Jul
15
Siempre me pareció, de entre todos los ingenios que nos sorprendían cada día cuando éramos niños, que la mejor invención del hombre fue lo que llamábamos la mano loca. Era prácticamente increíble cómo se alargaban aquellas manos de goma y como se pegaban sobre cualquier superficie imaginable.
Hubo una temporada en la que no me separé en ningún momento de mi mano loca, me sentía un poco como spiderman, capaz de lanzar una especie de extensión de mi cuerpo hasta el lugar que quisiera, aunque claro, no podía amarrarme a la mano loca y dejar que me llevara volando hasta el colegio, por ejemplo. Tras un par de intentos accidentados decidí que tendría que buscar otros usos para aquel engendro.
No tardé mucho en encontrarle otras aplicaciones, a mi no podía transportarme de un lugar a otro, pero sí que podía trasportar las cosas hasta mí. Así que comencé a usarla como una prótesis que me ayudaba a alcanzar todo lo quería sin tener que moverme.
Cuando el maestro nos pedía que pasáramos por su mesa a recoger los exámenes corregidos, yo apuntaba desde mi sitio en la última fila y, con una pericia inusitada, hacía un lanzamiento de largo recorrido y, con el asombro del maestro de turno, pegaba la mano en mi examen y lo recogía como si nada. Si estaba merendando en el sofá y terminaba el programa que estaba viendo, nada más fácil que sacar la mano loca y hacer un breve recorrido por los canales a ver que había. Cambiaba a la primera, nada interesante, a la segunda, nada interesante, a la primera, nada interesante, a la segunda, nada interesante. Creo que el inventor del mando a distancia nunca jugó con una mano loca, sino el resultado hubiera sido mucho más divertido.
El caso es que, llegué a dominar tanto el arte de la mano loca que prácticamente no necesitaba despegar los brazos del tronco para hacer nada, las patatas del plato, las cogía con la mano loca, que mi madre sacaba las croquetas de la sartén, antes de que pudiera darse cuenta, el látigo pegajoso había robado una. Y mi madre no hacía más que decir que si jamás nos había dejado comer con las manos, con esta, que había recorrido todas las paredes del pueblo, mucho menos.
Por desgracia nada es eterno, un día mientras intentaba el más difícil todavía, tratando de llegar en el frontón del pueblo, más alto de lo que nadie había llegado jamás, el rabo de mi mano loca se rompió sin hacer concesiones, me quedé con un trozo de goma roja que parecía un trasto fláccido y el resto de aquel instrumento que tantas alegrías me había dado pasó por encima del frontón hasta algún lugar indefinido.
Aquí se acabó todo. Estuve pensando durante algún tiempo cómo conseguir otra, pero era difícil, mi madre jamás me daría dinero para comprarla, si al menos tuviera mi mano loca, podría haber cogido algunas monedas de su cartera, pero así era imposible.
Así que no tuve más remedio que convertirme de nuevo en un niño normal y corriente.
Hoy todavía me acuerdo a menudo de la mano loca, sobre todo cuando me pongo unos calzoncillos de lycra. La mayoría de las veces no están tan pegajosos como aquél instrumento, pero tienen una elasticidad que ya la quisieran las gimnastas rusas. Una vez puestos se adaptan a cada contorno de mi pelvis, tanto que soy capaz de distinguir la raíz de cada pelo, sin embargo cuando me los estoy poniendo, siempre pienso que cabríamos, al menos, tres personas en cada camal. Pero bueno eso ya es otra historia.
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Jul
13
Siempre me fascinó el mundo de los insectos, millones de bichos diminutos que conviven con nosotros, molestando en ocasiones y la mayoría del tiempo pasando desapercibidos.
Una vez me contaron que, si se pusieran, solamente una cuarta parte de los insectos que pueblan España, a zumbar a la vez, sonaría más fuerte que cualquiera de las orquestas que van a las fiestas de los pueblos. Es un dato que me puso los pelos de punta.
Pero de entre todos los insectos, al menos de entre todos los que conozco, las que más me impresionan son las hormigas.
Está claro, no he hecho ningún descubrimiento, a la hormiga siempre se la pone como ejemplo de laboriosidad y de esfuerzo -son capaces de cargar sobre sus hombros una cantidad superior a cien veces su peso- decían cuando yo era niño para asombrarnos.
