¡El croquetalismo ha llegado!

PRISAS

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Últimamente lo hago todo con prisas, tanto que hoy he salido del bar antes de que me sirvieran las croquetas.

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SEÑOR MAYOR

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Esta semana me he convertido oficialmente en un señor mayor.
Nunca tuve muy claro cómo se llegaba a este punto, nunca hasta que ocurrió.
Salí un momento del bar para dar tres caladas a un cigarro mientras me freían las croquetas y pasó un niño con un rotulador por la puerta. Avanzó explorando la calle hasta que encontró un banco en un reancho cercano. Destapó su arma con sorprendente tranquilidad y se dispuso a ensuciar el mobiliario urbano.
Un ataque de corrección me recorrió el cuerpo y no pude permanecer impasible ante el acto vandálico, así que, como si lo llevara haciendo toda la vida, le llamé la atención y le inquirí que no ensuciara y que le pintara el sofá a su madre.
Sí, lo cierto es que tampoco fui excesivamente original, pero era mi primera vez.
Contrariamente a lo que pensaba que sucedería, me siento bien siendo un señor mayor, he asumido este cambio en mi vida como un hecho inevitable y como la evolución que realmente representa.
Me siento tan a gusto con el estatus que he empezado a amoldarme a lo que conlleva ser un señor mayor. He solicitado la tarjeta de socio del supermercado y he comenzado a recoger los puntos para rellenar una cartilla y conseguir un juego de sábanas por un precio realmente recomendable. También me he comprado unos tirantes y una remesa de camisetas interiores de tirantes. Y, por supuesto, he comenzado los trámites para independizarme.
Tal vez debería haber empezado por buscar un piso, pero he decidido que, para cuando me mude, tiene que haber una asistenta contratada, si soy un señor mayor voy a serlo hasta las últimas consecuencias.
Voy a dejar de vivir con mi madre y voy a tener una asistenta que prepare croquetas y a la que le pueda meter mano mientras quita el polvo.

Desdentado

A los pies de una plaza de toros de tercera hay montado un escenario pequeño con una tela negra al fondo, encima de él una cuadrilla de músicos venerados en su pueblo que revisan un himno de la movida madrileña.
La canción elegida aparece como profética, justo en el momento en que repiten aquello de “no sé, no sé” hay una pareja de orientales bastante jóvenes que terminan su jornada laboral en un restaurante cercano y que deciden parar a observar lo que sucede allí.
Se dibuja una sonrisa en sus labios mientras, abrazados, observan el espectáculo; ven miradas cómplices y bailes desenfrenados de gentes entradas en años.
No entienden lo que andan cantando ni, probablemente, habrán escuchado esa canción jamás antes, lo que probablemente sí entienden es lo que siente toda esa gente, lo que recuerda, lo que disfruta.
Antes de que termine la canción se dan la vuelta y marchan, todavía sonriendo.

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PARANOIA VITAL

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Tengo el cerebro constreñido, encorsetado. Han crecido en los límites de mi cabeza paredes hechas con botellas de plástico que acumulan en su interior montañas de posos de café y peladuras de melocotón, de hojas de platanero podridas y toallitas de papel de esas que ponen en el aseo de los bares para secarse las manos.
En este caldo de cultivo lo único que florece son artículos a medio hacer, proyectos sin culminar y esperanzas que no van a llegar a cumplirse nunca. Hay una bicicleta que no rueda cuando pedaleas y macetas que se comen los tubos de goteo para morir cuanto antes. Hay quinientas pastillas de jabón sin etiqueta que hacen espuma dentro del plástico que las protege y una página web que se ensucia cuando escribes en ella. Hay millones de contenidos teóricos imposibles de alcanzar y un lector compulsivo al que se le caducó el carné de la biblioteca. Hay un clavo ardiendo que se está convirtiendo en el último invento dispuesto para atravesarme los pensamientos y una pistola de silicona con la que unir las palabras para tratar de decir algo.
Menos mal que todo es mullido ahí dentro, siempre encuentro un rincón donde echarme la siesta y soñar con matas de freseras que dan frutos carnosos a diario, con pistas de esquí y con fondos marinos donde las tortugas me llevan de paseo.
Cuando despierto de lo único que me quedan ganas es de bajar al bar, oler el aceite hirviendo y acompañar las croquetas con una cerveza. Además allí se habla de fútbol y política, cuestiones siempre entretenidas.

