Sep
20
SINTIÉNDOME OBSERVADO
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Esta mañana he llegado aterrorizado y sudando como un pollo a casa.
Mientras iba a por el pan y a comprar algunas cosas al supermercado me ha parecido ver ciertos personajes extraños, hecho al que no he dado la menor importancia porque creo que tengo un radar que se centra en detalles insignificantes dejando pasar lo auténticamente importante. He pensado que se había puesto en marcha haciéndome creer que veía personajes de cómic por sus gafas estrafalarias y sus cardados imposibles.
El caso es que después de colocar toda la compra en sus respectivos armarios he decidido salir a pasear disfrutando de uno de los pocos días que nos quedan de buen tiempo en la zona, tratando, de paso, de calmar mi conciencia tras el exceso de bebidas espirituosas catadas en los últimos tiempos.
Vengo suponiendo desde hace algún tiempo que por cada hora que paso al aire libre, de paseo por el campo, en el parque o la playa, compenso una de las horas que he pasado encerrado en el bar, y como es tiempo de propósitos y de conductas saludables, he pensado que reduciendo a dos horas el tiempo de barra y pasando la tercera de paseo, realmente estoy reduciendo a la mitad la contaminación de mi cuerpo.
El caso es que he decidido subir al monte en este, mi segundo día de terapia. Andaba cuesta arriba por una de las calles más empinadas del pueblo tratando de llegar a las faldas de la montaña cuando he vuelto a ver a uno de esos personajes de cómic que me había cruzado antes. Era una señora mayor que andaba renqueando, con un peinado rubio que de tanta laca parecía una peluca, tenía la nariz excesivamente grande y afilada y lucía unas gafas de vista con cristales ahumados. No la había visto en la vida y era la segunda vez que me la cruzaba en una mañana. Extraño.
El caso es que al bajar de mi paseo la he vuelto a ver dando la vuelta a una esquina con una agilidad sorprendente y, mirando de reojo, me he percatado de que me seguía hasta casa. Por supuesto que eso era un tipo disfrazado y por supuesto que me estaba controlando.
Después de un rato encerrado en casa con la llave echada y mirando por la ventana a ver si veía a aquel espécimen, he encontrado la respuesta.
Aquella caricatura de ser humano tiene que ser el dueño del bar de costumbre, seguro. Se ha disfrazado para pasar desapercibido y controlarme para ver si le estaba poniendo los cuernos comiendo croquetas de otra freidora.
O eso espero.
Desdentado



