¡El croquetalismo ha llegado!

DISPARATE

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Este mundo está lleno de incongruencias, no hay más que salir a la calle para darse cuenta. Niños pequeños paseando perros grandes, coches aparcados en las aceras, casas enormes donde sólo vive una persona. Nos preocupamos por las nimiedades y dejamos de lado las grandes cuestiones de la humanidad, todo un disparate.
Todavía no me explico por qué el problema más utilizado en las matemáticas de todo el mundo es aquél de “si un tren sale a las doce del mediodía de Calasparra en dirección a Burgos a una velocidad de nosecuantos kilómetros por hora y otro sale desde Madrid en dirección contraria a tantos kilómetros, ¿en qué punto se encontrarán?” Pues bueno, por muy despacio que vayan jamás se van a reconocer los viajeros de uno y otro tren, ¿para qué saber dónde se van a encontrar?
Tampoco me explico por qué cuanto más gordo es el filete de ternera, menos vueltas hay que darle en la sartén para que quede bien hecho. Ni por qué se sigue empeñando la gente en plancharse el pelo los días que está lloviendo.
O lo que es más enigmático todavía ¿por qué los camareros se empeñan en dejar a medio llenar las jarras de cerveza y después pretenden cobrártelas enteras?
Aunque la pregunta que más me trae de cabeza últimamente es la de cómo, productos que sirven para limpiar ciertas superficies, ensucian otras.
El sábado pasado me invitaron a una cata a ciegas de croquetas. A primera hora, por los nervios, andaba ya preparado, vestido de domingo y con la camisa planchada.
Para hacer tiempo hasta que llegara la hora de acudir a la cita, decidí fregar algunos cacharros que llevaban en la pila más de una semana.
Rascando los restos de una lasaña, parte de la espuma activa del lavavajillas fue a parar a la solapa de mi chaqueta. No me importó lo más mínimo, es más, ingenuo de mi, incluso me sentí orgulloso. Pensaba que aquello era como limpiar sobre la propia limpieza convirtiéndome, seguramente, en la persona más pulcra de toda la convención.
Cuál fue mi decepción cuando descubrí no ya que no había limpiado sobre lo limpio, sino que había dejado un rastro tremendo en mi solapa.
Todos los castillos que había creado en mi infeliz subconsciente cayeron a ras de suelo.
La única solución que me quedaba era la de hacer como que tropezaba encima de un plato de croquetas nada más llegar a la cata.
En este mundo disparatado, más vale parecer tonto que no sucio.

Desdentado

MALA HORA

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Acostumbraba, cuando era pequeño, a viajar todos los veranos a una casita que alquilaba mi padre en un pueblo perdido en medio de la montaña. Era un pueblo pequeño al que no llegaban las novedades hasta pasado algún tiempo.
Sólo había una televisión, en el bar, en la que nos juntábamos todos los chiquillos y la clientela habitual para ver el Tour de Francia, y había un río que llegaba hasta una presa donde pasábamos las horas en remojo.
Tengo muchos recuerdos de aquella época. Las misiones a las que nos encomendábamos, los bocadillos de caballa en aceite de la merienda y el eterno bote de mercromina sanando nuestras rodillas tras andar en bicicleta por caminos imposibles.
Aunque de lo que más me acuerdo es de los cartuchos de pipas. Todos los viernes, desde que llegábamos hasta que terminaba el verano, comprábamos un cartucho de pipas de una pequeña tienda de frutos secos que había en la plaza, y pasábamos la tarde comiendo y hablando de aquellos cartuchos.
Y no es que las pipas saciaran nuestra sed de nuevas experiencias, pero la Toñi sí. La Toñi era la dependienta de la tienda, hija del dueño, y estaba como un queso.
Las pipas las tenía en un saco debajo del mostrador, y cada vez que se agachaba para poner un cartucho, podíamos observar su escote, con un canalillo que serviría, sin duda, para amasar croquetas. Pasabámos después toda la tarde embelesados con aquella maravilla de la naturaleza y preguntándonos qué era lo que nos quedaba por ver después de aquello.
Recordando aquellos días, el verano pasado decidí alquilar un apartamento durante una semana en aquél pueblo. Quería comprobar cuánto de lo que había vivido me quedaba todavía y cuánto de lo que recordaba del pueblo seguía como entonces.
Al pasar por la plaza descubrí que la tienda de frutos secos y encurtidos seguía en pie, y abierta. Decidí, para no romper el encanto, esperar al viernes y pasar a comprar pipas.
En esos días fui al bar, que ya no tenía televisión, y a la presa, a la que sólo llegaba un hilo de agua.
Cuando llegó el viernes regresé decidido a descubrir lo que se escondía tras la puerta que, un día, fue la de la felicidad.
Aquella tienda era lo único que no había cambiado en más de cuarenta años, seguía sirviendo las pipas en cartucho y allí seguía la Toñi, que se agachaba bajo el mostrador con un generoso escote para ponerlas.
Entonces me arrepentí de no haber comprado una bolsa en una máquina de snacks que había a tan solo unos metros.
En qué mala hora.

