¡El croquetalismo ha llegado!

COLILLA

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Durante mucho tiempo mi única ilusión ha sido montar un bar de copas.
La principal razón se sustentaba en el odio irracional que nublaba mis sentidos cada vez que llegaba la hora del cierre. Siendo el dueño ningún camarero tendría el valor suficiente para aconsejarme cuál era la mejor hora para abandonar el local.
Además, por supuesto, de disponer de un grifo de cerveza y dos cámaras llenas de quintos a cualquier hora del día o de la noche. El sueño de cualquiera.
Pero el paso entre sueño y pesadilla lo podemos dar en cualquier momento, y muchas veces pensaba también en la parte negativa del negocio.
Me daba miedo que el hecho de poder pasar detrás de la barra y coger lo que me apeteciera en cada momento se tornara en rutina y el hecho de bajar al bar a tomar una cerveza se convirtiera en algo excesivamente parecido a tomar una cerveza en casa y que los botellines perdieran el aura que los rodea cuando un camarero amigo los pone delante de ti junto a una copa.
Aunque era un riesgo que estaba dispuesto a correr.
Pero el otro día me llegó de sopetón la puntilla para replantearme la vida, mis aspiraciones y, sobre todo, mis ilusiones.
Andaba un sábado cualquiera tomando unas croquetas para acompañar la primera cerveza del día cuando, debido a las prisas con las que me había levantado para llegar al bar a buena hora, el interior de mi organismo reclamó un poco de atención. Caí en la cuenta de que ni siquiera había depositado en el váter mis aguas menores.
Ni corto ni perezoso acudí al aseo del bar a proceder con la evacuación.
Cuando llegué allí, la ira se apoderó de mi cuerpo. En el urinario de pared había una colilla. Algún desalmado había decidido apagar el cigarro con su propio orín.
Hay que tener mala baba para llegar a estos extremos. Pensé que apenas era mediodía, y la cantidad de gente que iba a usar ese mismo urinario hasta la hora del cierre.
Cuando el dueño del bar se dispusiera a limpiar el aseo se iba a encontrar con que, a poco que absorbiera la esponjilla del filtro, tendría que tirar a la basura medio kilo de orines.
La colilla del urinario funciona igual que el tampón, al contacto con el líquido se va hinchando para poder almacenar en sus adentros todo lo que se le viene encima, por lo tanto es, aproximadamente, como si el dueño del bar se la hubiera sostenido a todos y cada uno de sus clientes cuando fueran a mear.
Vale que el camarero se convierta en amigo y confidente, pero hasta ese extremo…
Es que se le quitan a uno las ganas.

Desdentado

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