¡El croquetalismo ha llegado!

LA CENA II

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Tal vez mi impresión fue desmesurada, pero en el momento en que sacó la tarta comprada por ahí, se abrió delante de mí la ventana por la que su vida se estaba escapando como se escapa el calor de la calefacción de gasoil. Era la muestra palpable de las imperfecciones de su vida.
Después de llevarnos a su casa en el campo para que pudiéramos observar lo espectacularmente bien decorada que estaba, para que contemplásemos los exuberantes paisajes por los cristales más transparentes que jamás ha visto nadie y para lucirse con su mano en la cocina, con sus platos deliciosos; después de todo eso nos sacó una tarta que había comprado en la pastelería de debajo de su casa.
Quedó bien claro, al menos para mí, que pese haber dejado correr su carrera profesional por el caudal de las cloacas, era incapaz de hacer un postre en condiciones.
Resultó que no había manera de hacer un tocino de cielo ni una torta secreta, le resultaba imposible hacer un tiramisú o un flan de café y, claro, hacer una tarta de esas de galletas remojadas en leche no procedía en un día como éste.
Hasta aquel momento la jornada había discurrido justo como ella la había planeado, nos estaba dando envidia a todos los comensales y conseguía aparentar tener una vida completamente encarrilada y magnífica, pero este pequeño detalle, que podría haber solucionado con solo rebajarse ante su suegra pidiéndole que le preparara un postre que pudiera hacer por suyo, lo tiró todo por el retrete.
Fue justo en el momento que pensaba en todo esto cuando se me ocurrió el negocio que me haría triunfar en la vida. Era tan simple como preparar tortas de chocolate y arroz con leche, era tan sencillo como echar un cable a aquellos que no pueden preparar un dulce para llevar a casa de quien les invita a tomar café.
Vi claro por un momento que toda esa gente que sale tarde de trabajar, tiene sesión de aquagym, no puede ir a casa sin tomar una caña con sus amigas del  pádel y cada día de la semana tiene una llamada fija de, al menos, media hora antes de cenar, no tiene tiempo para andar preparando dulces caseros para ir al café del sábado en casa de alguna de las amigas del instituto que solo se juntan ese rato a la semana.
Y para esos casos, y para los de aquellos que no se aclaran con la fuerza y la potencia de su horno estaría yo, recogería los moldes para postres en casa del cliente y le enseñaría una carta completísima de postres y dulces caseros que serían capaces de hacer salivar al más pintado, dejando la sensación de tener una vida perfecta y una mano tremenda para la repostería, por un módico precio.
Pero abandoné la idea con la misma rapidez con la que llegó a mi mente. Lo más parecido que he visto en mi vida a la masa de una torta secreta es la que se cuece en la pastera de los albañiles.
Decidí que, aunque no era perfecta, era casi mejor dejar la vida como hasta ahora, con sus croquetas y con sus cervezas, que tampoco están tan mal.

Desdentado

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