Hace poco estuve haciendo croquetas para una fiesta de cumpleaños. Terminé, como siempre, con el tiempo pegado al cuello, así que decidí que recogería al día siguiente. No esperaba ninguna visita hasta pasada la media tarde, y si venía alguien, tampoco se iba a asustar de ver la cocina patas arriba.
El caso es que la fiesta se alargó más de lo previsto y terminé pasando un par de noches fuera de casa.
Cuando regresé al hogar, soñando despierto con abrazar la cama, y fui a la nevera a por una botella de agua fresca, mi cocina se había convertido en la base de operaciones de cientos de hormigas que campaban a sus anchas por todos los rincones.
Se habían distribuido en diversas hileras para abarcar toda la bancada y poder escrutar el suelo al completo. Estaban rastreando los bordes del fregadero e intentaban entre mil o mil quinientas abrir el cajón donde guardo el pan.
Igual que a mí me molesta que me interrumpan cuando estoy contando algo en el bar, supuse que no les iba a hacer mucha gracia que tratara de disuadirles para que se fueran en plena faena, al ritmo que llevaban no tardarían en terminar. Así pues, cogí el agua y me fui a dormir.
Pero de súbito me entró la mala conciencia, yo sabía algunas cosas que a las hormigas se les habían pasado por alto y sentí la necesidad de salir para tratar de explicárselas.
Me sentía halagado porque hubieran elegido mi casa para recolectar alimentos antes de que llegara el invierno, pero teniendo en cuenta que los niños meriendan en los parques, que hay supermercados prácticamente en cada esquina y que en los restaurantes siempre cae algo al suelo. Es un trabajo inútil subir los cuatro pisos, sin usar el ascensor, para recoger algunas migas de pan, teniéndolas en la calle, a pie llano.
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Jul
12
MÁS ESPECIALES
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Estuve pensando, después de terminar el texto el otro día, sobre las personas con particularidades de nuevo.
Me acordé de otra persona, alguien que no sé a ciencia cierta si ya he nombrado alguna vez por estos lares.
Se trata de una persona con la que coincidía en el tren durante una temporada que estuve trabajando en Valencia.
Todos los domingos, tras el asueto del fin de semana, embarcaba cuando caía la noche en el mismo vagón del mismo tren hacia la estación del Norte. La segunda o tercera semana que realizaba el trayecto me la encontré con la mirada perdida tratando de adivinar que se escondía tras los cristales. Tal vez se imaginaba feliz habitando en alguna de las casas que salpicaban de luz la negrura de los campos por los que pasábamos cada noche.
Tras aquél día, cada vez que subía al tren la buscaba, y siempre la encontraba en la misma posición, perdida en sus pensamientos, girada hacia la ventana.
Era la mujer con la expresión más triste del mundo. Su rostro era el vivo reflejo de la desesperación. Pero lo más curioso de todo es que no desprendía aflicción ni pesadumbre. Transmitía sosiego y serenidad, era como si hubiera aceptado que ella la pena en sí misma y lo hubiera tomado como quien tiene los ojos verdes o se queda calvo.
Era este punto el que más me llamaba la atención, el de saberse portadora de la tristeza y resignarse a cumplir con una labor en este mundo que era la de penar y llevar la pena a todos los lugares a donde acudiera.
Pensaba que yo no sería capaz de llevar una vida más o menos normal si me supiera agorero y portador de desdicha allá por donde fuera pasando, pero ella estaba tranquila, impasible hacia la tarea que le habían encomendado. Y a mis ojos, eso la hacía todavía más impresionante.
El domingo, tras haber estado recordando todo esto, bajé a la estación por si aquella mujer seguía viajando hacia Valencia.
Me situé justo donde lo hacía entonces, aproximadamente donde quedaría la puerta del vagón al que solía subir. Si había alguna posibilidad de verla era en ese mismo lugar.
Mis cálculos no fallaron y el cuarto vagón del tren regional con destino a la estación del Norte quedó justo delante de mis narices. Sin perder un segundo, porque no había mucho tiempo, comencé a escrutar los asientos pegados a la ventanilla de todo el vagón y efectivamente la encontré.
Tarde un poco en reconocerla, había engordado un poco y tenía el pelo mucho más corto que entonces. A su lado viajaba un hombre y hablaban muy animados. Ella se reía constantemente con lo que le contaba su interlocutor.
Y así, de golpe y porrazo, dejó de ser la mujer más triste del mundo, dejo de cargar sobre sus hombros con un trabajo estoico para ser una chica más que viaja en tren.
