Oct
13
He pasado el puente en un pueblo cerca de Caudiel. En un sitio pintoresco, en medio de la nada. Pero no buscaba paz o tranquilidad, ni mucho menos.
He asistido como jurado al primer certamen local de croquetas extravagantes.
Recibí la llamada y no pude negarme. Se trataba de un concurso humilde, pero en el que habían volcado todos sus esfuerzos.
Me acogieron con los brazos abiertos, me dieron una cama en casa de la madre del alcalde y me prepararon un catering a base de croquetas para todo el fin de semana.
El paraíso para cualquier activista de la bolsa de tela para recoger el pan y las croquetas caseras. O eso pensaba yo.
La cosa cambió cuando descubrí que los colchones de viscoelástica no están muy bien vistos en estos resquicios de cultura tradicional. Pero fue peor aún cuando, a la hora del desayuno, sirvieron las croquetas de roquefort.
Y ahí no acabó la cosa, el nombre de croquetas extravagantes era fiel testimonio de la realidad. Me obligaron a probar croquetas de leche condensada y de pepinillos y con algunas, el único acompañamiento era un vaso de leche.
En algunos momentos llegué a pensar que odiaría las croquetas para siempre, pero, por suerte, pudo más la cantidad de cerveza que me servían.
Al final, resultaron ganadoras las croquetas de gominolas que había hecho una niña y que, mezcladas con salsa barbacoa, tenían pase.
A la hora de la despedida, una comitiva con la flor y nata del pueblo me acompañó a la estación de autobuses.
Mientras llegaba el autobús que me trasladaría de nuevo a las comidas normales, mi estómago, que andaba aguantando el tirón durante tres días, decidió que no podía más.
Y cuando entré al excusado, resultó ser uno de aquellos en los que la puerta no llega desde el suelo hasta el techo, sino que queda a media altura.
En aquél momento me sentí desfallecer. Cagar allí era como cagar delante de toda esa gente, era como cagarme en su concurso y la extravagancia de sus croquetas.
Antes que verme ultrajado de aquella forma infame y en medio de un ataque de rabia, abrí la puerta de par en par, me adelanté un poco con los pantalones por los tobillos y les dejé en mitad de la estación de autobuses hasta la última gota de bechamel que me habían hecho tragar.
Desdentado



