Sep
22
PARANOIA VITAL
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Tengo el cerebro constreñido, encorsetado. Han crecido en los límites de mi cabeza paredes hechas con botellas de plástico que acumulan en su interior montañas de posos de café y peladuras de melocotón, de hojas de platanero podridas y toallitas de papel de esas que ponen en el aseo de los bares para secarse las manos.
En este caldo de cultivo lo único que florece son artículos a medio hacer, proyectos sin culminar y esperanzas que no van a llegar a cumplirse nunca. Hay una bicicleta que no rueda cuando pedaleas y macetas que se comen los tubos de goteo para morir cuanto antes. Hay quinientas pastillas de jabón sin etiqueta que hacen espuma dentro del plástico que las protege y una página web que se ensucia cuando escribes en ella. Hay millones de contenidos teóricos imposibles de alcanzar y un lector compulsivo al que se le caducó el carné de la biblioteca. Hay un clavo ardiendo que se está convirtiendo en el último invento dispuesto para atravesarme los pensamientos y una pistola de silicona con la que unir las palabras para tratar de decir algo.
Menos mal que todo es mullido ahí dentro, siempre encuentro un rincón donde echarme la siesta y soñar con matas de freseras que dan frutos carnosos a diario, con pistas de esquí y con fondos marinos donde las tortugas me llevan de paseo.
Cuando despierto de lo único que me quedan ganas es de bajar al bar, oler el aceite hirviendo y acompañar las croquetas con una cerveza. Además allí se habla de fútbol y política, cuestiones siempre entretenidas.
Desdentado