Desdentado

Esta mañana he llegado aterrorizado y sudando como un pollo a casa.
Mientras iba a por el pan y a comprar algunas cosas al supermercado me ha parecido ver ciertos personajes extraños, hecho al que no he dado la menor importancia porque creo que tengo un radar que se centra en detalles insignificantes dejando pasar lo auténticamente importante. He pensado que se había puesto en marcha haciéndome creer que veía personajes de cómic por sus gafas estrafalarias y sus cardados imposibles.
El caso es que después de colocar toda la compra en sus respectivos armarios he decidido salir a pasear disfrutando de uno de los pocos días que nos quedan de buen tiempo en la zona, tratando, de paso, de calmar mi conciencia tras el exceso de bebidas espirituosas catadas en los últimos tiempos.
Vengo suponiendo desde hace algún tiempo que por cada hora que paso al aire libre, de paseo por el campo, en el parque o la playa, compenso una de las horas que he pasado encerrado en el bar, y como es tiempo de propósitos y de conductas saludables, he pensado que reduciendo a dos horas el tiempo de barra y pasando la tercera de paseo, realmente estoy reduciendo a la mitad la contaminación de mi cuerpo.
El caso es que he decidido subir al monte en este, mi segundo día de terapia. Andaba cuesta arriba por una de las calles más empinadas del pueblo tratando de llegar a las faldas de la montaña cuando he vuelto a ver a uno de esos personajes de cómic que me había cruzado antes. Era una señora mayor que andaba renqueando, con un peinado rubio que de tanta laca parecía una peluca, tenía la nariz excesivamente grande y afilada y lucía unas gafas de vista con cristales ahumados. No la había visto en la vida y era la segunda vez que me la cruzaba en una mañana. Extraño.
El caso es que al bajar de mi paseo la he vuelto a ver dando la vuelta a una esquina con una agilidad sorprendente y, mirando de reojo, me he percatado de que me seguía hasta casa. Por supuesto que eso era un tipo disfrazado y por supuesto que me estaba controlando.
Después de un rato encerrado en casa con la llave echada y mirando por la ventana a ver si veía a aquel espécimen, he encontrado la respuesta.
Aquella caricatura de ser humano tiene que ser el dueño del bar de costumbre, seguro. Se ha disfrazado para pasar desapercibido y controlarme para ver si le estaba poniendo los cuernos comiendo croquetas de otra freidora.
O eso espero.

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BARBECHO

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Las imposiciones de nuestra querida vida diaria, las de ahora y las de toda la vida, nos han llevado a desapercibirnos de cómo se llevan a cabo ciertos procesos.
Recuerdo, como si fuera hoy, la primera vez que escuché la palabra barbecho. Recuerdo que imaginé que un barbecho tenía que ser un señor con una barba enorme empapada con el caldo de una lata de berberechos, pero no sabía donde podía estar ese hombre ni cual sería el motivo para mantenerla mojada con ese mejunje. Para terminar de descolocarme la palabra aparecía en un paseo que daba con mi padre y mi abuelo entre campos de olivos y viñedos.
Tardé un tiempo en descubrir lo que significaba y, en principio, me llevé una desilusión. Me parecía mucho más gracioso que hubiera señores que, para curarse de la apatía, se volcaran las latas de berberechos a la boca dejando correr el aguaza blanca por sus barbas pobladas mientras sus nietos se revolcaban de risa vestidos de domingo.
Hoy, aunque me sigue pareciendo que aquello es algo que deberían hacer de vez en cuando los abuelos (y que se podría llamar barberecho), la opción real del barbecho me parece realmente interesante, y no solo para regenerar las tierras.
Estoy completamente convencido de la necesidad del ser humano de permanecer, a temporadas, en barbecho. Cada cierto tiempo deberíamos desnudarnos en un ribazo y dejar que la naturaleza nos devolviera, poco a poco, todo lo que vamos perdiendo con las prisas. Nos deberíamos dejar comer las uñas y los malos sentimientos por rebaños de ovejas que nos cagaran encima y nos devolvieran, filtrándose por los poros, los nutrientes que dejamos de comer porque no tenemos tiempo. Y, por supuesto, deberíamos permanecer allí por algún tiempo hasta que, un día, el rocío mañanero nos despertara las ganas de ponernos otra vez a la marcha, solo cuando el cuerpo nos lo pidiera.
Mientras encuentro un lecho que me acomode, mullido y resguardado de los carroñeros, voy tomando croquetas con una cervecica, que también regeneran el alma.