Igual que una croqueta que se abre cuando la echas a la sartén y sale de ella toda la bechamel para quedarse únicamente en una cáscara de pan rallado, esta mujer se había cortado el pelo y había perdido todo lo que contenía dentro.
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Jul
7
ESPECIALES
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Durante el transcurso de mi vida he conocido a mucha gente normal. Gente que pensaba que era normal y gente que era considerada por todo el mundo normal, pero que presentaba unas características realmente extraordinarias. Estas personas suelen pasar desapercibidas, generalmente no se les da la oportunidad de enseñar al mundo sus capacidades porque los cazatalentos piensan que no dan el perfil adecuado para reportarles cantidades ingentes de dinero.
La persona que es capaz de rallar el pan para rebozar croquetas con el grano más fino, para que sean exquisitas al paladar, y sin necesidad de rallador, está pudriéndose como jugador de fútbol en primera división y desperdiciando todo su talento.
Hay cosas que no concibo.
Hay otro sector de esta población que es más reticente a mostrar aquellos factores que les hacen diferentes a los demás e incluso se maldicen por poseer estos dones.
Conocí hace no mucho a una persona increíble. Tenía una rara mutación en su cuerpo por la que le crecían los pelos de los brazos al mismo tiempo que el pelo de la cabeza. Era un hombre poblado, como un bosque mediterráneo. Lo que más me llamó la atención que que no paraba de quejarse por ello.
Mientras que él estaba totalmente abatido por la realidad que le había tocado vivir, a mi se me vinieron montones de imágenes a la cabeza de todo lo que podría hacer si tuviera los pelos de los brazos como las tiras de una chupa de cuero.
Nadie jamás ha tenido un brazo más mullido donde apoyar la cabeza de su novia mientras estás viendo la televisión en el sofá. Pensaba en ser camarero de un restaurante de postín, tendría la servilleta incorporada en el brazo. Me imaginaba en un centro de relevado, colgándome del cuerpo las instantáneas de los mejores fotógrafos del mundo.
Y me divertía tanto pensando en aquellas posibilidades que se me saltaron las lágrimas.
Como un acto reflejo y sin pensar en lo que estaba haciendo, cogí su brazo para secarme.
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Jul
5
Una de las cosas que más he odiado desde siempre, bueno, desde que las conozco, son las chanclas que llaman “de dedo”, esas que rompen la fraternal compañía entre los dedos de los pies con una tira de plástico o de cuero que sesga el intersticio.
Las he odiado porque eran la representación del culto al dolor para estar a la moda, eran el símbolo del sufrimiento en pos del lucimiento. Por eso y porque desde bien pequeño se me han hecho heridas entre los dedos de los pies, pequeñas grietas que no tienen ningún sentido y que resultan bastante dolorosas, y este engendro del calzado se encarga de reproducirlas y ampliarlas.
Pero hace poco cambió mi visión sobre las chanclas, dejé a un lado mi ira porque comprendí la gran compensación que estaban llevando a cabo.
No es mera casualidad que sea el dedo gordo el que quede discriminado al calzárselas, es una estrategia para paliar todo el daño que ha estado haciendo el susodicho a lo largo de la vida.
Todo el mundo sabe que el dedo pequeño se encontró un huevo, el siguiente lo cascó, su hermano lo frió, el dedo índice le echó sal y tuvo que llegar el glotón para zampárselo entero.
Y ya está bien de que sea siempre el mismo el que se aprovecha del trabajo de los demás, con esta medida le resulta imposible adelantarse al resto de los dedos para comerse la última croqueta y no llega al resto de los platos para quitarles cucharadas de arroz caldoso cuando están despistados.
Tal vez se lo merecía.
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Jul
1
REFERENCIA
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Está claro que los tiempos cambian, las ciencias avanzan a la velocidad del rayo y la sociedad se transforma por momentos.
Toda la vida ha existido lo que llamamos el bar de referencia, el garito donde ponen más fresca la cerveza, donde hacen el café justo como a ti te gusta o que hacen el potaje de alubias mejor que tu madre.
Pero hoy, ante la extensa variedad de restaurantes de culaquier parte del mundo, la cosa se pone más difícil, sería imposible tener un bar de referencia, puesto que conociendo la musaka y el rollito de primavera y teniendo debilidad por ambos, no se puede tomar una decisión objetiva sobre el bar que mejor responde a nuestras necesidades.
