Mar
12
Esta semana ha sido terrible en mi vida. La he pasado lleno de dudas e incertidumbre. He llegado a temer por mi integridad. Y es que a principios de semana empecé a tener un dolor. Era un dolor localizado en el cuerpo pero difuso en cuanto a su forma.
Hay dolores que tienes claro desde el primer momento a qué se deben, cuando te caes desde un tercer piso, si te duele un codo, puedes afirmar, sin peligro de equivocación, que el dolor es causado por el tremendo golpe.
Si te levantas por la mañana con retortijones y un dolor de cabeza intenso, puedes afirmar, sin peligro de equivocación, que es debido a los doce cubatas de ginebra con coca cola que tomaste la noche anterior.
Pero hay dolores que, sea por la causa que fuere, desconoces su causa y forma. Y este ha sido el caso de mi dolor.
Debido a que desconocía sus causas y las posibles consecuencias del mismo, decidí investigar todas las posibilidades. Después de leer de cabo a rabo los prospectos de todas las medicinas que tenía en casa, sin obtener ningún resultado satisfactorio, decidí buscar una enciclopedia médica.
Estudié todos y cada uno de los dolores, sus causas, sus tratamientos y todo lo demás, pero lo que yo tenía no era un esguince, ni una rotura, no tenía que ver con los ligamentos ni tampoco era una contractura.
Cuando estaba a punto de desistir y pedir cita con el médico, encontré algo que casaba con mis síntomas. En cuanto leí un poco, me dí cuenta de que esto era lo que me ocurría.
Y no era ni más ni menos que una hernia. Pero no era una hernia común, era una hernia en los pequeños pliegues que tenemos en el ano.
No sé si fue porque el fin de semana lo pasé comiendo exclusivamente cerdo agridulce o por la cantidad de veces que tuve que ir al aseo derivadas de mi dieta, pero el caso es que el lunes por la mañana tenía uno de esos pliegues como una croqueta de cocido. Y por supuesto oprimido por sus vecinos.
Todavía colea el asunto, pero estoy mucho más tranquilo sabiendo lo que tengo.
Desdentado



