¡El croquetalismo ha llegado!

HÚMEDA

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Esta mañana, siguiendo el ritual matutino, tras levantarme de la cama, he recogido del suelo el periódico con el crucigrama que tengo a medias y me he dispuesto a dejar caer la deposición mañanera.
Pero al contacto de mi piel con la taza, he notado cierta humedad. Era éste un hecho extraño, puesto que anoche, justo antes de acostarme, estuve en la misma posición al menos diez minutos, y no noté nada.
La primera idea que ha pasado por mi cabeza ha sido la de que algún extraño se había colado en mi casa para robarme todos los objetos de valor que encontrara a su paso. He salido corriendo hasta el salón para ver si echaba algo en falta o si había algún tipo de destrozo. Pero no se habían llevado ninguno de mis pequeños tesoros. No faltaba ni una sola en mi colección de chapas de cerveza e incluso estaba en su lugar mi ejemplar del Día Cuatro que me Fuera firmado por Andrés Ferrándiz Domene. Inmediatamente he descartado el robo. No hay nada más de valor en mi casa.
Después he pensado que podría haber sido el perro de mi vecina del segundo, un bicho pequeño y orejudo que se pasa el día ladrándome. Tal vez se había escapado y por algún agujero se había colado en mi casa. Pero también lo he descartado, sería demasiado irónico que se estuviera meando a diario en el portal del edificio y que, colándose en mi casa, utilizara el inodoro.
He pasado un rato cavilando hasta que, de golpe, he caído en la cuenta de lo que había pasado.
Esta noche la he pasado entera soñando con Marilyn, hemos andado rebozándonos como si fuéramos una sola croqueta casi hasta el amanecer y, claro, antes de irse, por fuerza, ha tenido que aliviarse.
Lo que no entiendo es, con las veces que ha venido, por qué tiene tanta aversión a sentarse en la taza de mi váter.

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LA MALDICIÓN

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Viajé una vez a Granada, tenía grandes expectativas puestas en la ciudad. Se rumoreaba por diversos círculos que tenían el secreto de las proporciones perfectas de la croqueta, y que además únicamente hacía falta pedir una caña para degustar la exquisitez de su textura. El paraíso para cualquier expedicionario en busca de la bechamel en su punto.
Pero, como no, mis sueños se vieron truncados.
Andaba el primer día, haciendo tiempo para que se calentara el aceite de las freidoras y los serpentines estuvieran a punto, contemplando la catedral de Granada, cuando se me acercó una gitana muy gorda y muy vieja, ofreciéndome un puñado de romero que estaba más mustio que mi corazón cuando se acaba un plato de croquetas. Me aseguraba, mentando a todos los santos, que si le compraba la mata conocería a la mujer que me amaría durante toda la vida.
Por supuesto, escéptico ante todo este tipo de supercherías, renegué de aquél presente y del donativo que esperaba la oronda gitana.
Entonces, entre un barrunto de insultos y menosprecios, logré entender algo sobre que me maldijera la una y media y no pudiera dormir hasta entonces.
No me causó la más mínima impresión, no tenía ningún tipo de fe en aquellas supersticiones, y además, pensaba andar de caña en caña y de tapa en tapa hasta mucho más tarde de la una y media. Era la maldición con menos garbo que había oído en toda mi vida. Era mucho mejor aquella de la avalancha de mierda y todo eso. No tenía suerte ni siquiera en las maldiciones que recibía.
El caso es que se cumplió, y de qué manera.
Fui incapaz de probar una sola croqueta en la semana que estuve allí.
Me levantaba a buena hora, tomaba un café doble con una tostada y me dedicaba a recorrer el casco antiguo esperando la hora soñada, entonces, a la una y media, cuando me disponía a entrar al primer bar, me invadía un sopor irrefrenable, un tedio terrible que me obligaba a acudir al hotel a tumbarme si no quería quedarme durmiendo en la banqueta de cualquier barra.
Tal vez no era tan ridícula aquella maldición.

