Nov
30
DE CORAZÓN
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Últimamente me andan ocurriendo ciertos episodios, ciertas situaciones, ciertas cosas extrañas que he dado en llamar “episodios paranormales transitorios que acaban en nada”.
Hasta ahora vivía, de vez en cuando, capítulos un tanto extraños que yo me empeñaba en achacar a mi avidez como investigador y a mi olfato literario. He tomado absenta en lugares inverosímiles, le he pedido fuego a algún que otro gánster y, muy de vez en cuando, me he despertado tapado con cartones sin saber por qué.
Pero esta semana lo estoy bordando.
Puedo asegurar que no he hecho una ouija ni he invocado a nadie, pero los sucesos paranormales se están convirtiendo en una constante en mi día a día.
No he tenido bastante viendo apariciones en las hojas de un periódico ni descubriendo textos que se reescriben tal cual sin conocerlos, no.
Hoy iba a preparar un revuelto para comer. Ayer entré a la frutería a comprar un par de tomates y acabé llenando la nevera de verdura, para acompañar los robellones y los ajos tiernos decidí comprar alcachofas.
Pues bien, hoy, mientras pelaba una alcachofa he escuchado pequeños gritos de dolor. Como no podía ser de otra manera, los gritos venían directamente del interior de la alcachofa y yo, que siempre he sido muy receptivo ante el dolor ajeno, no he podido más que preguntarle acerca de sus dolores.
Cuando me he acercado a saber cuál era la causa de su dolor, me ha contado que lloraba porque no tenía corazón.
Ante tal afirmación y suponiendo que lo que venía eran lamentos en torno a una multinacional que se dedicaba a vender verduras y hortalizas congeladas, he tomado la determinación de bajar al bar a comerme unas croquetas.
Bastantes noticias descorazonadoras pueblan los telediarios.
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Nov
29
Dicen, los que saben, que es por la espuma y por no sé que grandeza que le ocurre a la cerveza, pero yo no termino de encontrar la diferencia entre echar una caña hasta una altura razonable o dejar que rebose.
El caso es que los barman se empeñan en tratar de mostrarnos a los neófitos el éxtasis espumoso cada vez que pedimos que nos rellenen la cerveza, con las consecuencias que esto trae.
Esta mañana, además de acompañar la cerveza con las croquetas de costumbre y echando de menos a alguno de los parroquianos que me iluminan sobre los temas más dispares, he decidido hacer el sudoku del periódico. Con la dichosa manifestación de las grandezas de la caña bien tirada, cada vez que me llevaba la copa a la boca caía una pequeña gota del líquido sobrante en la hoja del periódico, creciendo mi malestar con cada caída. No es que me preocupara el periódico, puesto que ya lo había ojeado del derecho y del revés, sino que me parecía una falta de educación para con quien después tratara de sacar algo en claro de aquellas páginas.
El caso es que he colocado todos los números del sudoku, los últimos al azar porque no había manera de encontrar la combinación exacta, obligándome a no mirar el pequeño charco que se iba formando en la lista de programas de la televisión.
La sorpresa ha llegado al final. Justo cuando iba a cerrar el periódico he sido consciente de que las gotas de cerveza que habían ido cayendo formaban un dibujo singular, una silueta perfectamente reconocible.
El destino, la naturaleza o Dios sabe qué había formado en las páginas del periódico la figura exacta de Juan José Millás.
Estupefacto ante tal acontecimiento he esperado un rato, no me cabía la menor duda de que si había llegado hasta ahí era para transmitirme algún mensaje, algo que necesitara saber para tener una vida plena o, tal vez, un secreto que debía guardar ante cualquier desavenencia.
He permanecido, impaciente, con el periódico delante durante más de una hora, pero no ha pasado nada, tan solo se ha difuminado un poco el contorno de la silueta.
Pasado de largo el mediodía y sin ninguna novedad he tomado una decisión, si no venía a trasmitirme ningún mensaje tal vez era una señal para que dejara guiar mis pasos según su doctrina.
He pedido un gin tónic y me he puesto a husmear entre las mesas que tenía alrededor a ver si encontraba el inicio de una historia.
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Nov
28
Una vez escribí un cuento que, sin yo saberlo, ya estaba escrito.
Sin proponérmelo, ni mucho menos, calqué todas las palabras, las comas, los puntos y, seguramente, las caras que ponía el escritor que lo escribió antes que yo cuando estaba sentado delante de la pantalla del ordenador.
Hablaba sobre uñas que crecían desmesuradamente y entre las que se quedaban enredadas todo tipo de cosas, no era la cera de los oídos ni la roña acumulada en la piel del protagonista, en esas uñas se quedaban atrapados los sueños de los niños que jugaban en el parque y la humedad de las bragas de las universitarias que acudían a los conciertos de los grupos de moda.
