Ene
26
Me costó mucho decidirme a la hora de comprar mi primer coche, quería que fuera algo especial, no me valía cualquier cosa. Así que cuando reuní el dinero suficiente para comprarlo, pasé dos semanas enteras mirando por la ventana de mi casa todos los coches que pasaban por la calle antes de decidirme.
Descubrí, al fin, que el coche que quería tener era el de un basurero que vive dos calles más allá de la mía. Era perfecto, era amarillo y tenía los asientos llenos de salpicaduras de color verde, y el olor que desprendía me resultaba embriagador.
Así que, un día lo abordé por la calle y le dije que me pidiera lo que quisiera por su coche, el hombre estuvo reticente durante los primeros momentos, pero cuando le enseñé el dinero, no dudó un instante. Por supuesto pagué por él más de lo que valía, pero el coche lo merecía. Tenía una solera muy interesante.
Para la mayoría de la gente, su único sueño es reunir el dinero suficiente para comprar un coche nuevo y pasar los sábados por la mañana limpiándolo, para lucirlo por la tarde.
Pero a mi se me truncó el sueño cuando entré por primera vez en un coche nuevo. Me resulta insoportable el olor que despiden, tienen un olor peculiar que me suena a engranajes de plástico y piezas de metal ensartadas por máquinas que no entienden nada de la ilusión ni de la alegría que da comprar un coche.
Los coches nuevos son como croquetas sin rebozar, les falta el cariño de dedicarles tiempo y dejarlos como realmente nos gusta que sean, además huelen mal. Y como sería incapaz de comerme una croqueta que huela al plástico de la bolsa del pan rallado, tampoco estaba dispuesto a comprar un coche que no estuviera humanizado.
Lo que no sabía cuando compré el coche, es que además de su olor y sus manchas, tenía la correa de distribución y los amortiguadores a punto de marchitarse. No podía ser perfecto.
Desdentado



