May
11
INTERRUPTOR
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Durante toda mi vida ha existido, en la entrada de mi edificio, junto a la puerta de la calle un interruptor que no encendía ni apagaba nada.
Ahora soy consciente de ello, pero a lo largo de muchos años me estuve preguntando qué diablos estaríamos encendiendo cuando pulsábamos aquello. No me cabía en la cabeza que existiera en el mundo un interruptor sin una bombilla que encender.
Y no saber si lo que había al otro lado del interruptor estaba en marcha o estaba apagado me acarreaba muchos quebraderos de cabeza. Pensaba que, tal vez, cuando presionaba el botoncito estaba dejando a oscuras una cocina donde se estaban amasando croquetas, y la dueña con las manos llenas de masa no atinaría a abrir el grifo para limpiarse y acudir hasta donde estuviera su interruptor y volver a encender. Otras veces pensaba en un cuarto de baño con una persona dándose una ducha, con la cabeza enjabonada y que por arte de birlibirloque, se apagara la luz, dejando a aquella pobre persona completamente vendida.
Me sentía culpable por todas aquellas posibles travesuras que andaba haciendo prácticamente a diario, y creía que tarde o temprano acabarían por descubrirme. Alguna vez, el marido de la croquetera, cansado de que su mujer lo mareara con cuentos chinos acerca de luces que se van siempre que tiene las manos manchadas, desmontaría algún enchufe e iría tirando del cable de la luz hasta que se topara con la puerta de mi casa y vendría a pedirme explicaciones sobre el por qué tenía que andar fastidiando a los vecinos cuando tienen las manos sucias. Suponía que quitarían de allí el interruptor y se lo darían a sus dueños para que lo pusieran en casa de alguien que los tratara con más cariño y que no andara fastidiando y que a mi no me dejarían jamás volver a encender ni apagar ninguna luz y tendría que pasar mi vida en tinieblas.
Aún así, no podía dejar de apretarlo cada vez que entraba o que salía del edificio.
Desdentado



