¡El croquetalismo ha llegado!

PRESENTACIÓN

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El sistema es sencillo y la teoría está muy clara. Lo único que hay que hacer es llegar bien atrás y mirar hacia abajo. Exactamente igual que en las clases de matemáticas del instituto. Si lo cumples a rajatabla debe salir bien inexcusablemente. Pero la realidad es bien diferente. A menudo aparece la excepción que confirma la regla y, casualmente, siempre ocurre en los casos más inoportunos.
A mí me ocurrió en la presentación en sociedad de mi primera novela. Era un día caluroso a mediados de mayo. Para enterrar los nervios y resultar elocuente en la explicación sobre los motivos que me habían llevado a escribir el libro y dar un breve repaso, sin desvelar ningún dato fundamental, al argumento, mezclé cuatro infusiones de tisana con siete gin tonics en los momentos previos a la presentación.
Con la mezcla, además de encontrarme con la elocuencia por debajo de los tobillos, tuve la súbita necesidad de entrar al aseo a soltar parte del líquido que llevaba dentro.
Y allí me encontré con el pastel. Allí se aunaron el ensimismamiento producido por la mezcla y la necesidad de recordar todos los datos históricos que aparecían en la novela y entre todos lograron dejar en un segundo plano las normas básicas.
Con el embotamiento, olvidé echar el prepucio bien atrás y mirar abajo, con lo que el caudal de orín fue a parar directamente sobre los pantalones de mi traje gris.
De nuevo, como en tantas otras ocasiones, me encontré encerrado en el aseo y sin ninguna gana de salir. Pero el tiempo apremiaba y la gente quería escuchar lo que yo tenía que decir.
Aunque algunas son lastimosas, siempre he encontrado soluciones para este tipo de eventualidades.
Salí decidido, con la cabeza bien alta y sin pensarlo dos veces me dirigí a las mesas en las que estaba el vino de honor y fingiendo un desfallecimiento repentino, caí de bruces contra un plato de croquetas.
Al momento me levanté, llevaba la camisa llena de vino y toda la chaqueta llena de pequeños trozos de tortilla de patata. Nadie se explicaba la mancha en el pantalón, pero aquello me permitió disculparme durante unos minutos.
Al final tuve que dar la charla vestido con un traje de flamenca que había en la sala de una obra de teatro que habían hecho la semana anterior, pero fue mejor que reconocer el despiste.

Desdentado

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