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CAMAL

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Hace algún tiempo me dí cuenta de que tengo una pierna más corta que la otra. No fue porque anduviera cojeando todo el día, ni porque tuviera dolores en las caderas, no. Me percaté de que tenía una pierna más larga que la otra porque por mucho que me subiera los pantalones, siempre andaba pisándome el camal derecho.
No es que esto sea algo nuevo, toda la vida ando rompiendo los pantalones. Supongo que lo tomaba como algo normal, puesto que, desde pequeño, cada dos por tres llegaba con un siete en el pantalón a casa y pensaba que les pasaba a todos los niños, todos andábamos con rodilleras y parches por todas partes cuando yo iba al colegio.
Lo que me pasó después es que todos los rotos se centraban en el final del camal derecho, pero no le eché más sal puesto que lo tenía asumido como lo más corriente del mundo.
Pero llegó un día, pasados los treinta y cinco, en el que me fijé en mis compañeros de trabajo y no había ninguno que llevara el pantalón del traje raído como si toda una familia de cobayas hubiera hecho una barbacoa con él.
Entonces repasé todos y cada uno de los pantalones que tenía en el armario y se cumplieron mis sospechas. Entonces caí en la cuenta.
Tener una pierna más larga que la otra no es algo que me dé excesivos quebraderos de cabeza, además mi desviación es imperceptible para el ojo humano. De lo contrario, mi madre, que estaba en todo, se habría dado cuenta.
Pero quieras que no, es algo molesto, puesto que, en cuanto paso más de tres minutos de pie, ya tengo el camal bajo el zapato y me paso el rato subiéndome los pantalones. Con lo que eso supone, así, cada vez que estoy haciendo croquetas, acabo con el pantalón pringado de masa.
Lo peor de todo es que, por mucho que me suba el pantalón, nunca consigo colocarlo en su sitio.
Aunque, tal vez, lo que pase sea que tengo un brazo más largo que el otro y por eso, por más que suba el pantalón, nunca queda cuadrado con las caderas.

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DE GUSTO

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Fui incapaz de creerlo hasta que no lo vi.
Jamás hubiera pensado que nadie fuera capaz de cagarse de gusto, por lo menos no cada vez que estuviera a gusto. Pero existe.
Y es que cagarse de gusto, bien pensado, es la mayor de las expresiones de gozo que puede llevar a cabo un ser humano.
Tú puedes decir que las croquetas estaban exquisitas, o emitir pequeños gemidos cada vez que te llevas una cucharada de arroz empedrado a la boca, pero nadie puede tener la certeza absoluta de que estos gestos son totalmente sinceros. Sin embargo, si tu esfínter se dilata de manera incontrolada cada vez que hay algo que te emociona, eso no se puede fingir.
Además es un hecho innato, no existe ningún entrenamiento capaz de hacerte conectar los momentos de felicidad con la relajación anal, lo cual engrandece mucho más el hecho.
Conocí a una chica que se cagaba por la pata abajo cada vez que alguien le daba un masaje. Y también cuando comía helado de chocolate. Y también si la película que estaba viendo en el cine lograba emocionarla. Vamos, que se cagaba de gusto.
Me pareció increíble y a la vez, precioso.
Eso sí, jamás comía legumbres.

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PATIO DE LUCES II

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En una de tantas tardes de vigilancia y espera, me dí cuenta de que en una de las bajantes que recorrían todo el edificio había nacido una higuera.
Aquél descubrimiento me sorprendió sobremanera. Había oído hasta entonces que los insectos son los seres con más capacidad para la supervivencia en el mundo, pero pídele a una libélula que se quede colgada de la bajante de un edificio a la altura del sexto piso y que se acomode para pasar allí toda su vida. Para mí tiene mucho más mérito lo de la higuera que lo que pueda hacer cualquier insecto en su vida.
Maravillado por aquél descubrimiento, decidí hacer un seguimiento diario de su salud y su evolución. Me asomaba a ver si se caían sus hojas, para ver si tenía nuevos brotes y esperaba con ansia la llegada del verano para ver si era capaz de engendrar un higo con la inmundicia que sus vecinos le ofrecían diariamente.
Pero su evolución era muy lenta y todavía faltaba mucho para descubrir si era capaz de regenerar los desperdicios humanos en alimento, así que estaba a punto de desistir en mi pequeño estudio observacional. Hete aquí, que realicé un nuevo hallazgo, un hallazgo que tuvo mucho más calado en mi interior.
Mientras me debatía sobre si debía dejar de observar subido en la taza del váter las maravillas de la naturaleza urbana, encontré que, aproximadamente un par de pisos por debajo de la higuera, se había resquebrajado la tubería, con lo que, parte de las aguas fecales, caían directamente sobre el patio de luces.
Aquello sí que era un espectáculo digno de ser visto. Aguas con todo tipo de tintes, papel higiénico, pelos e incluso porciones de excremento salían a la luz sin que nadie pudiera remediarlo.
Me divertía como un niño pequeño pensando en qué comidas serían las que estaba viendo volar y trataba de adivinar cuál de los perfumes que inundaban mi piso a mediodía, había sido digerido y lanzado al vacío.
Siempre había algún trozo que parecía una croqueta.

