe si responde a una capa de pintura o al paso del tiempo, únicamente una ventana.
El sol se sitúa sumamente alto para la hora que es, la hoja de la ventana completamente abierta y un visillo a medio correr.
En el momento de pensar en lo que ocurriría tras ese visillo, si aquella fuera la única ventana del edificio, si fuera el único lugar por el que entrara la luz en aquella caverna; justo cuando pensaba en cómo subirían a descolgar las cortinas para lavarlas, aparecen unas manos de mujer.
Unas manos que han subido hasta el cuarto piso por medio de algún mecanismo, quizás una inmensa escalera de caracol, con una botellita de esmalte para las uñas.
Llaman la atención esas manos por su delicadeza, más aún surgiendo de un lugar tenebroso como aquél.
Imagino que son las manos de una mujer que lucha por salir de allí (aunque no con uñas y dientes), que no se contenta con vivir de forma perenne preparando croquetas para el ogro que reina en aquella especie de castillo contemporáneo.
Es por eso que sube a diario hasta aquella ventana a pintarse las uñas, para que queden perfectas. Los negocios no se hacen solos.
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sep
19
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sep
18
Soñé, hace años, con la posibilidad de ser artista. Un artista de talla internacional que llaman. Un artista que inventara conceptos nuevos de arte, un revolucionario.
Y me lancé sin miramientos a conseguirlo. Compré cursos por correo de pintura, escultura y ganchillo. Fabriqué un atril bastante rudimentario con un palet viejo que había en casa de mi abuela y comencé a usar sombrero.
Pasé casi un año depurando mi técnica y manchándome con óleos y ceras de colores. Hice una toquilla que se deshilachó antes siquiera de terminarla y el retrato conceptual de una novia que tuve y que no se tomó a bien que su cabeza tuviera forma de acelga.
Evidentemente, fue tiempo y dinero, además de los esfuerzos y la ilusión, empleados para nada.
Siendo consciente de las nulas posibilidades que tenía de convertirme en un nuevo hombre del renacimiento, y tras pasar el duelo pertinente, resurgí con una idea que podría resultar más factible. Y que no tenía necesidad de mostrar aptitud artística alguna, además de resultar revolucionaria. Me convertiría en un teórico del renacimiento.
Estaba claro que me resultaba imposible dibujar un boquerón o una mariposa, pero nada me impedía conocer los datos necesarios para realizar el dibujo.
Usando como arma principal la proporción áurea y como escudo una representación (fotocopiada) del hombre de Vitruvio, me lancé a desgajar todos los secretos del arte.
Comencé a estudiar arquitectura y todo lo demás, conseguiría convertirme en un erudito con gafas de pasta y camisetas a rayas de manga larga y siempre tendría la última palabra en todas las discusiones.
En lo que no pensé cuando comenzaba esta cruzada fue en la cantidad de datos que había acumulado la gente a lo largo de toda la historia en torno a esto del arte.
Después de un par de horas tratando de llegar al principio, al punto inicial desde el que empezar a documentarme y sin encontrar ningún resultado satisfactorio, decidí que era una estupidez esto de ser teórico del renacimiento.
Desde entonces me repito, siempre que tengo la tentación de hacer una nueva aproximación al eruditismo, que no sirve de nada conocer las proporciones exactas de cada condimento que necesita una croqueta para ser perfecta si luego no te la vas a comer.
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sep
17
Durante este verano he estado viviendo lo más parecido a un romance en toda mi vida.
No puedo decir que haya habido una pasión desbocada, ni se puede considerar un amorío veraniego, puestos a ser estrictos en la definición, no podría pasar siquiera por un casto noviazgo. Aun así, una relación hemos mantenido.
Durante todas las noches de agosto he recibido en mi habitación, en mi cama, una visita puntual a la hora de apagar la lamparilla de leer novelas. Una visita sigilosa que venía a darme las buenas noches sin importarle los cuarenta grados que convertían el cuarto en un infierno.
Lo que recibía, con los ojos cerrados, apenas era un susurro, un leve zumbido junto al oído, un segundo de compañía. Habrá quien piense que es demasiado poco, pero para mí, que al acostarme no he tenido nada jamás, era suficiente.
Yo a cambio, en esta transacción amorosa, ofrecía los recovecos de mi cuerpo para que aquel querubín llenara su estómago cuando lo necesitara. Sabiéndose saciado cada vez que le fuera necesario, procuraba no abusar de mi hospitalidad.
Y así hemos pasado noche tras noche, acompañados el uno del otro, deseándonos buenas noches, ofreciéndonos lo mejor de cada uno.
O al menos eso pensaba yo.
Tres días antes de terminar el mes, me desperté a media noche sin un motivo que pudiera reconocer; no había tenido una pesadilla, no tenía sed, ni necesidad de evacuar, no me había caído de la cama, ni se me había caído encima el armario.
Pasados unos segundos fui consciente de cuál era la fuerza sobrehumana que me había despertado. Y toda la confianza que había depositado en aquél idilio se vino abajo.
No es que yo deseara que este romance derivara en algo más allá de nuestros encuentros fugaces, no pretendía ir al cine con él, ni comer croquetas, ni presentarle a mi madre aquel bicho. Pero pensaba que habíamos llegado a un acuerdo, que saciábamos nuestras necesidades, que teníamos algo especial.
Cuando encendí la luz entendí que no estábamos solos. Me había traicionado. No sé cuánto tiempo llevaba alimentando a sus amigotes a mi costa. Mirara donde mirase había mosquitos asentados en todas las paredes.
Hoy, aparte de una relación muerta, hay una legión de cadáveres en el suelo. Todavía no me siento con fuerzas para darles sepulcro.
Desdentado
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