Ene
12
Cuado era pequeño me asustaba sobremanera la lluvia, no me asustaban las tormentas llenas de truenos y rayos, no. Lo que realmente me asustaba es que estuviera lloviendo durante más de un día entero.
Cada dos por tres me asomaba a la ventana para ver la evolución de la escorrentía y comprobar si los regueros habían alcanzado ya la altura de los bordillos de la acera. El pánico real llegaba cuando el agua comenzaba a correr por la calle de punta a punta.
Esos días mi madre siempre preparaba cocido y nos hacía croquetas, supongo que era en parte por el frío, pero también para que se nos olvidara el río que surcaba al ras de nuestro portal.
Pero yo no podía dejar de pensar en que la lluvia no cesaba y que no cesaría. Lo único que se me venía a la cabeza era que había llegado de nuevo el diluvio universal y que no dejaría de llover hasta que quedaran anegadas todas las casas del mundo. Y a mi no me había avisado nadie.
Tendría muy poco tiempo para construir un arca en la que poder meter a una pareja de animales de todas las especies. No tenía ningún material para fabricarla y además, cómo conseguiría una pareja de rinocerontes con la que estaba cayendo.
Para colmo de males, mis padres se empeñaban en que tenía que ir al colegio, con lo que perdía un tiempo precioso para poder salvarme.
Por suerte, al cabo de un par de días, como mucho, la tormenta remitía y las cosas volvían a la normalidad.
Los días siguientes, con la posible venida del diluvio todavía presente, me dedicaba a cazar moscas, saltamontes y escarabajos, los escondía en casa y los alimentaba con las migas de pan que se quedaban en el mantel, por ir adelantando la faena para cuando llegara de verdad la hora.
Desdentado



