¡El croquetalismo ha llegado!

TU ESTAMPA

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Llegó un día en mi vida en que me sentó mal una sopa de ajo. La sopa de ajo ha sido, desde bien pequeño, una de mis cinco comidas preferidas. Además ese día tenía unas ganas rotundas de meterme entre pecho y espalda aquél caldo. La noche anterior habíamos estado disertando, entre vino dulce y chupitos de orujo, el futuro de las corales que hacían versiones de bandas sonoras de películas en nuestra sociedad. Debate que se alargó hasta bien entrada la mañana, ya con bocadillos de calamares y cañas.
El caso es que aquello fue el principio del fin, aquella sopa hizo estragos en mi interior y, antes de poder tumbarme a dormir la merecida siesta, estaba agarrado a la taza del váter sin poder contener ni una sola pizca del remedio que siempre había aliviado mis resacas.
Desde aquél momento todo me sentaba mal. Empecé teniendo unos retortijones de espanto después de empeñarme en cenar albóndigas en salsa. Pero esto no fue más que la primera parte. Fui consciente de que tenía que cuidar mi dieta y olvidarme por unos días de las croquetas de cocido y de los chatos de vino, pero aún comiendo únicamente arroz blanco y pechuga de pollo, ningún alimento ingerido encontraba acomodo en mi interior y hacía todo lo posible por salir, daba igual que fuera por la puerta principal que por la de emergencia.
Subsistí durante algún tiempo a base de un preparado de harina cruda y agua que me aseguraron que calmaría mi malestar. Aunque el resultado fue dudoso, por lo menos lograba introducir alimento a mi cuerpo.
Pero pasados unos días, la cosa fue degenerando, y además de sentarme mal la comida, comenzó a sentarme mal todo lo que ocurría a mi alrededor. Si alguien hacía un comentario acerca de mi aspecto, me sentaba mal, y tenía que salir corriendo al aseo a evacuar la mala digestión del comentario. Si una tendera me pedía el pico de la cuenta para no tener que cambiarme, me sentaba mal, y de carreras otra vez.
Menos mal que encontré la solución a este desgaste permanente. Descubrí un día en que no había ningún aseo en las inmediaciones que, si me cagaba en la estampa de aquél que me causaba el malestar, remitían mis dolores y podía continuar con mi rutina.
Aquello ya se pasó pero, por si acaso, cada vez que me encuentro con algo que me sienta mal sigo rezando aquello de ME CAGO EN TU ESTAMPA

Desdentado

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