May
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Uno de los trabajos que más gratos momentos me dio en su tiempo fue cuando me contrataron en una empresa de susanas. No de mujeres que se llamaban Susana, sino de camisones y picardías.
La empresa la montó un patronista de susanas, él se dedicaba a tomar medidas a las modelos, a estudiar la forma de los escotes, a medir el tamaño más adecuado para las copas, a probar sus prendas en distintas modelos para saber cuán largo debía ser el corte. En fin, se dedicaba a rodearse de chicas atractivas y a mandarles que se quitaran la ropa, que se subieran un poco los faldones o que se bajaran el escote. Y además cobraba con todo esto.
Debía ser bastante bueno, puesto que al poco, necesitaron un distribuidor que diera a conocer el producto por toda la ciudad. Y ese fue mi empleo.
Se trataba de visitar las comunidades de vecinos, tocar a todos los timbres y tratar de convencer a las señoras para que se probaran las prendas y, una vez puestas, decirles un par de piropos en tono profesional para que acabaran quedándoselas. Pensándolo bien, fue el antecesor del tuppersex, salvando las distancias.
Tomando como referencia lo que había visto del trabajo de aquel hombre, no dudé ni un segundo, me vi rodeado de vecinas a medio vestir abriéndome las puertas de su casa de par en par y casi me da un paro cardiaco.
Lo que no pensé en un primer momento fue en la media de edad de las mujeres a las que tendría que visitar.
Tras la primera puerta en la que llamé, apareció una mujer de más de sesenta años. Se me vino el mundo encima, lo que pensaba que sería un harén a mi alrededor, se volvió de golpe en una reunión de jubiladas para hacer calceta.
Pasado el primer pasmo, pensé que me debía a mi trabajo y le ofrecí el producto a la señora. Contrariamente a lo que había imaginado, la mujer aceptó gustosa la oferta y en un abrir y cerrar de ojos tenía puesta la susana.
Y contrariamente también a lo que había pensado, no me costó piropearla, es más, casi podría decir que me gustó.
No sólo se quedó con el camisón, sino que me dio la dirección de todas sus amigas, las del encaje de bolillos, las del grupo de teatro de la tercera edad y la de todas con las que se juntaba a merendar los miércoles.
Tras visitarlas a todas, mi jefe tuvo que emplear a dos chavales para que le ayudaran en la producción porque no daba abasto, y yo, que le fui cogiendo el gusto a esto de alabar la belleza femenina, en muchas de las casas el asunto pasaba a mayores. Después de hacer el pedido, las señoras me invitaban a merendar y me contaban historias sobre los que fueron sus maridos y sobre cómo eran las cosas cuando ellas tenían mi edad.
No toqué ni un solo culo ni vi ninguna teta, pero probé las mejores croquetas que he comido jamás.
Desdentado