Era un caso de lo más extraño pues se acumulaba, en ocasiones, en la cavidad entre esas uñas y sus dedos la fragancia de la fruta en sus paseos por el campo y quedaban atrapados allí algunos momentos que iba viviendo el tipo, además de las voces con más personalidad que escuchaba en la radio.
El cuento acababa mal, evidentemente. Pero eso es lo de menos puesto que el hombre se llevaba a la tumba todo lo que le había ido quedando entre las uñas.
Pasé algún tiempo pensando en lo que había querido decir con lo que había escrito ahí, tratando de saber si hablaba sobre un hombre sucio en esencia o si trataba de ser una metáfora acerca del día a día y sobre todos los detalles que, pasando a nuestro lado, los dejamos marchar sin prestarles la más mínima atención.
Todavía no tenía decidido si era moralmente aceptable mostrar el cuento por ahí sin saber lo que quería decir cuando encontré mi cuento rebuscando entre los volúmenes de relatos de la biblioteca.
Aquel día ni siquiera saludé al entrar al bar de costumbre, pasé la media hora del aperitivo dándole vueltas a todo lo que me había pasado y buscando una respuesta en las croquetas de cocido.
Como no fui capaz de hallar la solución en el firme rebozado ni en la bechamel mullida, decidí poner el nombre del escritor de mi cuento en Internet. Cuando me hice con su dirección de correo electrónico le mandé un mensaje.
Le pregunté cuál era realmente el significado del cuento.
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Nov
24
LA CENA II
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Tal vez mi impresión fue desmesurada, pero en el momento en que sacó la tarta comprada por ahí, se abrió delante de mí la ventana por la que su vida se estaba escapando como se escapa el calor de la calefacción de gasoil. Era la muestra palpable de las imperfecciones de su vida.
Después de llevarnos a su casa en el campo para que pudiéramos observar lo espectacularmente bien decorada que estaba, para que contemplásemos los exuberantes paisajes por los cristales más transparentes que jamás ha visto nadie y para lucirse con su mano en la cocina, con sus platos deliciosos; después de todo eso nos sacó una tarta que había comprado en la pastelería de debajo de su casa.
Quedó bien claro, al menos para mí, que pese haber dejado correr su carrera profesional por el caudal de las cloacas, era incapaz de hacer un postre en condiciones.
Resultó que no había manera de hacer un tocino de cielo ni una torta secreta, le resultaba imposible hacer un tiramisú o un flan de café y, claro, hacer una tarta de esas de galletas remojadas en leche no procedía en un día como éste.
Hasta aquel momento la jornada había discurrido justo como ella la había planeado, nos estaba dando envidia a todos los comensales y conseguía aparentar tener una vida completamente encarrilada y magnífica, pero este pequeño detalle, que podría haber solucionado con solo rebajarse ante su suegra pidiéndole que le preparara un postre que pudiera hacer por suyo, lo tiró todo por el retrete.
Fue justo en el momento que pensaba en todo esto cuando se me ocurrió el negocio que me haría triunfar en la vida. Era tan simple como preparar tortas de chocolate y arroz con leche, era tan sencillo como echar un cable a aquellos que no pueden preparar un dulce para llevar a casa de quien les invita a tomar café.
Vi claro por un momento que toda esa gente que sale tarde de trabajar, tiene sesión de aquagym, no puede ir a casa sin tomar una caña con sus amigas del pádel y cada día de la semana tiene una llamada fija de, al menos, media hora antes de cenar, no tiene tiempo para andar preparando dulces caseros para ir al café del sábado en casa de alguna de las amigas del instituto que solo se juntan ese rato a la semana.
Y para esos casos, y para los de aquellos que no se aclaran con la fuerza y la potencia de su horno estaría yo, recogería los moldes para postres en casa del cliente y le enseñaría una carta completísima de postres y dulces caseros que serían capaces de hacer salivar al más pintado, dejando la sensación de tener una vida perfecta y una mano tremenda para la repostería, por un módico precio.
Pero abandoné la idea con la misma rapidez con la que llegó a mi mente. Lo más parecido que he visto en mi vida a la masa de una torta secreta es la que se cuece en la pastera de los albañiles.
Decidí que, aunque no era perfecta, era casi mejor dejar la vida como hasta ahora, con sus croquetas y con sus cervezas, que tampoco están tan mal.
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Nov
22
Tuve, el fin de semana, una de esas comidas insufribles de antiguos compañeros de la universidad. Esas en las que todos muestran su cara más amable para tratar de hacer creer a los demás que su vida es la que gira más engrasada, la que tiene los engranajes mejor ensamblados y, por supuesto, en la que los pequeños problemas del día a día son solo un aliciente para hacerla más interesante, puesto que se solucionan prácticamente solos.
