Mar
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Creo que he sido el único niño en la faz de la tierra que siempre odió las excursiones. Trataba de enfermar con todas mis fuerzas cada vez que había una salida fuera del colegio, y claro, mi madre que lo sabía, me obligaba a ir a todas, aunque estuviera realmente enfermo. Una vez, incluso, me llevó a una excursión que hicimos a una granja de cerdos, para conocer el ciclo vital del jamón, teniendo cuarenta de fiebre.
Y es que las madres tienen la extraña obsesión de obligar a los niños a hacer todo aquello que odian. Piensan que con decir que “es por tu bien” está todo arreglado. Si no te gustan las lentejas, te las comes obligado, pero siempre por tu bien. Si no quieres jugar al fútbol en el recreo, pues a jugar obligado, por tu bien. Incluso si no quieres ir al viaje de fin de curso una semana a Venecia, pues vas obligado, por tu bien.
Lo peor de todo es que no se paran a valorar qué cosas son por tu bien y cuáles no. Conozco a una madre que obligó a su hijo a atracar un banco sólo porque no quería hacerlo, y eso está feo.
Y, a mí, no me gustaba ir de excursión porque mi madre siempre me ponía croquetas para la comida. Por supuesto no era por el hecho de comerme las croquetas, sino porque en todas las excursiones, a la hora de la comida, las croquetas estaban blandas. Daba igual que estuvieran envueltas en papel de plata o en papel de cocina, daba igual que estuvieran en un tupper, siempre estaban blandas. Y si es malo comer obligado las comidas que no te gustan, es todavía peor comer lo que debería ser un manjar cuando ha perdido todo su encanto.
Aún así, yo no era el que peor lo pasaba a la hora de la comida. Había un compañero de mi clase al que le quitaban la mochila en todas las excursiones, y después jugaban a sentarse encima durante el trayecto en el autobús. A la hora de la comida, siempre se había salido el zumo y tenía que comerse mojado el pan del bocadillo.
Desdentado