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DON POÉTICO

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Ayer, mientras trataba de salir del agua, tras un refrescante baño en las aguas amables del Mediterráneo, me di un golpe en la mano derecha con las rocas. Fue un golpe sin importancia, prácticamente ni me había percatado hasta que vi un rasguño que me hizo sangrar por el nudillo del dedo corazón.
El caso es que esta mañana me he levantado con el dedo hinchado, no es una hinchazón superlativa, ni mucho menos, ni siquiera me impide llevar a cabo ninguna de las actividades cotidianas, pero resulta extraña.
Cuando me he decidido a escribirle una nota a mi madre diciéndole que no me esperara a comer hoy, las palabras que surgían de mi mano lo hacían rimando unas con otras (Madre no cuentes conmigo pa las lentejas / las gotas de sudor me resbalan por las cejas. / Tomaré algo fresquico y que se coma con las manos / tal vez unas croquetas con un tinto de verano.)
Ha sido increíble, la emoción me ha desbordado, las palabras surgían solas de mis manos sin necesidad de pensarlas, por sí solas. No he querido lanzar las campanas al vuelo, por si era una falsa alarma, así que he cogido otro papel y he pensado en el bar de costumbre, sin más, las palabras han vuelto a surgir solas de la punta del boli. (Compañera de fatigas en multitud de horas / de montones de cervezas e incontables coca-colas (con ron). / Cada día me cuesta más resultar para ti simpático / será, quizás, por el malestar hepático. / Tu madera suave que aguanta borrachos como ella sola / es de lo que más me acordaré cuando vaya a alcohólicos anónimos para hacer cola.)
Ha sido espectacular, insólito, tremendo. He descubierto un  filón que me podría hacer rico y famoso. Soy consciente del lugar que ocupa la poesía a día de hoy en la sociedad, pero si todo lo que escribo está rimado, si se me salen los pareados por los camales, seguramente podría encontrar trabajo en algún periódico local, como tertuliano en un programa de radio o, si no hay otro remedio, vendiendo mis poesías en la plaza mayor de alguna capital de provincia.
Seguramente el influjo del Mediterráneo en mi corazón, el dedo, me ha otorgado el don de la aliteración y el uso de la sinalefa, todo un honor para un escritorzucho que malvive hablando de croquetas.
Pero no podía ser todo tan bonito, por supuesto. Así, cuando he llegado hasta el ordenador para empezar a teclear historias increíbles he permanecido un buen rato sin pulsar ni una sola tecla. El don no funciona aquí. Debe ser que únicamente cuando el dedo corazón guía es cuando fluye la narración poética, así que me he quedado compuesto y sin posibilidades de enriquecerme.
Debería haberme esmerado más en la caligrafía cuando iba al colegio, con mi letra no hay dios que me compre un poema.

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RECUERDOS

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Muchas veces he pensado en lo fantástico que sería poder recordar las sensaciones que me inundaron la primera vez que hice algunas cosas, muchas en realidad.

Si pudiera elegir rememorar, o volver a hacer por primera vez, alguna de esas cosas que de tanto repetirlas se han convertido en rutina y perdieron el encanto que tenían las primeras veces que las probábamos, sería, sin lugar a dudas, descubrir lo que se siente al mojar un trozo de pan en la yema de un huevo frito.

Me gustaría sobremanera volver a descubrir lo que se siente al romper el leve telo contenedor y ver, por primera vez, cómo se derrama el oro líquido esparciéndose por el plato.

Si fuera capaz de volver a vivir por primera vez la grandeza de probar un huevo frito trataría de cincelar en mi memoria cada sensación para no olvidarlas jamás, para que no se perdieran, para tener siempre presente la enormidad de las cosas que cada día se nos van escurriendo entre los dedos, preocupados por nimiedades.

A pesar de todo esto estoy tranquilo, todavía a cosas que realizar por primera vez en mi vida, no está todo perdido, existen mil recovecos por escudriñar antes de ir a la cama cada noche. Aunque no sé si serán comparables al del huevo.

Hoy, por ejemplo, me he propuesto vivir una nueva experiencia, aportar a mi anodina existencia una vivencia que jamás antes había imaginado. Después de varios años friendo las croquetas en la misma cocina, ha llegado el momento de limpiar los filtros del extractor de humos.

Tal vez no esté tan mal seguir con las rutinas y fantasear con lo que sería vivir experiencias nuevas.

