¡El croquetalismo ha llegado!

HIPO

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Una de las desgracias más grandes de la humanidad, sin lugar a dudas, es la del hipo. Los expertos  y las abuelas tienen soluciones a raudales para este mal, pero a los ciudadanos de a pie, rara vez nos salvan de tan amargo trago.
Yo pasé una temporada en la que comiendo jamón fuera de la manera que fuese, me entraba hipo. Daba igual que masticara veintiocho que treinta y dos veces, daba igual que fuera un bocadillo que melón con jamón. Siempre, inexcusablemente, me entraba hipo.
Tener hipo con un alimento concreto es como estar a dieta, lo único que consigues es que acabe apeteciéndote únicamente lo prohibido. Con la diferencia de que las consecuencias no se ven en el peso, sino en el momento de llevarlo a cabo.
Me conciencié, en aquella época, sobre las consecuencias que me traía en mi vida diaria ingerir al diablo hecho carne, y traté de evitarlo por todos los medios. Pasé más de dos años sin probar una sola loncha de jamón. En aquél tiempo me convertí en un ente sin vocación, era un ser sin ninguna meta en su vida. Mi existencia se convirtió en un continuo padecimiento, puesto que, cuanto más trataba de evitarlo, más presente estaba el jamón en mi vida.
Se convirtió en una obsesión. Por todas partes veía jamones, incluso se dio el caso de que cada vez que pasaba cerca de una obra, había un albañil que llamaba jamona a una chica. Me parecía que los monigotes de los semáforos, cuando se ponían en verde, en lugar de piernas tenían patas de jamón y las flores del campo cambiaban su fragancia por el aroma salado de la pata de cerdo.
El final a esta obsesión lo puse como se pone remedio a una enfermedad. Empecé a medicarme.
Me obligué a salir a diario al bar y tomar una caña con un par de croquetas de jamón.
Aún hoy, de vez en cuando, vuelve a visitarme el hipo. En esos casos, lo siento a mi lado y le invito a una cervecita.

Desdentado

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