Sep
17
A lo largo de mi vida he visitado muchos bares. Recuerdo algunos por su especialidad, las patatas bravas, el salpicón de pulpo, las croquetas caseras… Pero hay muchos otros, con su especialidad y todo, que los he olvidado.
De los que guardo un recuerdo vívido es de todos aquellos bares, o restaurantes, que tienen un agujero a media altura en el aseo de los hombres. Justo en el que linda con el de las mujeres.
El hecho de visitar prácticamente todos los aseos de los bares a los que entro, y sentarme en la taza, me ha brindado muchas intimidades de su funcionamiento.
Hay muchos bares que tienen la cocina justo al lado de los aseos. Por todo aquello de las canalizaciones del agua. Pero una cosa es que estén juntos y otra, que haya ventanucos o respiraderos que se comuniquen. Yo los he visto.
Pero claro, normalmente, si no te sientas en la taza es imposible comprobar que los vapores que expeles de tu cuerpo se dirigen inminentemente hacia los platos que están cocinando para ti.
Durante mucho tiempo pensé que aquello sería lo peor que podía ver en un váter. Me equivoqué.
Llegó un día en el que, sentado en la taza, estuve mirando a mi alrededor, como siempre. Descubrí en la junta de cuatro azulejos, justo a la altura de mi cabeza había un papelito introducido en un agujero pequeño, tapándolo por completo.
Al salir del aseo se confirmaron todas mis sospechas, lindando con la pared en la que estaba el agujerito, se encontraba el aseo femenino, aquello era, sin lugar a dudas una violación de la intimidad de las clientas de aquel local, aparte de obra de un cerebro retorcido.
Desde ese momento estuve al tanto de cada persona que iba al aseo y de los tiempos que tardaban, por si se pudiera dar el caso de algún avistamiento por parte de los habituales. No hubo indicios. Pagué al dueño, sin duda el autor, con desprecio y juré no volver por aquel antro.
Pasó que, estando alerta, en poco tiempo me percaté de, al menos, media docena de locales más que cumplían aquella burda trampa en las mismas condiciones. Dejé de ir también a éstos sitios.
Cada vez se cerraba más el abanico de locales a los que acudir a por un plato de croquetas con una caña bien fresca. Un día al entrar en el aseo de un bar que acababan de abrir me encontré el dispensador de papel higiénico en el suelo, aunque las alcayatas para sujetarlo estaban puestas. Una vez sentado, como no encontraba ningún entretenimiento, traté de colocarlo.
Aquél momento me abrió los ojos, las alcayatas estaban justo a la altura de mi cabeza y lindaban con el aseo femenino. Fue imposible ponerlo, estando sentado en la taza, el dispensador chocaba contra mis rodillas.
Desdentado



