¡El croquetalismo ha llegado!

Andaba, como debería hacer todo hijo de vecino al menos una vez en su vida, caminando por el paseo marítimo de Benidorm. Estaba observando el look de todas las personas con las que me cruzaba. Admirado con algunos cardados,  con las combinaciones de ropa, con la naturalidad de algunas personas a la hora de llevar un sombrero ridículo. Maravillado al fin por tal amalgama en tan pocos metros cuadrados.
Estaba disfrutando como un niño pequeño que va al cine por primera vez. Andaba anonadado entre bisutería escandalosa y morenos inimaginables cuando tuve una visión suprema, la postal perfecta, el espíritu de Benidorm ante mis propios ojos.
Detrás de un grupo de jóvenes británicas con tutú, que sin duda estaban celebrando una despedida de soltera, apareció ante mis ojos una señora mayor, de entre setenta y ochenta años montada en uno de esos híbridos entre silla de ruedas eléctrica y vespino con su cesta delante. Esos aparatos que usan, por comodidad o pereza, los jubilados obesos que decidieron reposar en Benidorm y que aparcan en la puerta del bar en el que se ponen tibios de cerveza.
Andaba la señora, como digo, en uno de estos cachivaches, opción, por otro lado, que no sería digna de reseña, de no ser por un pequeño detalle, un aplique colocado en la parte trasera del mismo. Era una pequeña plataforma de madera con un par de ruedas incrustadas y que hacía las veces de patinete. En él iba montado el honorable marido de la señora, que daba la impresión de ser uno de esos jovenzuelos, que todos hemos visto en las películas, y que sin ningún tipo de precaución se agarran a la parte trasera de un camión mientras van montados en su monopatín. Claro que todo esto, perfectamente acoplado a la edad y los reflejos del sujeto.
Para completar el cuadro, justo cuando pasaban a mi lado, encontré un tercer ocupante en el vehículo. A los pies de la señora había un perro pequeño, del tamaño de una croqueta aproximadamente, y que no quería perderse el paseo diario de la familia.

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