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SOLITARIOS

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La vida del solitario es anodina y monótona. Por mucho que nos empeñemos en airear, de cara a la galería, nuestros montones de citas y la cantidad de fiestas a las que nos invitan, lo cierto es que pasamos los días en letargo, como en una eterna ivernación de la que sólo nosotros somos partícipes.
La mayor parte de nuestro tiempo la pasamos rodeados de tupperwares llenos de comida congelada y ceniceros llenos de colillas.
Las semanas pasan, una tras otra, como un desfile de procesionaria al que no vemos el final y que ya no recordamos cuándo empezó.
Vemos las mismas caras en el bar, hojeamos el mismo periódico y pasamos a recoger por casa de nuestra madre las mismas croquetas.
Es como si hubieran puesto un papel de calco en medio de cada uno de los días que vivimos y hubieran trazado los mismos caminos, las mismas personas e incluso los mismos gestos. Así que los vivimos repetidos una y otra vez.
Y claro, así es muy fácil perderse en la inmensidad del tiempo y despegarse de la realidad que nos rodea.
Pero, por suerte, tenemos un pequeño nexo de unión con el resto de la humanidad, un resquicio por el que ver la luz y no vivir para siempre en la oscuridad más absoluta.
El papel higiénico.
La única mano que nos tiende el mundo para no distanciarnos definitivamente de él es el papel higiénico. Somos los únicos que lo usamos en casa y no hay nadie que se ocupe de reponerlo en el aseo cuando se acaba.
Mientras vives al amparo de tus padres, siempre hay alguien que se encargue de reponer el papel en el váter, y si no, únicamente tienes que ir al armario y coger un nuevo rollo, pero cuando vives en soledad, esa tarea siempre recae en tu persona.
Por lo tanto, sabiendo que el solitario suele necesitar aproximadamente la misma cantidad de papel diariamente, es capaz de tomar conciencia del tiempo que pasa a su alrededor por cómo se encuentre de gastado el rollo o por las veces que lo tiene que cambiar.
Muchos utilizan tamibén esta técnica para saber cuándo ha llegado el momento de ducharse de nuevo.

HÚMEDA

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Esta mañana, siguiendo el ritual matutino, tras levantarme de la cama, he recogido del suelo el periódico con el crucigrama que tengo a medias y me he dispuesto a dejar caer la deposición mañanera.
Pero al contacto de mi piel con la taza, he notado cierta humedad. Era éste un hecho extraño, puesto que anoche, justo antes de acostarme, estuve en la misma posición al menos diez minutos, y no noté nada.
La primera idea que ha pasado por mi cabeza ha sido la de que algún extraño se había colado en mi casa para robarme todos los objetos de valor que encontrara a su paso. He salido corriendo hasta el salón para ver si echaba algo en falta o si había algún tipo de destrozo. Pero no se habían llevado ninguno de mis pequeños tesoros. No faltaba ni una sola en mi colección de chapas de cerveza e incluso estaba en su lugar mi ejemplar del Día Cuatro que me Fuera firmado por Andrés Ferrándiz Domene. Inmediatamente he descartado el robo. No hay nada más de valor en mi casa.
Después he pensado que podría haber sido el perro de mi vecina del segundo, un bicho pequeño y orejudo que se pasa el día ladrándome. Tal vez se había escapado y por algún agujero se había colado en mi casa. Pero también lo he descartado, sería demasiado irónico que se estuviera meando a diario en el portal del edificio y que, colándose en mi casa, utilizara el inodoro.
He pasado un rato cavilando hasta que, de golpe, he caído en la cuenta de lo que había pasado.
Esta noche la he pasado entera soñando con Marilyn, hemos andado rebozándonos como si fuéramos una sola croqueta casi hasta el amanecer y, claro, antes de irse, por fuerza, ha tenido que aliviarse.
Lo que no entiendo es, con las veces que ha venido, por qué tiene tanta aversión a sentarse en la taza de mi váter.

