Ene
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PERSONALIDAD
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Hace algunos días me ocurrió un hecho insólito, prácticamente increíble.
De la noche a la mañana, y sin causa aparente, no sabía si me tenía que levantar de la cama por la parte derecha o por la izquierda. Parecerá una tontería, pero se me había olvidado la parte de la cama que elegía para levantarme. Si me levantase sólo una vez cada quince días, aún tendría pase, pero haciéndolo todos los días no tenía perdón.
Una vez pasado este trago, me encontré con una disyuntiva todavía peor, a la hora de empezar a desayunar dudé acerca de si quería el café largo o corto, si quería azúcar o sacarina y sobre si quería mantequilla o aceite en la tostada.
Era incapaz de saber cómo me gustaba hacer las cosas que hacía a diario. Había perdido la singularidad, era un tipo más entre la multitud, con la particularidad de que estaba solo.
Me sentí, durante ese tiempo, como una croqueta a la que se le ha perdido el sabor. Tenía el rebozado y la bechamel, pero no había trozos de jamón dentro de mí. Me había convertido en una croqueta de absolutamente nada, de las que venden en los supermercados, esas que cuando las pruebas tienes que mirar la bolsa para saber de qué son. Había perdido el bacalao de mi vida, era un ser anodino al que le daba igual que lo mojaran en mayonesa o en salsa tártara.
Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, comencé a buscar por todos los rincones de mi casa, en algún sitio tendría que estar mi personalidad.
Pasados más de tres cuartos de hora y revueltas todas las habitaciones de la casa tomé una determinación. Tenía que hacerme de nuevo el dni. Cuando perdí la cartera, con todos los documentos que acreditan quién soy, perdí también mi identidad.
Desdentado



