¡El croquetalismo ha llegado!

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Estuve pensando, después de terminar el texto el otro día, sobre las personas con particularidades de nuevo.
Me acordé de otra persona, alguien que no sé a ciencia cierta si ya he nombrado alguna vez por estos lares.
Se trata de una persona con la que coincidía en el tren durante una temporada que estuve trabajando en Valencia.
Todos los domingos, tras el asueto del fin de semana, embarcaba cuando caía la noche en el mismo vagón del mismo tren hacia la estación del Norte. La segunda o tercera semana que realizaba el trayecto me la encontré con la mirada perdida tratando de adivinar que se escondía tras los cristales. Tal vez se imaginaba feliz habitando en alguna de las casas que salpicaban de luz la negrura de los campos por los que pasábamos cada noche.
Tras aquél día, cada vez que subía al tren la buscaba, y siempre la encontraba en la misma posición, perdida en sus pensamientos, girada hacia la ventana.
Era la mujer con la expresión más triste del mundo. Su rostro era el vivo reflejo de la desesperación. Pero lo más curioso de todo es que no desprendía aflicción ni pesadumbre. Transmitía sosiego y serenidad, era como si hubiera aceptado que ella la pena en sí misma y lo hubiera tomado como quien tiene los ojos verdes o se queda calvo.
Era este punto el que más me llamaba la atención, el de saberse portadora de la tristeza y resignarse a cumplir con una labor en este mundo que era la de penar y llevar la pena a todos los lugares a donde acudiera.
Pensaba que yo no sería capaz de llevar una vida más o menos normal si me supiera agorero y portador de desdicha allá por donde fuera pasando, pero ella estaba tranquila, impasible hacia la tarea que le habían encomendado. Y a mis ojos, eso la hacía todavía más impresionante.
El domingo, tras haber estado recordando todo esto, bajé a la estación por si aquella mujer seguía viajando hacia Valencia.
Me situé justo donde lo hacía entonces, aproximadamente donde quedaría la puerta del vagón al que solía subir. Si había alguna posibilidad de verla era en ese mismo lugar.
Mis cálculos no fallaron y el cuarto vagón del tren regional con destino a la estación del Norte quedó justo delante de mis narices. Sin perder un segundo, porque no había mucho tiempo, comencé a escrutar los asientos pegados a la ventanilla de todo el vagón y efectivamente la encontré.
Tarde un poco en reconocerla, había engordado un poco y tenía el pelo mucho más corto que entonces. A su lado viajaba un hombre y hablaban muy animados. Ella se reía constantemente con lo que le contaba su interlocutor.
Y así, de golpe y porrazo, dejó de ser la mujer más triste del mundo, dejo de cargar sobre sus hombros con un trabajo estoico para ser una chica más que viaja en tren.
Igual que una croqueta que se abre cuando la echas a la sartén y sale de ella toda la bechamel para quedarse únicamente en una cáscara de pan rallado, esta mujer se había cortado el pelo y había perdido todo lo que contenía dentro.

Desdentado

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