Abr
23
Aquel día me levanté nervioso, había quedado con un amigo para ir a una playa nudista. Era mi primera vez, toda la vida había imaginado aquellos lugares como pequeños paraísos de libertinaje conde las chicas corrían como ninfas haciendo corros y se salpicaban entre risas.
El panorama cambió nada más llegar. La playa estaba llena a rebosar, pero en lugar de gráciles doncellas encontré a los mismos domingueros que coexisten en el resto de las playas. Había hombres y mujeres de todas las edades tumbados boca arriba con la misma actitud que cualquiera que va a la playa.
Cuando mis expectativas se fueron definitivamente al traste, fue cuando me dí cuenta de que incluso había familias enteras con su mesa de playa y sus tuppers de croquetas dispuestas a echar el día tal y como vinieron al mundo.
Pero ahí no acabó la cosa, las sorpresas tan solo acababan de empezar. Al mediodía, mientras nosotros todavía dudábamos si aposentarnos en aquel enclave o volver a casa en busca de una cerveza bien fresca, nos dimos cuenta de que se armaba un escándalo terrible a unos pocos metros de donde estábamos.
Cuando nos acercamos, nos contaron que una mujer que se disponía a tomar el aperitivo con su marido bajo la sombrilla, había abierto una lata de aceitunas. Una oliva descarriada se había salido del bote yendo a parar al asiento de la susodicha, y cuando la señora, que tendría, al menos, setenta años, trató de sentarse de nuevo; no voy a decir por donde se coló.
Claro, la señora empezó a gritar porque no sabía que había y cuando se dieron cuenta, trataron de buscar la mejor solución a este entuerto. Había división de opiniones entre los allí congregados. Unos decían que en la playa la mejor solución ante cualquier percance es la que se aplica para las picaduras de medusa, otros en cambio opinaban que no cabría otra que succionar, igual que se hace para sacar el veneno de las serpientes.
Mientras discutían los abanderados de ambas posturas, llegó corriendo el dueño de un chiringuito que había cerca. Llevaba un palillo en la mano y venía gritando: “Abrir paso, que me falta una para la banderilla”.
Desdentado