La única solución posible ante esta disyuntiva es la de hacernos con una cartera de bares de referencia en la que podamos incluir la selección más selecta de cada lugar del mundo. Así habrá un juicio justo acerca de dónde debemos ir a tomar un pincho de tortilla o unos tortellini.
Pero claro, en la lucha por establecerse como anfitrión de tus banquetes, los restaurantes tienen sus estrategias. Algunos han decidido desprenderse de sus raíces para resultar más competitivos.
Ayer estuve en un restaurante turco que acaban de abrir a un par de calles de mi casa. Mis
bares de referencia no tienen por qué ser para toda la vida.
Estaba degustando el plato y haciendo mis cabilaciones sobre si debería entrar o no en la lista desbancando a sus rivales, cuando ocurrió un hecho que le dio, por mérito propio, el galardón como mejor turco-kebab de la zona a este restaurante.
Cuando terminé mi ración se acercó el camarero y me ofreció tomar un café como punto y final a la comida. Hasta aquí no hay nada anormal, lo extraño vino en la forma en la que me lo dijo.
Cuando terminó de recoger la mesa y aparentemente se iba a la cocina, se giró a medias y de perfil me dijo “querrá el caballero tomar un café” hizo una breve pausa y con un guiño casi imperceptible continuó “o un carajillo”.
Y claro, ante este hecho, no tuve más remedio que rendirme a sus pies.
Ahora sólo me queda encontrar un restaurante chino en el que hagan croquetas de cocido para ser realmente feliz.
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May
17
FOTOGRAFÍA INEXISTENTE nº4
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En esta imagen aparezco yo, no todo yo, sólo mi cara, estoy reflejado en la lámpara que tiene el dentista para iluminar bien a su presa y no perder detalle.
Tengo la boca abierta, desmesuradamente abierta, y un par de manos cubiertas con guantes de látex están maniobrando en mi interior. Me recuerdan a las manos de un mago que estuviera buscando en su chistera al conejo, en esta ocasión el animalillo se resiste, no quiere salir.
Enganchado a mi dentadura hay un gato de esos que utilizan los aficionados al bricolage para que no se muevan las piezas que tienen que cortar.
Para colmo, el dentista tiene agarrada una pistola que me da la impresión que mataría de un susto a cualquier alienígena que pretendiera invadir la Tierra.
Y yo no puedo quitarme de la cabeza una idea. ¿Cuánto tiempo voy a pasar sin poder comerme una croqueta?
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May
11
INTERRUPTOR
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Durante toda mi vida ha existido, en la entrada de mi edificio, junto a la puerta de la calle un interruptor que no encendía ni apagaba nada.
Ahora soy consciente de ello, pero a lo largo de muchos años me estuve preguntando qué diablos estaríamos encendiendo cuando pulsábamos aquello. No me cabía en la cabeza que existiera en el mundo un interruptor sin una bombilla que encender.
Y no saber si lo que había al otro lado del interruptor estaba en marcha o estaba apagado me acarreaba muchos quebraderos de cabeza. Pensaba que, tal vez, cuando presionaba el botoncito estaba dejando a oscuras una cocina donde se estaban amasando croquetas, y la dueña con las manos llenas de masa no atinaría a abrir el grifo para limpiarse y acudir hasta donde estuviera su interruptor y volver a encender. Otras veces pensaba en un cuarto de baño con una persona dándose una ducha, con la cabeza enjabonada y que por arte de birlibirloque, se apagara la luz, dejando a aquella pobre persona completamente vendida.
Me sentía culpable por todas aquellas posibles travesuras que andaba haciendo prácticamente a diario, y creía que tarde o temprano acabarían por descubrirme. Alguna vez, el marido de la croquetera, cansado de que su mujer lo mareara con cuentos chinos acerca de luces que se van siempre que tiene las manos manchadas, desmontaría algún enchufe e iría tirando del cable de la luz hasta que se topara con la puerta de mi casa y vendría a pedirme explicaciones sobre el por qué tenía que andar fastidiando a los vecinos cuando tienen las manos sucias. Suponía que quitarían de allí el interruptor y se lo darían a sus dueños para que lo pusieran en casa de alguien que los tratara con más cariño y que no andara fastidiando y que a mi no me dejarían jamás volver a encender ni apagar ninguna luz y tendría que pasar mi vida en tinieblas.
Aún así, no podía dejar de apretarlo cada vez que entraba o que salía del edificio.
