Jul
5
Una de las cosas que más he odiado desde siempre, bueno, desde que las conozco, son las chanclas que llaman “de dedo”, esas que rompen la fraternal compañía entre los dedos de los pies con una tira de plástico o de cuero que sesga el intersticio.
Las he odiado porque eran la representación del culto al dolor para estar a la moda, eran el símbolo del sufrimiento en pos del lucimiento. Por eso y porque desde bien pequeño se me han hecho heridas entre los dedos de los pies, pequeñas grietas que no tienen ningún sentido y que resultan bastante dolorosas, y este engendro del calzado se encarga de reproducirlas y ampliarlas.
Pero hace poco cambió mi visión sobre las chanclas, dejé a un lado mi ira porque comprendí la gran compensación que estaban llevando a cabo.
No es mera casualidad que sea el dedo gordo el que quede discriminado al calzárselas, es una estrategia para paliar todo el daño que ha estado haciendo el susodicho a lo largo de la vida.
Todo el mundo sabe que el dedo pequeño se encontró un huevo, el siguiente lo cascó, su hermano lo frió, el dedo índice le echó sal y tuvo que llegar el glotón para zampárselo entero.
Y ya está bien de que sea siempre el mismo el que se aprovecha del trabajo de los demás, con esta medida le resulta imposible adelantarse al resto de los dedos para comerse la última croqueta y no llega al resto de los platos para quitarles cucharadas de arroz caldoso cuando están despistados.
Tal vez se lo merecía.
Desdentado




Yo también oido esas chanclas, y están por todos lados.