En realidad acudo a estas cenas periódicas (“para que no se pierda la relación, que lo pasamos tan bien aquellos años todos juntos…”) para tratar de descubrir en qué lugares se va descascarillando la pintura con la que han cubierto su rostro cansado de los dolores de barriga de sus hijos y de las comidas de los domingos con sus suegros.
Fuimos a comer al chalet, recién construido, de una compañera que decidió hipotecar su carrera profesional para poder dedicarse por entero a la crianza de sus hijos y a cuidar con esmero de su casa. Todo estaba impoluto, los colores combinaban a la perfección, sus hijos mantuvieron la ropa limpia durante toda la mañana e incluso su marido, un heredero que nos odiaba profundamente, estuvo correcto en el trato y abrió un par de botellas de vino de la bodega que reservaba para las ocasiones.
Pero al llegar a los postres descubrir el lado oculto y, por ende, el lugar en el que regocijarme de las carencias ajenas no fue difícil.
Después de haber elaborado con sumo esmero cuatro platos de aperitivo, un redondo de ternera con tres salsas y un sorbete de mandarina, para el postre había comprado una tarta de una confitería cercana a su casa.
Lo más significativo es que, sin que nadie dijera nada, comenzó a justificarse diciendo que era la mejor tarta que había probado en mucho tiempo y que la confitería tenía muchísima reputación.
De inmediato un negocio con el que hacerme rico de una vez por todas me vino a la cabeza. Lo mismo tengo que dejar de dedicarme a las croquetas.
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Nov
21
PARTURIENTAS
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Hace poco fui a visitar a un artista. Estando en su estudio le pregunté por cómo iba el trabajo, por cómo llevaba sus esculturas, ésas que llevo viendo desde que tengo uso de razón. Me aseguró que la producción iba bien, solo tenía un problema y era que no parían, que no se reproducían.
Aunque no lo mencionó estoy prácticamente convencido de que, conociéndolas como las conoce, sabe que cuando cierra cada noche la puerta del estudio, sus esculturas mantienen relaciones amorosas y, por supuesto, sexuales pero no se preñan unas a otras. Y ahí es donde radica el problema.
Sé de buena tinta que los quebraderos de cabeza de este hombre no radican en que de un día para otro se le llenen las estanterías de nuevas piezas, de engendros nacidos de sus manos. Lo que realmente le trastorna es que, amándose como se aman, sean incapaces de concebir. El tormento llega a la hora de encontrar la manera de dotarlos de la cantidad de vida suficiente como para que sus cuerpos unidos sean capaces de engendrar un nuevo ser.
El por qué son incapaces de completar el ciclo de la vida es lo que realmente emponzoña el proceso creativo del artista.
Salí de aquella visita con una tremenda sensación de derrota paseando por mis entrañas, era la demostración del fracaso último del ser humano, la imposibilidad de alcanzar la perfección.
Ante tal varapalo no me quedó más remedio que dejar de lado las palabras, incompletas y deficientes, y dedicarme a hacer croquetas, que tampoco se reproducen pero su tostado y su dulce crujir con lo más parecido a la perfección que conozco.
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Nov
8
PANACEA UNIVERSAL
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Por fin, después de media vida, he encontrado el camino que me va a guiar a la felicidad absoluta, a llevar una vida completa, a sentirme realizado en todos los ámbitos.
Me ha costado años de desvelos y de incertidumbre, años en los que le preguntaba a cada croqueta si sería capaz de elegir la dirección correcta en la siguiente encrucijada, si dominaría mi destino, si alcanzaría, al fin, la paz interior.
Y la respuesta ha llegado, como siempre, al dejar de buscar, al resignarme a continuar incompleto el resto de los días, al dejar de atormentarme.
A decir verdad, hace algún tiempo hice avances significativos. Llevo más de tres meses en los que, cada vez que pongo una lavadora, me obligo a recoger la mesa y fregar los cacharros amontonados en la pila de la cocina; los que soy capaz de fregar en el reducido tiempo que necesita la lavadora para blanquear la ropa sucia.
Con esta pequeña treta, además de cubrir las necesidades básicas de menaje, limpiaba también mi conciencia por tener la casa hecha un asco.
Después de este tiempo he descubierto lo que siempre había estado delante de mis narices, he dado con la respuesta definitiva al desorden reinante en mi vida, o por menos al reinante en mi casa.
La estrategia es, una vez interiorizada la limpieza cada vez que la lavadora gira, poner en cada colada como máximo tres calzoncillos, con lo que, cada dos por tres, tengo que poner lavadoras.
Con la de tiempo que voy a tener, me estoy planteando hasta limpiar el extractor.
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Oct
18
TRES ESTORNUDOS
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Desde hace ya más de un mes llevo estornudando tres veces al día.
