Mar
11
Nunca me ha costado tanto llevar a cabo un encargo como aquella vez que me pidieron que escribiera el texto de un anuncio publicitario para la radio.
Yo era de ésos que siempre critican los anuncios por su falta de imaginación, por ser poco originales o por ser excesivamente tontos, pero cuando tuve que ponerme delante de un papel en blanco para contar las bondades de un producto que me daba asco, la cosa cambió como de la noche al día.
Siempre pensé en hacer un anuncio sobre croquetas y niños felices a la hora del aperitivo, pero lo que tenía delante era una caja de pomelos a los que tenía que sacarles todo el jugo.
Estuve buscando las cualidades del pomelo, sus ventajas sobre otras frutas, los parecidos razonables, incluso les pinté ojos y boca para ver si me hacían reír. Pero no hubo manera, tienen un tamaño mediano, como una manzana Golden gordita, su color no llega a ser tan naranja como el de las naranjas y vamos, por supuesto, su sabor no tiene nada que ver con el dulzor del resto de los cítricos.
Después de darle la vuelta completa al pomelo y sentir que no había nada en lo que destacara, encontré cierta similitud conmigo. Demasiado gordo, demasiado pálido, no tan alto como para gustar a las chicas. Y además calvo.
Entonces lo tuve claro. Tendría que hacer un anuncio de perdedores.
Aunque no destaquemos entre nuestros iguales. Aunque no salgamos ganando ni siquiera cuando nos comparan con las chirimoyas. Aunque nadie quiera echarnos a la macedonia. Los pomelos, como los calvos y los gorditos, tenemos dentro un juguito que nos hace diferentes, que merece la pena probar.
Aunque después nos tires a la basura.
Desdentado



