¡El croquetalismo ha llegado!

Desde siempre he sentido la necesidad de convertirme en un sibarita.
Ya conté en una ocasión mis esfuerzos por incluir un pequeño spa en casa, caprichos de sibarita comedido. No lo he conseguido todavía, pero sigo en mi empeño.
Lo que he descubierto tratando de alcanzar un alto grado de exclusividad es, además de lo caro que resulta, la cantidad de información necesaria.
No existe en ningún lugar del mundo, por recóndito que sea, un sibarita que no conozca los detalles de todos los coches de alta gama que pululan en el mercado, que no haya estado en países exóticos ni se haya hospedado en los hoteles más lujosos, por no hablar de los conocimientos, indispensables, sobre metros de eslora y nudos de velocidad máxima de los yates que tienen interiores fabricados en maderas nobles.
La verdad es que me vuelvo perezoso cuando empiezo a pensar en la cantidad de datos que tendría que valorar antes de decidirme por cualquier artículo de lujo; si me da pereza buscar unos pantalones que casen con mi camiseta de “los enemigos”, imagínate tener que combinar el color del deportivo con el tipo de cuero del tapizado.
Para compensar la imposibilidad de ser sibarita en el más amplio sentido de la expresión, me dedico a ser sibarita de lo cotidiano, de las cosas pequeñas.
Uso papel higiénico de doble capa, compro solomillos de pechuga de pollo y únicamente tengo en la nevera gazpacho andaluz de la variedad gourmet. En la sección de pizzas del supermercado, siempre elijo las artesanas y, por supuesto, siempre como croquetas de cocido, las primigenias, las auténticas, las exquisitas.
Y lo peor de todo es que creo que es la opción óptima, la que da realmente calidad de vida porque, además de usar los productos exclusivos a diario, no tienes que preocuparte de si se te cae la copa de champagne sobre el parqué en un golpe de mar.

Desdentado

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