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May
10
Cada cierto tiempo, como una especie de purga autoimpuesta, me obligo a enmudecer. Paso quince días sin abrir la boca para nada, así el exceso de palabras que se acumulan en mi interior, poco a poco, va menguando. Normalmente con dos semanas de mutismo es suficiente, vuelvo a tener unos parámetros normales y soy capaz de encontrar todas y cada una de las palabras que busco en cada momento. Si no hiciera esto el cúmulo de palabras sería interminable y me costaría horrores saber dónde he colocado cada una. Así voy más ligero.
Y la verdad es que tampoco me cuesta mucho eso de no decir ni pío, llega un momento en el que digo, ahora, y ya está, desde ese preciso instante mis únicos medios de comunicación son los gestos y los gruñidos; en ocasiones también silvo para atraer la atención sobre mí.
Los resultados de estós medios primitivos de entenderse son bastante mejores de lo que cabría pensar. En el bar de costumbre ni siquiera se dan cuenta de cuándo me callo, total, el plato de croquetas y la cerveza fría los tienen preparados antes de que llegue. Y el resto del día lo paso prácticamente solo, por lo que no hay ningún interlocutor que me apremie para que le cuente algo, con lo que la cosa se reduce a algún que otro saludo por la calle, que salvo haciendo el gesto y de vez en cuando algún conductor perdido que me pide si le sabría indicar dónde queda algún sitio, siempre niego.
Solamente queda un escollo que poder salvar en estos casos, no hay manera de conseguir que los del reparto a domicilio del restaurante chino comprendan mis gruñidos.
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May
6
Uno de los trabajos que más gratos momentos me dio en su tiempo fue cuando me contrataron en una empresa de susanas. No de mujeres que se llamaban Susana, sino de camisones y picardías.
La empresa la montó un patronista de susanas, él se dedicaba a tomar medidas a las modelos, a estudiar la forma de los escotes, a medir el tamaño más adecuado para las copas, a probar sus prendas en distintas modelos para saber cuán largo debía ser el corte. En fin, se dedicaba a rodearse de chicas atractivas y a mandarles que se quitaran la ropa, que se subieran un poco los faldones o que se bajaran el escote. Y además cobraba con todo esto.
Debía ser bastante bueno, puesto que al poco, necesitaron un distribuidor que diera a conocer el producto por toda la ciudad. Y ese fue mi empleo.
Se trataba de visitar las comunidades de vecinos, tocar a todos los timbres y tratar de convencer a las señoras para que se probaran las prendas y, una vez puestas, decirles un par de piropos en tono profesional para que acabaran quedándoselas. Pensándolo bien, fue el antecesor del tuppersex, salvando las distancias.
Tomando como referencia lo que había visto del trabajo de aquel hombre, no dudé ni un segundo, me vi rodeado de vecinas a medio vestir abriéndome las puertas de su casa de par en par y casi me da un paro cardiaco.
Lo que no pensé en un primer momento fue en la media de edad de las mujeres a las que tendría que visitar.
Tras la primera puerta en la que llamé, apareció una mujer de más de sesenta años. Se me vino el mundo encima, lo que pensaba que sería un harén a mi alrededor, se volvió de golpe en una reunión de jubiladas para hacer calceta.
Pasado el primer pasmo, pensé que me debía a mi trabajo y le ofrecí el producto a la señora. Contrariamente a lo que había imaginado, la mujer aceptó gustosa la oferta y en un abrir y cerrar de ojos tenía puesta la susana.
Y contrariamente también a lo que había pensado, no me costó piropearla, es más, casi podría decir que me gustó.
No sólo se quedó con el camisón, sino que me dio la dirección de todas sus amigas, las del encaje de bolillos, las del grupo de teatro de la tercera edad y la de todas con las que se juntaba a merendar los miércoles.
Tras visitarlas a todas, mi jefe tuvo que emplear a dos chavales para que le ayudaran en la producción porque no daba abasto, y yo, que le fui cogiendo el gusto a esto de alabar la belleza femenina, en muchas de las casas el asunto pasaba a mayores. Después de hacer el pedido, las señoras me invitaban a merendar y me contaban historias sobre los que fueron sus maridos y sobre cómo eran las cosas cuando ellas tenían mi edad.
No toqué ni un solo culo ni vi ninguna teta, pero probé las mejores croquetas que he comido jamás.
Desdentado
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