Mar
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FOTOGRAFÍA INEXISTENTE nº1
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En la esquina de abajo de mi casa hay un niño con rasgos orientales, estoy casi seguro de que es chino.
Es temprano tiene los pómulos colorados por el frío y sus ojos son poco más que un par de líneas en una cara redonda como si fuera una de las croquetas que hacía mi abuela.
Tendrá unos siete años y unas proporciones que no tienen nada que ver con el prototipo desmejorado que imaginamos del chino de restaurante que pasa trabajando de sol a sol.
Él tiene las hechuras de un chino que ha conocido antes el jamón que el arroz tres delicias, y está claro que sus hábitos están totalmente europeizados
Lleva puesto un abrigo de color ocre que abulta casi más que él y hace que parezca un otoñal muñeco de nieve. Lleva la capucha, rematada por un borde de pelo sintético calzada tapándole la frente y una bufanda roja que oculta su cuello.
Le hace compañía un perro pequeño, algo parecido a un pequinés que comparte con el niño, además del semblante serio, una actitud sosegada, resignada ante el hecho de estar pasando frío en una esquina.
Forman un buen equipo, tienen la proporción exacta niño-perro para que el conjunto sea armonioso. Además sus rasgos les hacen parecer parientes, como si fueran primos de la misma edad que comparten todos sus juegos y secretos.
Hay abundante niebla en la calle con lo que es difícil reconocer lo que pasa tras ellos y la luz que desprenden los fluorescentes de un escaparate próximo les dan un aura que podría ser la de toda la ancestral cultura que dejaron sus padres para intentar ofrecer a su familia un futuro más acogedor.
Desdentado



