Mar
10
Llegó un momento en mi ciudad en el que los niños que la pueblan estaban hartos de las prohibiciones. No se les dejaba hacer prácticamente nada, no podían tirar petardos, no podían sacarse los mocos en público, tampoco podían tocar los timbres de un edificio y salir corriendo, ni siquiera podían tirar huevos por el balcón a los hombres calvos que pasaban por la calle. Para colmo de males, decidieron impedirles jugar a la pelota en los parques, todo un desastre.
Un nutrido grupo de los niños de mi ciudad se juntaron una tarde para buscar una solución a todos los abusos que padecían por las autoridades competentes. Pero claro, ocurrió que eran niños y no conocían las estrategias necesarias ni los pasos a seguir en estos casos. Lo único que sacaron en claro fue una carta escrita por el que mejor letra tenía, haciendo alusión a sus derechos y a la necesidad que tenían de hacer deporte y tirar huevos por el balcón.
Al día siguiente, en la escuela, el maestro de gimnasia se enteró de todos los tejemanejes que sus alumnos llevaban entre manos. Aquel maestro era un hombre de los que ya no quedan, preocupado por la formación integral de los niños, y totalmente implicado en su trabajo, por lo que apoyó desde el primer momento las reivindicaciones infantiles. Además, se ofreció voluntario para organizar a los niños y dirigir las acciones que hicieran falta para conseguir que cualquiera que estuviera interesado, pudiera jugar a la pelota.
Las primeras acciones fueron inofensivas, se entregó la carta a las autoridades, y además hubo una rueda de prensa y visitas al despacho de alcaldía.
Pero con este sistema no consiguieron nada, así que decidieron ser un poco más agresivos.
Pusieron en marcha un plan. Sería sólo una acción, pero lo suficientemente importante para que todo el mundo se enterara de lo que los niños eran capaces de hacer.
Habría que esperar algún tiempo, pero causaría tal estupor a la población que no tendrían más remedio que ceder ante las demandas de los niños
Ahorraron durante un año toda su paga para comprar más pelotas de las que pueda imaginar una persona adulta. Además estuvieron haciendo todos y cada uno de los niños y a escondidas, más pelotas con restos de comida, con los macarrones más cocidos, con las sobras de croqueta, y con miga de pan.
El primer domingo de junio, a media tarde, cuando todos los adultos salieran a dar una vuelta para disfrutar del parque y de los rayos del sol, soltarían a la vez todas las pelotas repartidas por los parques de la ciudad, impidiendo el paseo de aquellos que les prohibían el juego.
Pero aquello nunca llegó a ocurrir. El primer domingo de junio, por la mañana, cuando los niños fueron a buscar a su maestro, se encontraron con la puerta cerrada. No había nadie en su casa, pasaron todo el día buscándolo, pero no encontraron rastro de él, ni tampoco de las pelotas.
Su maestro se había fugado con los ahorros de un año de todos los niños de la ciudad.
Desdentado




Me he reído mucho. Lo mejor lo de tirar huevos por el balcón. Pero el final es un poco triste y desconcertante.
Yo hubiese votado por ir en pelotas al parque
¡¡Vivan los niños, los parques y las pelotas!!