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PATIO DE LUCES I

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Durante los últimos años me he mudado varias veces de casa. Lo primero que hacía cada vez que llegaba a un sitio nuevo era mirar por todas las ventanas. Quería contemplar todas las vistas que se me ofrecían desde cada uno de los ángulos de aquella que sería mi vivienda.
No es que eligiera los pisos porque buscara un paisaje idílico, ni mucho menos, pero siempre me gustaba descubrir los pequeños secretos que se me ofrecían al mirar tras el cristal. No podía apartar de mi mente que, tal vez, encontrara una ventana indiscreta desde la que observar a una vecina mientras se desnudaba para ponerse el pijama o entrar en la ducha. Era tremendamente difícil que ocurriera, pero la vaga esperanza de que podría ser el afortunado, me mantenía alerta.
Y bueno, una vez ocurrió. Me mudé, a mediados de los ochenta, a un séptimo que tenía un patio de luces enorme al que daba también el edificio de en frente. Si me subía a la taza del váter, alcanzaba a ver por entre los cristales traslúcidos de un respiradero, el ventanuco del aseo de los pisos del otro lado.
Fue un trabajo arduo de vigilancia, cada día dedicaba, al menos un par de horas en momentos diferentes del día para controlar los usos que se hacían del aseo y por quién.
Encontré una muchacha joven un par de pisos más abajo del mío que pasaba largos ratos metida en el aseo, además de padres de familia, ancianas que vivían solas y niños de todas las edades.

Seguí la trayectoria de la chica, las horas a las que entraba y salía y las discusiones con su madre porque lo dejaba todo patas arriba.

Pero jamás conseguí ver asomar ni siquiera una pequeña porción de su piel.
Con todo seguí asomándome cada día, durante largo rato, al patio de luces…

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TU ESTAMPA

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Llegó un día en mi vida en que me sentó mal una sopa de ajo. La sopa de ajo ha sido, desde bien pequeño, una de mis cinco comidas preferidas. Además ese día tenía unas ganas rotundas de meterme entre pecho y espalda aquél caldo. La noche anterior habíamos estado disertando, entre vino dulce y chupitos de orujo, el futuro de las corales que hacían versiones de bandas sonoras de películas en nuestra sociedad. Debate que se alargó hasta bien entrada la mañana, ya con bocadillos de calamares y cañas.
El caso es que aquello fue el principio del fin, aquella sopa hizo estragos en mi interior y, antes de poder tumbarme a dormir la merecida siesta, estaba agarrado a la taza del váter sin poder contener ni una sola pizca del remedio que siempre había aliviado mis resacas.
Desde aquél momento todo me sentaba mal. Empecé teniendo unos retortijones de espanto después de empeñarme en cenar albóndigas en salsa. Pero esto no fue más que la primera parte. Fui consciente de que tenía que cuidar mi dieta y olvidarme por unos días de las croquetas de cocido y de los chatos de vino, pero aún comiendo únicamente arroz blanco y pechuga de pollo, ningún alimento ingerido encontraba acomodo en mi interior y hacía todo lo posible por salir, daba igual que fuera por la puerta principal que por la de emergencia.
Subsistí durante algún tiempo a base de un preparado de harina cruda y agua que me aseguraron que calmaría mi malestar. Aunque el resultado fue dudoso, por lo menos lograba introducir alimento a mi cuerpo.
Pero pasados unos días, la cosa fue degenerando, y además de sentarme mal la comida, comenzó a sentarme mal todo lo que ocurría a mi alrededor. Si alguien hacía un comentario acerca de mi aspecto, me sentaba mal, y tenía que salir corriendo al aseo a evacuar la mala digestión del comentario. Si una tendera me pedía el pico de la cuenta para no tener que cambiarme, me sentaba mal, y de carreras otra vez.
Menos mal que encontré la solución a este desgaste permanente. Descubrí un día en que no había ningún aseo en las inmediaciones que, si me cagaba en la estampa de aquél que me causaba el malestar, remitían mis dolores y podía continuar con mi rutina.
Aquello ya se pasó pero, por si acaso, cada vez que me encuentro con algo que me sienta mal sigo rezando aquello de ME CAGO EN TU ESTAMPA

