Oct
8
Todavía no he podido quitarme de la cabeza una historia que me contaron la semana pasada.
Se trata de un relato espeluznante que ojalá no hubiera escuchado nunca. Lo único que espero es que fuera una invención macabra de aquél hombre que se sentó junto a mi en la barra del bar de siempre.
Según me dijo, él era repartidor de octavillas de publicidad de un bar en una calle céntrica de la capital, pero había perdido el trabajo.
La pérdida del trabajo, por supuesto, no es lo escandaloso, sino las condiciones en las que ocurrió todo.
Al poco de empezar a trabajar en aquél lugar, se dio cuenta de que, por alguna extraña razón, se habían taponado los conductos de sudoración de una de sus axilas. La consecuencia de este insólito hecho fue que todo su torrente sudoríparo se canalizaba en torno a la otra axila.
En un primer momento lo pudo remediar con un poco de tacto y manteniendo el montón de octavillas en el brazo sudado para no tener que levantarlo mucho.
Pero este era un remedio de temporada, en cuanto llegó el buen tiempo, las octavillas que repartía a partir de las once de la mañana estaban bañadas en sudor, con el consiguiente rechazo por parte de los transeúntes. Entonces probó a cambiar de brazo, pero cada vez que levantaba el sobaco regado de fluidos, la respuesta era todavía peor.
Ante estos avatares, decidió engañar a sus jefes, diciéndoles que repartía la publicidad pero quemando en realidad todos los papeles.
La afluencia de clientes al bar, de por sí escasa, cayó en picado y claro, el primer recorte de personal recayó sobre su persona.
Pero esto no es nada comparado con el calvario que sufrió entonces. Corrompido por la pérdida del trabajo, y más aún por la vil estrategia que adoptó para tratar de conservarlo, empezó a no poder dormir apenas y a tener unas pesadillas horribles. Lo realmente trágico es que la única manera que tenía de quedarse durmiendo era con los brazos estirados y girado sobre el lado encharcado, despertando siempre medio ahogado en su propio sudor. Estaba desesperado.
Me causó tal impresión aquella historia, que casi me sientan mal las croquetas de aquel día.
Desdentado



