Mar
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Siempre me he considerado un vividor. Me he pasado la vida a salto de mata, y claro, me he encontrado en, prácticamente, todas las tesituras.
Una vez, en la que me vi bastante desahogado económicamente gracias a los favores de una señora mayor que se hacía llamar Condesa de Villacastril, decidí montar un negocio. Pensaba que así lograría tener cierta estabilidad y podría ir al bar en los horarios en los que suele ir la gente normal.
Era una idea genial que me haría triunfar en la vida y por fin conseguiría que mis padres se sintieran orgullosos de mí.
Busqué un local céntrico, era pequeño pero no necesitaba más. Coloqué una estantería con libros antiguos, una máquina de escribir y una cafetera por si los clientes tenían que esperar un poco. Cuando tuve colocado el austero mobiliario, colgué el cartel encima de la puerta, se llamó “Excusódromo”, y el servicio que me disponía a dar era el de ofrecer excusas creíbles a cualquiera que las necesitara. No serían excusas banales de las que conoce todo el mundo, sino intrincadas situaciones que hicieran salir airoso a cualquiera, por inexcusable que fuera la situación.
El negocio funcionaba de maravilla, tenía clientes de toda la comarca que me encargaban excusas de todo tipo, desde niños que habían faltado a la escuela, hasta maridos que habían cometido algún desliz. Incluso inventaba excusas preventivas sobre casos hipotéticos, excusas para aquéllos que no terminaban de manera satisfactoria sus relaciones sexuales o para los adolescentes que llegaban más de cinco horas tarde a su casa por las noches.
Pero de repente la tienda se fue al traste, justo cuando cumplía tres meses abierto tuve que cerrar la puerta para no abrirla más. Visto desde la distancia, el negocio estaba condenado al fracaso, simplemente pasó uno de los cientos de supuestos que podrían haber arruinado el negocio.
Un sábado, un grupo de seis mujeres se juntó a comer unas croquetas a mediodía en el bar de costumbre. Estuvieron hablando de todos y cada uno de sus vecinos, cuando terminaron, empezaron a hablar de todos y cada uno de sus maridos. Y fue demasiada la coincidencia. En las empresas de todos los maridos habían sacado a concurso puestos de trabajo superiores a los que ellos ostentaban. Todas las empresas habían establecido un sistema revolucionario importado de Estados Unidos en su departamento de recursos humanos que basaba todos los parámetros de selección en el juego del ajedrez. Por supuesto, todos los maridos optaban al puesto. Todos necesitaban aumentar sus conocimientos sobre el juego. Y absolutamente todos habían encontrado una academia en un pueblo cercano donde daban clases semanalmente.
Desdentado



