May
13
Cuando era pequeño, siempre dudaba entre el crocanti de vainilla y el bombón de nata recubierto de chocolate. Eran mis favoritos, para mí, no existían más helados que esos.
En la mayoría de las ocasiones resultaba vencedor el bombón. La razón que me decantaba era que veía al bombón más desamparado. El crocanti era un helado con más clase, tenía pequeños trozos que lo envolvían y andaba llamando la atención, sin embargo el bombón era sobrio, discreto. Yo pensaba que era como el niño tímido que se queda sólo todo el recreo.
Pero lo mejor venía después, porque comerse un bombón de nata recubierto de chocolate es muy parecido a vivir una vida. Tienes que estar siempre atento, porque como te despistes un poco, anda chorreándote por la mano, y tienes que llevar cuidado donde muerdes, porque, si pretendes pasarte de listo, lo más seguro es que parte de la cubierta de chocolate, que por otro lado es lo más interesante, acabe en el suelo.
El problema añadido que tiene el bombón es que si, por evitar estos males, te lo comes demasiado rápido, lo más probable es que acabes mirando cómo, a tu alrededor, a todo el mundo le queda un trozo. Te quedará la sensación de que no lo has saboreado lo suficiente.
Bueno, a lo mejor la vida se parece más a una croqueta, no lo sé.
Desdentado



