Dic
16
Hay cosas que no cambian. Hay tradiciones que se perpetúan en el tiempo y por muy fuerte que pegue la modernidad, no es posible moverlas de su sitio.
Por mucho que se invente y por muchas innovaciones que haya en la cocina, la bechamel para las croquetas hay que hacerla reduciendo a fuego lento en la sartén y con un poco de sofrito para que vaya cogiendo sabor.
Lo mismo ocurre con el correo tradicional. Hoy por hoy nadie se sienta en el buró a escribir sus impresiones para enviarlas a la redacción de ningún periódico, pero todavía nos llegan a diario, por correo postal, cartas a casa.
Me traen quebraderos de cabeza las cartas, no creas. Hace seis meses me mudé de casa. Hablé con el banco para notificar el cambio de domicilio, también con la compañía del gas, la del agua y la luz.
Me fue difícil deshacerme de todos los recuerdos, mi habitación y todos sus rincones, el sofá, y sobre todo la despensa, que es el lugar de la casa que más momentos de felicidad me ha dado. Pero lo que más me costó a la hora de poner el piso en alquiler fue pensar que había algún sitio al que no hubiera notificado el cambio y continuara mandándome las cartas allí, cartas que probablemente nunca leería. Repasé todas mis colecciones, por si aún quedaba algún número que tuviera que recibir, y me despedí de las hojitas con la oferta del mes del supermercado de bajo de casa.
Lo que me decidió a desprenderme completamente fue hacerme cargo de que Pili, aquella moza que conocí en las fiestas de Estepona en el verano del setenta y nueve, y que me juró que nos amaríamos toda la vida, si aún no me había escrito, probablemente ya jamás lo haría.
Desdentado



