Ene
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Hace algún tiempo me dí cuenta de que tengo una pierna más corta que la otra. No fue porque anduviera cojeando todo el día, ni porque tuviera dolores en las caderas, no. Me percaté de que tenía una pierna más larga que la otra porque por mucho que me subiera los pantalones, siempre andaba pisándome el camal derecho.
No es que esto sea algo nuevo, toda la vida ando rompiendo los pantalones. Supongo que lo tomaba como algo normal, puesto que, desde pequeño, cada dos por tres llegaba con un siete en el pantalón a casa y pensaba que les pasaba a todos los niños, todos andábamos con rodilleras y parches por todas partes cuando yo iba al colegio.
Lo que me pasó después es que todos los rotos se centraban en el final del camal derecho, pero no le eché más sal puesto que lo tenía asumido como lo más corriente del mundo.
Pero llegó un día, pasados los treinta y cinco, en el que me fijé en mis compañeros de trabajo y no había ninguno que llevara el pantalón del traje raído como si toda una familia de cobayas hubiera hecho una barbacoa con él.
Entonces repasé todos y cada uno de los pantalones que tenía en el armario y se cumplieron mis sospechas. Entonces caí en la cuenta.
Tener una pierna más larga que la otra no es algo que me dé excesivos quebraderos de cabeza, además mi desviación es imperceptible para el ojo humano. De lo contrario, mi madre, que estaba en todo, se habría dado cuenta.
Pero quieras que no, es algo molesto, puesto que, en cuanto paso más de tres minutos de pie, ya tengo el camal bajo el zapato y me paso el rato subiéndome los pantalones. Con lo que eso supone, así, cada vez que estoy haciendo croquetas, acabo con el pantalón pringado de masa.
Lo peor de todo es que, por mucho que me suba el pantalón, nunca consigo colocarlo en su sitio.
Aunque, tal vez, lo que pase sea que tengo un brazo más largo que el otro y por eso, por más que suba el pantalón, nunca queda cuadrado con las caderas.
Desdentado