El caso es que el número tres tiene su gracia, todo, menos los packs de yogures, se mide de tres en tres; los números que hay que contar antes de empezar una carrera, los tres cerditos, la Pinta, la Niña y la Santa María, el telediario (que lleva empezando a las tres toda la vida), tres tristes tigres y los payasos de la tele.
Ahora, a mi vida cotidiana, he añadido los tres estornudos de rigor. Lo cierto es que no me molestan, casi los agradezco. Son solo tres estornudos distribuidos a lo largo de todo el día, generalmente tras las comidas y que no me piden nada a cambio. He aprendido a convivir con ellos y casi se han convertido en parte de mi rutina.
Creo que me sirven como muestra empírica de que sigo estando vivo. Tienen un cierto parecido con los estertores de mi frigorífico, sonidos que parecen de ultratumba y que pronostican el final de su vida, pero mientras sigan sonando será señal inequívoca de que, aunque agónico, todavía vive.
Pues bien, yo tengo la certeza de que, mientras siga estornudando tres veces al día, podré continuar bajando al bar a por las croquetas.
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Oct
17
SIBARITA DE LO COTIDIANO
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Desde siempre he sentido la necesidad de convertirme en un sibarita.
Ya conté en una ocasión mis esfuerzos por incluir un pequeño spa en casa, caprichos de sibarita comedido. No lo he conseguido todavía, pero sigo en mi empeño.
Lo que he descubierto tratando de alcanzar un alto grado de exclusividad es, además de lo caro que resulta, la cantidad de información necesaria.
No existe en ningún lugar del mundo, por recóndito que sea, un sibarita que no conozca los detalles de todos los coches de alta gama que pululan en el mercado, que no haya estado en países exóticos ni se haya hospedado en los hoteles más lujosos, por no hablar de los conocimientos, indispensables, sobre metros de eslora y nudos de velocidad máxima de los yates que tienen interiores fabricados en maderas nobles.
La verdad es que me vuelvo perezoso cuando empiezo a pensar en la cantidad de datos que tendría que valorar antes de decidirme por cualquier artículo de lujo; si me da pereza buscar unos pantalones que casen con mi camiseta de “los enemigos”, imagínate tener que combinar el color del deportivo con el tipo de cuero del tapizado.
Para compensar la imposibilidad de ser sibarita en el más amplio sentido de la expresión, me dedico a ser sibarita de lo cotidiano, de las cosas pequeñas.
Uso papel higiénico de doble capa, compro solomillos de pechuga de pollo y únicamente tengo en la nevera gazpacho andaluz de la variedad gourmet. En la sección de pizzas del supermercado, siempre elijo las artesanas y, por supuesto, siempre como croquetas de cocido, las primigenias, las auténticas, las exquisitas.
Y lo peor de todo es que creo que es la opción óptima, la que da realmente calidad de vida porque, además de usar los productos exclusivos a diario, no tienes que preocuparte de si se te cae la copa de champagne sobre el parqué en un golpe de mar.
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Oct
10
Aunque he renegado durante toda mi vida, al final he terminado por sucumbir a las presiones sociales y me he puesto a dieta.
No es que me molestara mi aspecto físico ni que me convenza ninguno de los anuncios sobre productos que te dejan hecho un figurín. Es que quería probar.
He decidido ponerme a prueba para saber si soy capaz de seguir un régimen, de proponerme una serie de alimentos al día y no salirme de lo estipulado.
Y la verdad es que la cosa funciona, he empezado a comer croquetas de acelgas y ensaladas sin aliñar y estoy reduciendo notablemente mi peso, aunque no sé si va a resultar realmente eficiente.
Estoy adelgazando, pero por partes. En los días que llevo controlando lo que como he perdido dos kilos, pero la única parte de mi cuerpo que se ha reducido es la pierna derecha. De momento la diferencia no es excesiva, aunque yo, cada vez que me desnudo, compruebo como se distancian más la una de la otra.
Al principio me hacía gracia esto de adelgazar por partes, pero ha llegado un punto en el que estoy empezando a preocuparme. En lo primero que he pensado es en la talla de pantalón; con mi porte, de natural desgarbado, ya suelo llevar el pantalón caído por un lado, pues solo me falta tener una pierna el doble de gorda que la otra para que resulte tarea imposible llevar la prenda en su sitio.
Dándole vueltas a esto ha sido cuando ha sobrevenido la siguiente preocupación, bastante más seria que la primera. No sé cuando va a dejar de adelgazar esa pierna y el menguado de la misma. Si ocurre en breve no habrá pasado nada realmente, adelgazará la otra pierna, o un brazo o la barriga y, al final, todo se compensará, pero si continúa como hasta ahora, ¿terminará por desaparecer?
Me he dado una semana de plazo, si no cambia la cosa no tendré más remedio que volver a las croquetas de cocido y la cerveza en el bar. En fin.
Desdentado
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