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TOS

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Llevo toda la mañana tosiendo, tosiendo raro además. Es una carraspera continuada que no me deja apenas tiempo ni siquiera para hablar, ni para pedir ayuda, ni tararear la música que suena en el ordenador, ni tampoco para beber un poco de agua y tratar de terminar con esta agonía.
Lo extraño de mi tos no es su bárbara continuidad, por lo menos no es lo más extraño. Lo que me parece realmente extraordinario es la sensación que causan los golpes de aire expulsado al pasar por mi gaznate.
A lo largo de mi vida, supongo que por los ensimismamientos o lo que me cautivan las conversaciones ajenas en los bares, me he atragantado con casi todo lo que es susceptible de atorar la gola de un ser humano; y esto que ahora me pica en la garganta no se parece a ninguno de los alimentos que se atascaron allí en todos estos años.
No puedo evitar temerme lo peor en estos momentos.
Ayer mientras degustaba, después de más de una semana sin bajar al bar de costumbre liado con el sol y la playa, la tradicional ración de croquetas acompañadas de una cerveza fresca, ocurrió un hecho insólito.
Para mí, degustar la primera croqueta del plato es un hecho sagrado, es un rito al que dedico todo el poder de concentración que soy capaz  de conseguir, en el día de ayer un poco más si cabe, debido al tiempo transcurrido desde la última vez. Pues bien, no había llegado todavía a la mitad de esa primera croqueta cuando un aroma extraño me despistó de mi tarea. Cuando me giré para ver qué ocurría, vi a una mujer apoyada en la barra tratando de llamar la atención del camarero, había sido su perfume el que me había hecho desistir de mi deleite.
Tenía las piernas muy largas, tremendamente largas y asomando bajo una falda más bien corta y unos tobillos demasiado finos, excesivamente frágiles para soportarlas. Rematando el camino hasta el suelo había unos zapatos de tacón que parecían ir dejando su marca personal a cada paso.
Puede parecer increíble, pero estoy convencido de que los causantes de mi carraspera son esos tacones, unos zapatos que se han anudado a mi garganta impidiéndome casi respirar.
Lo único que espero es que no se muevan demasiado, no quiero ni pensar que pasaría si se me incrustaran en el cerebro.

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EXPECTATIVAS

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Uno de los peores inventos de la humanidad son las expectativas, no me cabe la menor duda.
Las expectativas te hacen creer en cosas que son prácticamente imposibles, tener la esperanza de que se vivirán situaciones descabelladas y, cuando no suceden, se encargan, las expectativas, de corroerte y hacerte sentir un vacío interno que resulta prácticamente imposible rellenar.
Durante mucho tiempo pensé que la traición más dolorosa era la de las expectativas y es que no puedes echar la culpa a nadie de no sentirte satisfecho más que a ti mismo. Y reconocer que tú eres el único culpable de tu malestar, además de desorientar tu vida, resulta bien difícil en este mundo en el que pensamos que todo tiene que ver con los demás y no nos incumbe.
Siempre pensé que las expectativas tenían que ver con las aspiraciones laborales, con el sexo con desconocidas, con los resultados deportivos y con lo divertido de las fiestas, pero andaba equivocado, las expectativas abarcan campos muy dispares y que tienen que ver con todos los aspectos de la vida.
Ayer mismo generé un montón de expectativas después de calzarme docena y media de croquetas a media tarde. Tuve la mañana ajetreada, no pude bajar al bar de costumbre a por la ración diaria y cuando despaché todos los asuntos pendientes decidí resarcirme. No sé si fueron los nervios que había acumulado a lo largo del día o es que la bechamel estaba en buenas condiciones; el caso es que estuve toda la tarde con un dolor de barriga insoportable, de esos que no te dejan prácticamente ni moverte, de los que te mantienen encogido sin poder hacer nada más.
Después de probar todos los remedios caseros para tratar de contrarrestar el malestar y como última estrategia desesperada, me bebí íntegramente el caldo de un bote de medio kilo de pepinillos en vinagre y obtuve una reacción inmediata.
Prácticamente no me dio tiempo a llegar al aseo para desalojar el contenido de mi interior y, os aseguro que fue de manera inconsciente, tuve expectativas de terminar con el mal.
Y, por supuesto, fallé.
Me he pasado toda la noche de carreras al váter, en fin.
A lo mejor es un virus.

Desdentado

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