Mar
3
Esta mañana ha cambiado mi vida.
Esta mañana me he dado cuenta de todo.
He pasado de estar en la más profunda de las osucridades a ver la luz.
Me he dado cuenta de la densidad que tiene la atmósfera.
He buscado en todas las librerías y grandes almacenes en cincuenta kilómetros a la redonda un ejemplar del “Fausto” de Goethe. Suponía que iba a resultar una tarea sencilla, los clásicos están por todas partes.
Ni mucho menos. Ha sido imposible encontar el libro, y además, en todas las casas de libros consultadas por las amables libreras el clásico estaba agotado.
Cansado de dar vueltas y más vueltas encima de mi patinete, he decidido recurrir al préstamo. En la biblioteca he encontrado un tomo viejo, con las tapas despegadas y con el aroma de haber sido trasteado por centenares de manos distintas.
He tenido una sensación extraña, primero he pensado que aquello era algo parecido a cambiarme los calzoncillos con un extraño en medio de la calle, algo un tanto sucio. Pero después de hojear un poco el texto, he comenzado a notar cómo todas los dedos que habían pasado aquellas páginas me guiaban hacia las partes más interesantes, cómo me transportaban hacia lo que habían sentido leyendo el libro. Y he tenido la certeza total de que debía llevarme el libro a casa, leerlo todo lo rápido que pudiera y volver a colocarlo en el estante para que, un día, otro lector perdido, pudiera sentir lo mismo que estaba sintiendo yo.
Pero al llegar a la sección de préstamo, me he dado cuenta de que mi carné de la biblioteca había desaparecido. Había decidido volar con los libros a un lugar donde no los tuviera que devolver a los quince días, perderse entre millones de párrafos y nunca más volver de aquella tierra de pensamientos lejanos.
Ha sido en ese momento cuando he vivido la realidad. La cruda realidad se ha presentado frente a mis ojos para mostrarme la vida tal como es.
El aire se ha vuelto espeso como la bechamel y he caído en la cuenta de que el mundo es realmente una croqueta.
Desdentado