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AMAS DE CASA

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Siempre me ha llamado la atención la pericia que adquieren con el paso del tiempo las amas de casa. Son capaces de llevar a la perfección tareas que, a priori, no revisten ninguna dificultad, pero que, cuando pruebas a realizarlas, se convierten en poco menos que imposibles.
Todos hemos hecho alguna vez la cama en nuestra vida, pero son muy pocos los que se pueden jactar de hacerla tan bien como un ama de casa. Eso por no hablar de limpiar los cristales o quitar la grasa que se queda pegada en el extractor de la cocina. Y por supuesto nadie es capaz de hacer unas natillas como las hacía mi abuela, ni las croquetas.
Pero bueno, andamos haciendo lo que podemos y, mal que mal, sobrevivimos con sopas de sobre y el polvo acumulándose en las estanterías. Pero hay una tarea que, por muchas vueltas que le doy, soy incapaz de llevar a cabo, por lo menos medianamente bien. Es una acción heroica que ha sido muy poco reconocida y que, sin embargo, es realizada millones de veces a diario.
He probado de todas las maneras posibles, de pie, sobre una mesa, ayudándome de las puertas y de una escalera e incluso inventé un sistema, que yo suponía infalible, con una cinta andadora y unos rodillos de pintor; resultó ser un fracaso.
Soy incapaz de doblar las sábanas sin la ayuda de alguien. Siempre acaban siendo un burruño en el que es imposible reconocer la parte de los pies de la cabecera y mucho menos saber qué cara es la que mira hacia abajo y cuál hacia arriba.
Este es un hecho frustrante y que daña mi autoestima, puesto que siempre he hecho gala de mi independencia, excepto en lo económico, y mi capacidad para resolver situaciones adversas, pero esto me supera.
Para colmo, mi madre además las plancha.

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DILUVIO

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Cuado era pequeño me asustaba sobremanera la lluvia, no me asustaban las tormentas llenas de truenos y rayos, no. Lo que realmente me asustaba es que estuviera lloviendo durante más de un día entero.
Cada dos por tres me asomaba a la ventana para ver la evolución de la escorrentía y comprobar si los regueros habían alcanzado ya la altura de los bordillos de la acera. El pánico real llegaba cuando el agua comenzaba a correr por la calle de punta a punta.
Esos días mi madre siempre preparaba cocido y nos hacía croquetas, supongo que era en parte por el frío, pero también para que se nos olvidara el río que surcaba al ras de nuestro portal.
Pero yo no podía dejar de pensar en que la lluvia no cesaba y que no cesaría. Lo único que se me venía a la cabeza era que había llegado de nuevo el diluvio universal y que no dejaría de llover hasta que quedaran anegadas todas las casas del mundo. Y a mi no me había avisado nadie.
Tendría muy poco tiempo para construir un arca en la que poder meter a una pareja de animales de todas las especies. No tenía ningún material para fabricarla y además, cómo conseguiría una pareja de rinocerontes con la que estaba cayendo.
Para colmo de males, mis padres se empeñaban en que tenía que ir al colegio, con lo que perdía un tiempo precioso para poder salvarme.
Por suerte, al cabo de un par de días, como mucho, la tormenta remitía y las cosas volvían a la normalidad.
Los días siguientes, con la posible venida del diluvio todavía presente, me dedicaba a cazar moscas, saltamontes y escarabajos, los escondía en casa y los alimentaba con las migas de pan que se quedaban en el mantel, por ir adelantando la faena para cuando llegara de verdad la hora.

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LAS CINCO EN PUNTO

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Ando algo confuso en los últimos tiempos, estoy recibiendo señales a diario pero todavía no sé como interpretarlas. Es un tema espinoso y ando dándole vueltas ya varios días sin encontrar ningún resultado.
Desde hace más o menos una semana, todas las noches, me acueste a la hora que me acueste, me despierto a las cinco en punto de la mañana. He probado con todo, a dormir siestas de una hora solamente, a tomar pastillas que ayuden al sueño, a ver películas checas sin subtítulos e incluso un día llegué a ir al gimnasio, pero haga lo que haga, irremediablemente, a las cinco en punto abro los ojos.
Pienso a menudo en levantarme, podría empezar a escribir la novela que me hiciera saltar a la fama o, tal vez, hacer croquetas para toda la comunidad de vecinos. Pero todavía no me he atrevido a salir de la cama a horas tan intempestivas, además, igual que me despierto a las cinco en punto, si sigo fiel a la almohada y cierro fuerte los ojos, me vuelvo a quedar durmiendo a las ocho.
Durante esas tres horas diarias, me da tiempo a pensar de todo, he trazado al menos quince planes diferentes para hacerme rico y no tener que volver a dar jamás un palo al agua, pero todos necesitan demasiado esfuerzo.
Por supuesto, también tengo tiempo de pensar en por qué me pasa esto. En un primer momento pensé que padecería insomnio, pero sería demasiado escrupuloso el insomnio para visitar a cada paciente a la misma hora todos los días, por lo tanto lo descarté. Pensé después en que tal vez fuera mi reloj biológico, que tratara de despertar en mi la necesidad de reproducirme y dejar algún legado que sobreviva a mi muerte. Pero también resultaba extraño que no pudiera llamarme en cualquier otro momento del día.
La última teoría que se me ha pasado por la cabeza es que, tantas veces me ha dicho mi madre a lo largo de mi vida que esto de escribir no me iba a llevar a ninguna parte, que mi subconsciente se está preparando para cuando deje definitivamente de darme la paga semanal y no tenga más remedio que madrugar para ir al trabajo.

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