Nov
28
Una vez escribí un cuento que, sin yo saberlo, ya estaba escrito.
Sin proponérmelo, ni mucho menos, calqué todas las palabras, las comas, los puntos y, seguramente, las caras que ponía el escritor que lo escribió antes que yo cuando estaba sentado delante de la pantalla del ordenador.
Hablaba sobre uñas que crecían desmesuradamente y entre las que se quedaban enredadas todo tipo de cosas, no era la cera de los oídos ni la roña acumulada en la piel del protagonista, en esas uñas se quedaban atrapados los sueños de los niños que jugaban en el parque y la humedad de las bragas de las universitarias que acudían a los conciertos de los grupos de moda.
Era un caso de lo más extraño pues se acumulaba, en ocasiones, en la cavidad entre esas uñas y sus dedos la fragancia de la fruta en sus paseos por el campo y quedaban atrapados allí algunos momentos que iba viviendo el tipo, además de las voces con más personalidad que escuchaba en la radio.
El cuento acababa mal, evidentemente. Pero eso es lo de menos puesto que el hombre se llevaba a la tumba todo lo que le había ido quedando entre las uñas.
Pasé algún tiempo pensando en lo que había querido decir con lo que había escrito ahí, tratando de saber si hablaba sobre un hombre sucio en esencia o si trataba de ser una metáfora acerca del día a día y sobre todos los detalles que, pasando a nuestro lado, los dejamos marchar sin prestarles la más mínima atención.
Todavía no tenía decidido si era moralmente aceptable mostrar el cuento por ahí sin saber lo que quería decir cuando encontré mi cuento rebuscando entre los volúmenes de relatos de la biblioteca.
Aquel día ni siquiera saludé al entrar al bar de costumbre, pasé la media hora del aperitivo dándole vueltas a todo lo que me había pasado y buscando una respuesta en las croquetas de cocido.
Como no fui capaz de hallar la solución en el firme rebozado ni en la bechamel mullida, decidí poner el nombre del escritor de mi cuento en Internet. Cuando me hice con su dirección de correo electrónico le mandé un mensaje.
Le pregunté cuál era realmente el significado del cuento.
Desdentado



