Ene
12
No me gusta la ropa de los domingos, ni la paella. No me gusta tener que comer uvas cuando acaba el año. No me gusta tener que ceder mi asiento en el autobús. Ni felicitar a mis conocidos sólo porque sea cumpleaños. Y ante todo, no me gusta tener que ser indulgente con las personas que no me gustan.
Y no es que me haya propuesto ir categóricamente en contra de las fiestas y tradiciones que me rodean, es que tener obligaciones me supera.
Me subleva la exigencia de cumplir horarios y las pautas a seguir un día tras otro. Nunca he sido constante en nada, pero es porque me causa un rechazo enorme pasar ocho horas diarias haciendo lo mismo durante años.
O al menos eso era hasta ahora. Hoy comienza mi redención en la noble obligación de tener obligaciones. Y lo peor es que no me van a pagar nada aunque cumpla a rajatabla los horarios establecidos.
A partir de hoy tendré que salir a pasear, al menos, tres veces al día, llevar siempre conmigo bolsas de plástico, frecuentar descampados y recoger las cacas de otro que no soy yo.
El azar es caprichoso, y como se suele dar pan a quien no tiene dientes, tengo a mi cargo a un chucho que me llenará la casa de pelos y me obligará a madrugar los días que tenga resaca.
A pesar de todo, tengo claro que no soy la persona indicada para cuidar de nada, y mucho menos de nadie. Lo único que he tenido hasta ahora a mi cargo, fue una vez que me mandó mi madre a comprar una bolsa de croquetas de bacalao. Al salir del supermercado pasé un momento por el bar, y acabaron descongeladas y hechas una maraña de bechamel y pan rallado con pequeños trozos de perejil sobresaliendo de la marabunta.
A lo mejor llegamos a entendernos.
Desdentado



