May
12
Vivo, desde hace unos días, con una angustia tal que se me descomponen las entrañas. Planea durante todo el día sobre mi cabeza el mismo pensamiento, no consigo borrarlo, ni siquiera pintarlo de verde o azul.
El caso es que en mi afán por conseguir cosas antiguas que tengan poco valor pero que sean muy antiguas, he traspasado los límites de lo moral. Este afán me ha reportado grandes satisfacciones y sobre todo, gran cantidad de trastos viejos, de los que tengo plagada la casa. Tengo regaderas, botijos, alforjas y zafas.
Pero no puedo parar de buscar trastos viejos, me privan. He recorrido las casas antiguas de todos mis parientes y de los parientes de mis amigos y conocidos. Las casas viejas son una fuente inagotable de cosas viejas, así que incluso me he hecho pasar por el técnico del gas para visitar casas viejas de viejas, para ver si caía algo.
Pero hace algún tiempo, se me acabaron los conocidos y las excusas para investigar, así que decidí allanar las casas viejas abandonadas. Llevo varias noches usando la técnica de “la patada en la puerta”, para campar a mis anchas por algunas casas con cosas viejas y que huelen a viejas y cerradas. Cuando entro en una casa, imagino que suena un vals y voy danzando, marcando el undostres, undostres, undostres, y tocando todos los objetos con los que me encuentro, apreciando su belleza, e incluso a veces, agarro una escoba o un perchero y los hago bailar conmigo.
Podría sentirme angustiado por el allanamiento, pero no es así. El martes pasó algo más.
Todo el mundo dice que los martes no son buenos para casarse ni embarcarse, pero no dicen nada de robar, así que decidí que era un buen día para salir de caza. Me duché, me puse mis mejores galas y me perfumé.
Al caer la noche, estuve deambulando por las calles de la ciudad durante un rato, hasta que encontré una casa vieja en una calle estrecha. Con un poco de suerte, no habría nadie que oyera el golpe en la puerta. Y entré.
Comenzaron a sonar los primeros compases de “El lago de los cisnes” en mis orejas, y yo me dispuse a comenzar con el undostres. No había dado cuatro zancadas, cuando empecé a notar algo raro. No había artilugios antiguos por ningún lado, y lo que es más raro, no había polvo en el suelo ni encima de los muebles. La música cesó de golpe.
Cuando me adentré un poco más, descubrí el pastel.
Oculto en aquella casa, había un taller de cocina ilegal. Por lo que pude ver, se dedicaban a cocinar bechamel en cantidades industriales, pero, y aquí viene lo gordo, en lugar de leche usaban agua.
Desde aquella noche, apenas puedo dormir. Vivo en un ay, pienso que la red de bechameladores me está buscando, que estoy en su punto de mira.
Ya sé que debería denunciarlos, contar todo lo que sé y acabar con toda esta estafa.
Pero si es grande la angustia de saberme perseguido, es mayor si cabe la que me invade cuando pienso en la cantidad de gente que dejaría sin croquetas.
Desdentado



