Ene
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PATIO DE LUCES II
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En una de tantas tardes de vigilancia y espera, me dí cuenta de que en una de las bajantes que recorrían todo el edificio había nacido una higuera.
Aquél descubrimiento me sorprendió sobremanera. Había oído hasta entonces que los insectos son los seres con más capacidad para la supervivencia en el mundo, pero pídele a una libélula que se quede colgada de la bajante de un edificio a la altura del sexto piso y que se acomode para pasar allí toda su vida. Para mí tiene mucho más mérito lo de la higuera que lo que pueda hacer cualquier insecto en su vida.
Maravillado por aquél descubrimiento, decidí hacer un seguimiento diario de su salud y su evolución. Me asomaba a ver si se caían sus hojas, para ver si tenía nuevos brotes y esperaba con ansia la llegada del verano para ver si era capaz de engendrar un higo con la inmundicia que sus vecinos le ofrecían diariamente.
Pero su evolución era muy lenta y todavía faltaba mucho para descubrir si era capaz de regenerar los desperdicios humanos en alimento, así que estaba a punto de desistir en mi pequeño estudio observacional. Hete aquí, que realicé un nuevo hallazgo, un hallazgo que tuvo mucho más calado en mi interior.
Mientras me debatía sobre si debía dejar de observar subido en la taza del váter las maravillas de la naturaleza urbana, encontré que, aproximadamente un par de pisos por debajo de la higuera, se había resquebrajado la tubería, con lo que, parte de las aguas fecales, caían directamente sobre el patio de luces.
Aquello sí que era un espectáculo digno de ser visto. Aguas con todo tipo de tintes, papel higiénico, pelos e incluso porciones de excremento salían a la luz sin que nadie pudiera remediarlo.
Me divertía como un niño pequeño pensando en qué comidas serían las que estaba viendo volar y trataba de adivinar cuál de los perfumes que inundaban mi piso a mediodía, había sido digerido y lanzado al vacío.
Siempre había algún trozo que parecía una croqueta.
Desdentado



