Feb
1
SOLITARIOS
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La vida del solitario es anodina y monótona. Por mucho que nos empeñemos en airear, de cara a la galería, nuestros montones de citas y la cantidad de fiestas a las que nos invitan, lo cierto es que pasamos los días en letargo, como en una eterna hibernación de la que sólo nosotros somos partícipes.
La mayor parte de nuestro tiempo la pasamos rodeados de tupperwares llenos de comida congelada y ceniceros llenos de colillas.
Las semanas pasan, una tras otra, como un desfile de procesionaria al que no vemos el final y que ya no recordamos cuándo empezó.
Vemos las mismas caras en el bar, hojeamos el mismo periódico y pasamos a recoger por casa de nuestra madre las mismas croquetas.
Es como si hubieran puesto un papel de calco en medio de cada uno de los días que vivimos y hubieran trazado los mismos caminos, las mismas personas e incluso los mismos gestos. Así que los vivimos repetidos una y otra vez.
Y claro, así es muy fácil perderse en la inmensidad del tiempo y despegarse de la realidad que nos rodea.
Pero, por suerte, tenemos un pequeño nexo de unión con el resto de la humanidad, un resquicio por el que ver la luz y no vivir para siempre en la oscuridad más absoluta.
El papel higiénico.
La única mano que nos tiende el mundo para no distanciarnos definitivamente de él es el papel higiénico. Somos los únicos que lo usamos en casa y no hay nadie que se ocupe de reponerlo en el aseo cuando se acaba.
Mientras vives al amparo de tus padres, siempre hay alguien que se encargue de reponer el papel en el váter, y si no, únicamente tienes que ir al armario y coger un nuevo rollo, pero cuando vives en soledad, esa tarea siempre recae en tu persona.
Por lo tanto, sabiendo que el solitario suele necesitar aproximadamente la misma cantidad de papel diariamente, es capaz de tomar conciencia del tiempo que pasa a su alrededor por cómo se encuentre de gastado el rollo o por las veces que lo tiene que cambiar.
Muchos utilizan tamibén esta técnica para saber cuándo ha llegado el momento de ducharse de nuevo.



