Sep
21
En ocasiones tengo ideas súbitas que se me cuelan entre los pensamientos rutinarios y se instalan en las zonas altas de mi cerebro para que no pueda alcanzarlas. Allí colocadas pasan el rato que quieren haciéndose grandes o pequeñas a su antojo y, casi siempre, ocupando el lugar que tengo reservado para las labores del día a día.
Cuando vienen, se me olvida, por ejemplo, dónde está la frutería o cómo se pone la lavadora. Aparecen para ponerme enteramente a su servicio, sin interrupciones, sin molestias.
Todas estas alucinaciones tienen la misma forma y se presentan del mismo modo, en el momento más inoportuno, en el lugar menos indicado, llega hasta mi cerebro un tsunami de bechamel que se lleva por delante cualquier orden establecido que hubiera ahí dentro. Arrasa la memoria a corto plazo y lo único que puedo hacer a partir de ese momento es pensar con qué voy a condimentar todo eso.
Desde este momento sólo queda buscar el asiento más cercano y ponerme a trabajar.
Existe una única manera de deshacerme de toda esa marea de bechamel en mi cabeza, sentarme y comenzar a coger pequeñas porciones del líquido amarillento, juntarlas con jamón o bacalao y rebozarlas en huevo y pan rallado.
Para recobrar mi vida y ser capaz de comenzar de nuevo las tareas que estaba haciendo cuando llegó la tormenta, tengo que hacer croquetas toda esa bechamel e ir comiéndomelas. Hasta la última.
Así, cuando acaba el proceso, tampoco hay forma de hacer la misma vida que cualquier ser humano, puesto que necesito más de dos horas y al menos seis cervezas para hacer la digestión.
Desdentado



