Ene
22
Paseaba el otro día pensando en lo solo que me encontraba, me veía tan desamparado como un filete sin guarnición, más incluso que las patatas asadas sin ajo para mojar.
Andaba ensimismado, liado con estos trajines, cuando, sin causa aparente, una paloma se me acercó y se posó sobre mi hombro. Traté de espantarla, pero no hubo manera, no surtieron efecto mis gritos, ni siquiera cuando traté de quemarla con el mechero se apartó de mi vera.
Acogí el suceso como una señal, un mandato divino para paliar mi soledad. Entonces la acogí como mi nueva amiga, la llevé a casa y comencé a enseñarle las habitaciones y le pregunté si quería tomar algo. Incluso saqué la foto firmada por El Puma que tengo reservada para las visitas especiales.
Pero ella no se interesaba por nada, lo único que le apetecía era estar en el hombro y picar en mi pelo, no se separó de mí ni siquiera cuando tuve que entrar al aseo a evacuar el pote que me había metido a mediodía entre pecho y espalda.
Fue un amor mutuo tan grande que enseguida comencé a hacer planes, cogí hora para llevarla al veterinario y pregunté en la peluquería canina si también le hacían la permanente a las palomas.
Estaba tan contento que le conté toda mi vida, con esa verborrea que nos entra cuando conocemos a alguien que merece la pena y queremos que lo sepa todo de nosotros. En un arrebato, incluso le confié mi secreto para que las croquetas queden esponjosas.
Pasamos la tarde la mar de entretenidos, le enseñé las fotos de mi viaje a Portugalete y el video de las vacaciones de verano del ochenta y dos.
Ella no hacía ascos a nada, y continuaba picándome en la espalda y el cuello, como pidiendo que le contara más.
Pero cuando llegó la hora de preparar la cena, y con la misma naturalidad con la que había llegado, alzó el vuelo y trató de salir, sin despedirse, por la ventana.
El hecho es que estaba cerrada y cayó al suelo totalmente desorientada. Traté de recogerla para ver si se había hecho daño, pero ella rechazaba mis cuidados y persistía en salir. Yo, con el corazón roto por los cuatro costados, me tiré al sofá para sollozar y preguntarme por qué me tenía que estar pasando esto a mí.
De pronto vi claro todo lo que había sucedido. Estoy seguro de que mi vecina del segundo tiró por la ventana, las migas que habían quedado en el mantel después de comer, justo cuando yo salía camino del bar a tomar el carajillo de rigor.
Seguro que la paloma divisó algún trozo de pan en mi chaqueta y se decidió a hacerlo suyo. Y yo como un alma cándida, pensé que era una señal de los cielos.
Cuando recobré la compostura, mi alma pedía venganza. Sin dudar di caza a la paloma que todavía andaba atontada por el pasillo de casa, con un golpe certero la rematé y después la desplumé.
Cuando la metí a la cazuela pensaba que a nadie más le convencería con sus falsas expectativas de amistad. Y pensé también que mi secreto estaba a salvo, cuando mezclaba su carne con la bechamel. Antes de rebozarla.
Desdentado




D.E.B (Descanse en bechamel)
Una triste historia de desamor y psicopatía. No siempre va a haber finales felices en los cuentos. Tremendo.