Feb
17
OPTIMISTAS
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Todavía quedan, aunque cada vez son menos, algunos optimistas. Son una especie extraña que está condenada a la extinción, pero todavía colean. Y están condenados a desaparecer porque supone un esfuerzo prácticamente sobrehumano tener que pensar siempre en positivo. Parece una tontería, pero el no echarle sal a aquello que te ocurre a diario supone un desgaste para el civismo de cualquiera, que termina por minar la moral hasta del más fuerte.
Los optimistas son aquellos que cuentan en el bar, con una sonrisa en los labios, que al levantarse esa mañana, se han dado cuenta de que su perro les ha cogido la cartera y ha destrozado el billete de cincuenta euros que sacaron el día anterior para pagar una avería en la caldera, y que claro, como no ha podido pagar, se ha tenido que duchar con agua fría.
Porque, aunque traten de negarlo, los optimistas también tienen días en los que sale todo al revés, esos en los que piensas que lo mejor hubiera sido seguir en la cama hasta que se hubiera hecho de noche.
A todos se nos ha volcado el aceite cuando íbamos a hacernos un huevo frito, o se nos ha escurrido un vaso mientras fregábamos. Todos nos hemos mojado el pantalón orinando justo antes de entrar a una entrevista de trabajo y nos ha entrado un apretón irremediable en la primera visita a casa de nuestros suegros.
Todos hemos sabido de antemano que, con la mala suerte que nos acompaña, la bechamel para las croquetas se iba a quedar blanda antes incluso de empezar a hacerla.
Y claro, con este panorama, a todos nos ha resultado imposible pensar en positivo. A todos menos a los optimistas.
La conclusión que saco, cuando pienso en estos súper hombres, es que mienten. Es imposible que nadie continúe pensando alegremente cuando llevas un día de perros.
No sé si será cierto, pero por lo menos me consuela pensarlo cuando, en el mismo día, he pisado más de tres mierdas.
Desdentado