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LA MALDICIÓN

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Viajé una vez a Granada, tenía grandes expectativas puestas en la ciudad. Se rumoreaba por diversos círculos que tenían el secreto de las proporciones perfectas de la croqueta, y que además únicamente hacía falta pedir una caña para degustar la exquisitez de su textura. El paraíso para cualquier expedicionario en busca de la bechamel en su punto.
Pero, como no, mis sueños se vieron truncados.
Andaba el primer día, haciendo tiempo para que se calentara el aceite de las freidoras y los serpentines estuvieran a punto, contemplando la catedral de Granada, cuando se me acercó una gitana muy gorda y muy vieja, ofreciéndome un puñado de romero que estaba más mustio que mi corazón cuando se acaba un plato de croquetas. Me aseguraba, mentando a todos los santos, que si le compraba la mata conocería a la mujer que me amaría durante toda la vida.
Por supuesto, escéptico ante todo este tipo de supercherías, renegué de aquél presente y del donativo que esperaba la oronda gitana.
Entonces, entre un barrunto de insultos y menosprecios, logré entender algo sobre que me maldijera la una y media y no pudiera dormir hasta entonces.
No me causó la más mínima impresión, no tenía ningún tipo de fe en aquellas supersticiones, y además, pensaba andar de caña en caña y de tapa en tapa hasta mucho más tarde de la una y media. Era la maldición con menos garbo que había oído en toda mi vida. Era mucho mejor aquella de la avalancha de mierda y todo eso. No tenía suerte ni siquiera en las maldiciones que recibía.
El caso es que se cumplió, y de qué manera.
Fui incapaz de probar una sola croqueta en la semana que estuve allí.
Me levantaba a buena hora, tomaba un café doble con una tostada y me dedicaba a recorrer el casco antiguo esperando la hora soñada, entonces, a la una y media, cuando me disponía a entrar al primer bar, me invadía un sopor irrefrenable, un tedio terrible que me obligaba a acudir al hotel a tumbarme si no quería quedarme durmiendo en la banqueta de cualquier barra.
Tal vez no era tan ridícula aquella maldición.

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CAMAL

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Hace algún tiempo me dí cuenta de que tengo una pierna más corta que la otra. No fue porque anduviera cojeando todo el día, ni porque tuviera dolores en las caderas, no. Me percaté de que tenía una pierna más larga que la otra porque por mucho que me subiera los pantalones, siempre andaba pisándome el camal derecho.
No es que esto sea algo nuevo, toda la vida ando rompiendo los pantalones. Supongo que lo tomaba como algo normal, puesto que, desde pequeño, cada dos por tres llegaba con un siete en el pantalón a casa y pensaba que les pasaba a todos los niños, todos andábamos con rodilleras y parches por todas partes cuando yo iba al colegio.
Lo que me pasó después es que todos los rotos se centraban en el final del camal derecho, pero no le eché más sal puesto que lo tenía asumido como lo más corriente del mundo.
Pero llegó un día, pasados los treinta y cinco, en el que me fijé en mis compañeros de trabajo y no había ninguno que llevara el pantalón del traje raído como si toda una familia de cobayas hubiera hecho una barbacoa con él.
Entonces repasé todos y cada uno de los pantalones que tenía en el armario y se cumplieron mis sospechas. Entonces caí en la cuenta.
Tener una pierna más larga que la otra no es algo que me dé excesivos quebraderos de cabeza, además mi desviación es imperceptible para el ojo humano. De lo contrario, mi madre, que estaba en todo, se habría dado cuenta.
Pero quieras que no, es algo molesto, puesto que, en cuanto paso más de tres minutos de pie, ya tengo el camal bajo el zapato y me paso el rato subiéndome los pantalones. Con lo que eso supone, así, cada vez que estoy haciendo croquetas, acabo con el pantalón pringado de masa.
Lo peor de todo es que, por mucho que me suba el pantalón, nunca consigo colocarlo en su sitio.
Aunque, tal vez, lo que pase sea que tengo un brazo más largo que el otro y por eso, por más que suba el pantalón, nunca queda cuadrado con las caderas.

