Ene
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AMAS DE CASA
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Siempre me ha llamado la atención la pericia que adquieren con el paso del tiempo las amas de casa. Son capaces de llevar a la perfección tareas que, a priori, no revisten ninguna dificultad, pero que, cuando pruebas a realizarlas, se convierten en poco menos que imposibles.
Todos hemos hecho alguna vez la cama en nuestra vida, pero son muy pocos los que se pueden jactar de hacerla tan bien como un ama de casa. Eso por no hablar de limpiar los cristales o quitar la grasa que se queda pegada en el extractor de la cocina. Y por supuesto nadie es capaz de hacer unas natillas como las hacía mi abuela, ni las croquetas.
Pero bueno, andamos haciendo lo que podemos y, mal que mal, sobrevivimos con sopas de sobre y el polvo acumulándose en las estanterías. Pero hay una tarea que, por muchas vueltas que le doy, soy incapaz de llevar a cabo, por lo menos medianamente bien. Es una acción heroica que ha sido muy poco reconocida y que, sin embargo, es realizada millones de veces a diario.
He probado de todas las maneras posibles, de pie, sobre una mesa, ayudándome de las puertas y de una escalera e incluso inventé un sistema, que yo suponía infalible, con una cinta andadora y unos rodillos de pintor; resultó ser un fracaso.
Soy incapaz de doblar las sábanas sin la ayuda de alguien. Siempre acaban siendo un burruño en el que es imposible reconocer la parte de los pies de la cabecera y mucho menos saber qué cara es la que mira hacia abajo y cuál hacia arriba.
Este es un hecho frustrante y que daña mi autoestima, puesto que siempre he hecho gala de mi independencia, excepto en lo económico, y mi capacidad para resolver situaciones adversas, pero esto me supera.
Para colmo, mi madre además las plancha.
Desdentado



