Abr
14
Recuerdo perfectamente el día en que dejé mi casa para mudarme al piso donde vivo.
Era una casa antigua y yo viví en ella más de veinte años. Montones de recuerdos me inundaban la conciencia cuando decidí mudarme y, por eso, quería llevarme hasta el último detalle de aquellas paredes, para no olvidar nada de lo que allí había sucedido.
Así que me dispuse a embalar todos y cada uno de mis recuerdos en cajas de cartón. Empecé por los cuadros y continué con unas figuras de porcelana muy feas que me regaló mi tía cuando fui a vivir allí.
Envolví la sartén donde siempre había freido las croquetas y empaqueté todos los libros, después empecé a desmontar estanterías y trasladé también la cama y los armarios.
Arranqué el papel de las paredes porque era la imagen que recordaba de largas tardes tumbado en el sofá pensando en cómo ganarme la vida.
Recogí todas y cada una de las pelusas que se habían ido acumulando a lo largo de los años en los rincones. Sentí la necesidad de distribuirlas de manera uniforme en mi nuevo hogar.
También descolgué las puertas y los radiadores de la calefacción porque supuse que me serían útiles.
Cuando las paredes estaban vacías decidí llevarme también el enlucido. Sabía que no lo podría volver a colocar en mis paredes, pero no quería que ninguno de los secretos que tuve allí se quedaran impregnados en el yeso. Todo el mundo sabe que es un material poroso y que almacena toda materia que se acerque demasiado.
Cuando terminé de empaquetar todas las pertenencias que pretendía trasladar, me di cuenta de que en aquella casa solamente quedaban aire y piedras. Un montón de piedras de las que se pueden encontrar en cualquier parte, colocadas unas sobre otras para formar paredes.
Entonces, cuando pensé a que precio debía poner en venta la casa, la conciencia me dictó que debía regalarla.
Desdentado




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