¡El croquetalismo ha llegado!

Durante los últimos años me he mudado varias veces de casa. Lo primero que hacía cada vez que llegaba a un sitio nuevo era mirar por todas las ventanas. Quería contemplar todas las vistas que se me ofrecían desde cada uno de los ángulos de aquella que sería mi vivienda.
No es que eligiera los pisos porque buscara un paisaje idílico, ni mucho menos, pero siempre me gustaba descubrir los pequeños secretos que se me ofrecían al mirar tras el cristal. No podía apartar de mi mente que, tal vez, encontrara una ventana indiscreta desde la que observar a una vecina mientras se desnudaba para ponerse el pijama o entrar en la ducha. Era tremendamente difícil que ocurriera, pero la vaga esperanza de que podría ser el afortunado, me mantenía alerta.
Y bueno, una vez ocurrió. Me mudé, a mediados de los ochenta, a un séptimo que tenía un patio de luces enorme al que daba también el edificio de en frente. Si me subía a la taza del váter, alcanzaba a ver por entre los cristales traslúcidos de un respiradero, el ventanuco del aseo de los pisos del otro lado.
Fue un trabajo arduo de vigilancia, cada día dedicaba, al menos un par de horas en momentos diferentes del día para controlar los usos que se hacían del aseo y por quién.
Encontré una muchacha joven un par de pisos más abajo del mío que pasaba largos ratos metida en el aseo, además de padres de familia, ancianas que vivían solas y niños de todas las edades.

Seguí la trayectoria de la chica, las horas a las que entraba y salía y las discusiones con su madre porque lo dejaba todo patas arriba.

Pero jamás conseguí ver asomar ni siquiera una pequeña porción de su piel.
Con todo seguí asomándome cada día, durante largo rato, al patio de luces…

Desdentado

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