Feb
23
Es cruel la relación que se establece entre los niños y las finanzas. Es cruel por la inocencia con la que la infancia recibe sus ingresos.
Desde bien pequeños, a los niños, se les obsequia de vez en cuando con una moneda, moneda que recogen como un pequeño tesoro y que servirá, según creen para hacerse con todo aquello que anhelan. Pero el sueño se desvanece pronto, porque sus padres, que son mayores y responsables, prefieren guardarla para que no se pierda y usarla en el momento adecuado. Y ese momento, en la mayoría de las ocasiones no se corresponde con las necesidades inmediatas de la criatura.
Después va pasando el tiempo y llegan las donaciones monetarias en los cumpleaños y en los aguinaldos de navidad. Son recompensas de valor elevado, pero se vuelve a repetir la fórmula de ahorro que tira por tierra las expectativas de todos los niños.
Hay algunos afortunados que tienen la posibilidad de elegir una mochila o un estuche que pagarán con una parte de aquel dinero. El restante se invertirá en los libros del curso.
Hay otros que no corren la misma suerte, éstos ven desaparecer todos sus ingresos sin saber a dónde van. Cuando preguntan, les dicen que están en el banco y que cuando sea mayor podrá disponer de ellos.
Los niños entonces se vuelven a ilusionar, piensan que cuando sean mayores de edad cogerán todo el dinero, irán al kiosco y le dirán al tendero “dame todo lo que me corresponda”. Entonces el quiosquero sacará las llaves y les dirá, “por este dinero, el kiosco es tuyo”.
Pero estos niños crecen, y llegan a adultos. Y cuando descubren el dinero que hay en su cuenta de ahorro, descubren que todos aquellos tesoros, guardados año tras año como pequeñas pepitas de oro son en realidad migajas que no llegan, si te paras a pensarlo, ni para una bolsa de pipas.
Es como recoger los trozos de corteza que van cayendo al comer croquetas y pensar que juntándolos todos podrás tener una nueva. Un despropósito.
Desdentado



