Ene
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Desde siempre he sido una persona frágil, fui el típico niño enfermizo en el colegio, los niños pegones que andaban extorsionando a los débiles no se me acercaban por miedo a que les pegara alguna enfermedad. En realidad tengo más recuerdos de los distintos pediatras que siguieron mi historial, que de mis tíos. Incluso cuando tenía que pedir el aguinaldo, siempre pasaba primero por el centro de salud.
El caso es que todavía ando en la misma tesitura, aunque he pasado más tiempo esperando en la consulta que jugando en el parque, no han conseguido hacerme una persona saludable.
Hoy en día continúo con la misma disposición hacia la enfermedad, tengo alterados todos los niveles, mi tez es amarillenta, se me cae el pelo y además me falta calcio en los huesos.
Lo que peor llevo es, que el medicamento que trata de controlar una de las enfermedades, empeora otra. Así, las pastillas con las que pretendo controlar mi alopecia, disparan los niveles de ácido úrico, y las que controlan éste, crean debilidad en los huesos, contrarrestando así el efecto de una tercera pastilla.
Además de esto, la mezcla de pastillas me destroza el estómago y el protector de que tomo altera mi estado de ánimo.
En consecuencia, no puedo hacer absolutamente nada. Sigo estando igual de enfermo, tengo riesgo de infarto, me ha salido una úlcera y, por si fuera poco, mi aliento apesta.
Llevo doce años sin tomar una cañita con un par de croquetas porque es lo más perjudicial para mi salud, ya no recuerdo a que saben los fritos, ni el vino, ni el café, ni las carnes rojas, ni el pescado azul. Pero ya está bien, esta tarde mismo voy al bar, y si tengo que reventar, reviento. Pero reviento de gusto.
Desdentado



