¡El croquetalismo ha llegado!

MALA HORA

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Acostumbraba, cuando era pequeño, a viajar todos los veranos a una casita que alquilaba mi padre en un pueblo perdido en medio de la montaña. Era un pueblo pequeño al que no llegaban las novedades hasta pasado algún tiempo.
Sólo había una televisión, en el bar, en la que nos juntábamos todos los chiquillos y la clientela habitual para ver el Tour de Francia, y había un río que llegaba hasta una presa donde pasábamos las horas en remojo.
Tengo muchos recuerdos de aquella época. Las misiones a las que nos encomendábamos, los bocadillos de caballa en aceite de la merienda y el eterno bote de mercromina sanando nuestras rodillas tras andar en bicicleta por caminos imposibles.
Aunque de lo que más me acuerdo es de los cartuchos de pipas. Todos los viernes, desde que llegábamos hasta que terminaba el verano, comprábamos un cartucho de pipas de una pequeña tienda de frutos secos que había en la plaza, y pasábamos la tarde comiendo y hablando de aquellos cartuchos.
Y no es que las pipas saciaran nuestra sed de nuevas experiencias, pero la Toñi sí. La Toñi era la dependienta de la tienda, hija del dueño, y estaba como un queso.
Las pipas las tenía en un saco debajo del mostrador, y cada vez que se agachaba para poner un cartucho, podíamos observar su escote, con un canalillo que serviría, sin duda, para amasar croquetas. Pasabámos después toda la tarde embelesados con aquella maravilla de la naturaleza y preguntándonos qué era lo que nos quedaba por ver después de aquello.
Recordando aquellos días, el verano pasado decidí alquilar un apartamento durante una semana en aquél pueblo. Quería comprobar cuánto de lo que había vivido me quedaba todavía y cuánto de lo que recordaba del pueblo seguía como entonces.
Al pasar por la plaza descubrí que la tienda de frutos secos y encurtidos seguía en pie, y abierta. Decidí, para no romper el encanto, esperar al viernes y pasar a comprar pipas.
En esos días fui al bar, que ya no tenía televisión, y a la presa, a la que sólo llegaba un hilo de agua.
Cuando llegó el viernes regresé decidido a descubrir lo que se escondía tras la puerta que, un día, fue la de la felicidad.
Aquella tienda era lo único que no había cambiado en más de cuarenta años, seguía sirviendo las pipas en cartucho y allí seguía la Toñi, que se agachaba bajo el mostrador con un generoso escote para ponerlas.
Entonces me arrepentí de no haber comprado una bolsa en una máquina de snacks que había a tan solo unos metros.
En qué mala hora.

Desdentado

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