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DE GUSTO

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Fui incapaz de creerlo hasta que no lo vi.
Jamás hubiera pensado que nadie fuera capaz de cagarse de gusto, por lo menos no cada vez que estuviera a gusto. Pero existe.
Y es que cagarse de gusto, bien pensado, es la mayor de las expresiones de gozo que puede llevar a cabo un ser humano.
Tú puedes decir que las croquetas estaban exquisitas, o emitir pequeños gemidos cada vez que te llevas una cucharada de arroz empedrado a la boca, pero nadie puede tener la certeza absoluta de que estos gestos son totalmente sinceros. Sin embargo, si tu esfínter se dilata de manera incontrolada cada vez que hay algo que te emociona, eso no se puede fingir.
Además es un hecho innato, no existe ningún entrenamiento capaz de hacerte conectar los momentos de felicidad con la relajación anal, lo cual engrandece mucho más el hecho.
Conocí a una chica que se cagaba por la pata abajo cada vez que alguien le daba un masaje. Y también cuando comía helado de chocolate. Y también si la película que estaba viendo en el cine lograba emocionarla. Vamos, que se cagaba de gusto.
Me pareció increíble y a la vez, precioso.
Eso sí, jamás comía legumbres.

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PATIO DE LUCES II

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En una de tantas tardes de vigilancia y espera, me dí cuenta de que en una de las bajantes que recorrían todo el edificio había nacido una higuera.
Aquél descubrimiento me sorprendió sobremanera. Había oído hasta entonces que los insectos son los seres con más capacidad para la supervivencia en el mundo, pero pídele a una libélula que se quede colgada de la bajante de un edificio a la altura del sexto piso y que se acomode para pasar allí toda su vida. Para mí tiene mucho más mérito lo de la higuera que lo que pueda hacer cualquier insecto en su vida.
Maravillado por aquél descubrimiento, decidí hacer un seguimiento diario de su salud y su evolución. Me asomaba a ver si se caían sus hojas, para ver si tenía nuevos brotes y esperaba con ansia la llegada del verano para ver si era capaz de engendrar un higo con la inmundicia que sus vecinos le ofrecían diariamente.
Pero su evolución era muy lenta y todavía faltaba mucho para descubrir si era capaz de regenerar los desperdicios humanos en alimento, así que estaba a punto de desistir en mi pequeño estudio observacional. Hete aquí, que realicé un nuevo hallazgo, un hallazgo que tuvo mucho más calado en mi interior.
Mientras me debatía sobre si debía dejar de observar subido en la taza del váter las maravillas de la naturaleza urbana, encontré que, aproximadamente un par de pisos por debajo de la higuera, se había resquebrajado la tubería, con lo que, parte de las aguas fecales, caían directamente sobre el patio de luces.
Aquello sí que era un espectáculo digno de ser visto. Aguas con todo tipo de tintes, papel higiénico, pelos e incluso porciones de excremento salían a la luz sin que nadie pudiera remediarlo.
Me divertía como un niño pequeño pensando en qué comidas serían las que estaba viendo volar y trataba de adivinar cuál de los perfumes que inundaban mi piso a mediodía, había sido digerido y lanzado al vacío.
Siempre había algún trozo que parecía una croqueta.

