Jul
13
Siempre me fascinó el mundo de los insectos, millones de bichos diminutos que conviven con nosotros, molestando en ocasiones y la mayoría del tiempo pasando desapercibidos.
Una vez me contaron que, si se pusieran, solamente una cuarta parte de los insectos que pueblan España, a zumbar a la vez, sonaría más fuerte que cualquiera de las orquestas que van a las fiestas de los pueblos. Es un dato que me puso los pelos de punta.
Pero de entre todos los insectos, al menos de entre todos los que conozco, las que más me impresionan son las hormigas.
Está claro, no he hecho ningún descubrimiento, a la hormiga siempre se la pone como ejemplo de laboriosidad y de esfuerzo -son capaces de cargar sobre sus hombros una cantidad superior a cien veces su peso- decían cuando yo era niño para asombrarnos.
Hace poco estuve haciendo croquetas para una fiesta de cumpleaños. Terminé, como siempre, con el tiempo pegado al cuello, así que decidí que recogería al día siguiente. No esperaba ninguna visita hasta pasada la media tarde, y si venía alguien, tampoco se iba a asustar de ver la cocina patas arriba.
El caso es que la fiesta se alargó más de lo previsto y terminé pasando un par de noches fuera de casa.
Cuando regresé al hogar, soñando despierto con abrazar la cama, y fui a la nevera a por una botella de agua fresca, mi cocina se había convertido en la base de operaciones de cientos de hormigas que campaban a sus anchas por todos los rincones.
Se habían distribuido en diversas hileras para abarcar toda la bancada y poder escrutar el suelo al completo. Estaban rastreando los bordes del fregadero e intentaban entre mil o mil quinientas abrir el cajón donde guardo el pan.
Igual que a mí me molesta que me interrumpan cuando estoy contando algo en el bar, supuse que no les iba a hacer mucha gracia que tratara de disuadirles para que se fueran en plena faena, al ritmo que llevaban no tardarían en terminar. Así pues, cogí el agua y me fui a dormir.
Pero de súbito me entró la mala conciencia, yo sabía algunas cosas que a las hormigas se les habían pasado por alto y sentí la necesidad de salir para tratar de explicárselas.
Me sentía halagado porque hubieran elegido mi casa para recolectar alimentos antes de que llegara el invierno, pero teniendo en cuenta que los niños meriendan en los parques, que hay supermercados prácticamente en cada esquina y que en los restaurantes siempre cae algo al suelo. Es un trabajo inútil subir los cuatro pisos, sin usar el ascensor, para recoger algunas migas de pan, teniéndolas en la calle, a pie llano.
Desdentado