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PATIO DE LUCES I

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Durante los últimos años me he mudado varias veces de casa. Lo primero que hacía cada vez que llegaba a un sitio nuevo era mirar por todas las ventanas. Quería contemplar todas las vistas que se me ofrecían desde cada uno de los ángulos de aquella que sería mi vivienda.
No es que eligiera los pisos porque buscara un paisaje idílico, ni mucho menos, pero siempre me gustaba descubrir los pequeños secretos que se me ofrecían al mirar tras el cristal. No podía apartar de mi mente que, tal vez, encontrara una ventana indiscreta desde la que observar a una vecina mientras se desnudaba para ponerse el pijama o entrar en la ducha. Era tremendamente difícil que ocurriera, pero la vaga esperanza de que podría ser el afortunado, me mantenía alerta.
Y bueno, una vez ocurrió. Me mudé, a mediados de los ochenta, a un séptimo que tenía un patio de luces enorme al que daba también el edificio de en frente. Si me subía a la taza del váter, alcanzaba a ver por entre los cristales traslúcidos de un respiradero, el ventanuco del aseo de los pisos del otro lado.
Fue un trabajo arduo de vigilancia, cada día dedicaba, al menos un par de horas en momentos diferentes del día para controlar los usos que se hacían del aseo y por quién.
Encontré una muchacha joven un par de pisos más abajo del mío que pasaba largos ratos metida en el aseo, además de padres de familia, ancianas que vivían solas y niños de todas las edades.

Seguí la trayectoria de la chica, las horas a las que entraba y salía y las discusiones con su madre porque lo dejaba todo patas arriba.

Pero jamás conseguí ver asomar ni siquiera una pequeña porción de su piel.
Con todo seguí asomándome cada día, durante largo rato, al patio de luces…

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TU ESTAMPA

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Llegó un día en mi vida en que me sentó mal una sopa de ajo. La sopa de ajo ha sido, desde bien pequeño, una de mis cinco comidas preferidas. Además ese día tenía unas ganas rotundas de meterme entre pecho y espalda aquél caldo. La noche anterior habíamos estado disertando, entre vino dulce y chupitos de orujo, el futuro de las corales que hacían versiones de bandas sonoras de películas en nuestra sociedad. Debate que se alargó hasta bien entrada la mañana, ya con bocadillos de calamares y cañas.
El caso es que aquello fue el principio del fin, aquella sopa hizo estragos en mi interior y, antes de poder tumbarme a dormir la merecida siesta, estaba agarrado a la taza del váter sin poder contener ni una sola pizca del remedio que siempre había aliviado mis resacas.
Desde aquél momento todo me sentaba mal. Empecé teniendo unos retortijones de espanto después de empeñarme en cenar albóndigas en salsa. Pero esto no fue más que la primera parte. Fui consciente de que tenía que cuidar mi dieta y olvidarme por unos días de las croquetas de cocido y de los chatos de vino, pero aún comiendo únicamente arroz blanco y pechuga de pollo, ningún alimento ingerido encontraba acomodo en mi interior y hacía todo lo posible por salir, daba igual que fuera por la puerta principal que por la de emergencia.
Subsistí durante algún tiempo a base de un preparado de harina cruda y agua que me aseguraron que calmaría mi malestar. Aunque el resultado fue dudoso, por lo menos lograba introducir alimento a mi cuerpo.
Pero pasados unos días, la cosa fue degenerando, y además de sentarme mal la comida, comenzó a sentarme mal todo lo que ocurría a mi alrededor. Si alguien hacía un comentario acerca de mi aspecto, me sentaba mal, y tenía que salir corriendo al aseo a evacuar la mala digestión del comentario. Si una tendera me pedía el pico de la cuenta para no tener que cambiarme, me sentaba mal, y de carreras otra vez.
Menos mal que encontré la solución a este desgaste permanente. Descubrí un día en que no había ningún aseo en las inmediaciones que, si me cagaba en la estampa de aquél que me causaba el malestar, remitían mis dolores y podía continuar con mi rutina.
Aquello ya se pasó pero, por si acaso, cada vez que me encuentro con algo que me sienta mal sigo rezando aquello de ME CAGO EN TU ESTAMPA

Desdentado

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