¡El croquetalismo ha llegado!

ANESTESIA

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Hoy he ido al dentista, me han empasatado una muela que se me hizo pedazos hace algún tiempo.
Ha sucedido algo curioso, yo todavía no lo termino de entender.
No sé exactamente donde me ha pinchado la anestesia el dentista, pero el hecho es que el adormecimiento además de recalar en la lengua y el labio superior, ha ido ascendiendo por la mejilla, ha pasado por la sien y se ha instalado en el hemisferio izquierdo de mi cerebro.
Desde ese momento la mitad de mis pensamientos han comenzado a difuminarse. No es que ahora tenga algunos pensamientos nítidos y otros borrosos, sino que todos mis pensamientos tienen una parte completamente clara y otra con tintes de irrealidad.
Es exactamente la misma sensación que la que tienes al despertar tras una borrachera, hay partes de la noche que recuerdas perfectamente pero otras las ves entre brumas, como si les faltara luz para poder reconocerlas exactamente.
Así, por ejemplo, si pienso (como siempre) en una croqueta, el rebozado está claro y crujiente, pero la bechamel la encuentro como en sueños y por mucho que me esfuerce sería incapaz de saber qué son los trozos que tiene dentro.
Así que ahora soy incapaz de saber nada a ciencia cierta, nada de lo que se me pasa por la cabeza lo sé seguro. Antes me ha dado por intentar recordar si a mediodía he comido. Tengo claro que ha lo largo del día de hoy he comido algo, pero no sé qué ha sido, tal vez fuera un café con leche o un plato de macarrones, no te lo sabría decir.
Sé que he tenido una reunión esta mañana, pero soy incapaz de recordar exactamente si han decidido publicar mi última novela o si me han dicho que mejor me dedique a otra cosa.
Lo que me pasa, pues, es que estoy seguro de que anoche aparqué en una calle amplia, con varios carriles, pero no sé en cuál concretamente, así que si alguien ha visto un Ford Fiesta azul del año ochenta y nueve aparcado en una avenida, por favor que me avise que le estaré eternamente agradecido.

Desdentado

Andaba, como debería hacer todo hijo de vecino al menos una vez en su vida, caminando por el paseo marítimo de Benidorm. Estaba observando el look de todas las personas con las que me cruzaba. Admirado con algunos cardados,  con las combinaciones de ropa, con la naturalidad de algunas personas a la hora de llevar un sombrero ridículo. Maravillado al fin por tal amalgama en tan pocos metros cuadrados.
Estaba disfrutando como un niño pequeño que va al cine por primera vez. Andaba anonadado entre bisutería escandalosa y morenos inimaginables cuando tuve una visión suprema, la postal perfecta, el espíritu de Benidorm ante mis propios ojos.
Detrás de un grupo de jóvenes británicas con tutú, que sin duda estaban celebrando una despedida de soltera, apareció ante mis ojos una señora mayor, de entre setenta y ochenta años montada en uno de esos híbridos entre silla de ruedas eléctrica y vespino con su cesta delante. Esos aparatos que usan, por comodidad o pereza, los jubilados obesos que decidieron reposar en Benidorm y que aparcan en la puerta del bar en el que se ponen tibios de cerveza.
Andaba la señora, como digo, en uno de estos cachivaches, opción, por otro lado, que no sería digna de reseña, de no ser por un pequeño detalle, un aplique colocado en la parte trasera del mismo. Era una pequeña plataforma de madera con un par de ruedas incrustadas y que hacía las veces de patinete. En él iba montado el honorable marido de la señora, que daba la impresión de ser uno de esos jovenzuelos, que todos hemos visto en las películas, y que sin ningún tipo de precaución se agarran a la parte trasera de un camión mientras van montados en su monopatín. Claro que todo esto, perfectamente acoplado a la edad y los reflejos del sujeto.
Para completar el cuadro, justo cuando pasaban a mi lado, encontré un tercer ocupante en el vehículo. A los pies de la señora había un perro pequeño, del tamaño de una croqueta aproximadamente, y que no quería perderse el paseo diario de la familia.

PROFESIONES

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Ultimamente estoy hecho un lío. Me ronda en la cabeza un tema que debería haber liquidado hace mucho tiempo, pero lo he ido dejando correr todo lo que he podido. Ahora me ha atrapado y no encuentro la manera de escapar de sus fauces si no es enfrentándolo de cara.
Ya he contado en ocasiones anteriores que en mi vida todo ha venido rodado. Jamás he tenido que tomar una decisión de futuro, sino que simplemente dejando que pasara el tiempo, me llegaban las propuestas y lo único que tenía que hacer era estar atento para poder recogerlas.
Así, casi sin darme cuenta, llegaron hasta mi una casa en la que vivir, una vecina a la que mirar mientras se ducha, un perro y un bar de costumbre donde acudir a por una cerveza fresca con sus correspondientes croquetas.
Aunque pueda parecer que la mía ha sido hasta el momento una vida idílica en la que no he tenido que preocuparme por nada, que es la verdad, esto también tiene sus consecuencias.
Como todo me vino dado desde bien pequeño, nunca tuve que pensar en qué sería de mayor. Nunca soñé con ser pintor de brocha gorda o camarero o policía nacional, como sueñan todos los niños y eso me está pasando factura ahora.
Llegué a ser escritor, como siempre en mi vida, por casualidad. Andaba necesitado de trabajo y se presentó la oportunidad de elaborar las cartas de un nuevo restaurante que se abría en mi pueblo. En el restaurante sólo sabían cocinar patatas pero sabían que para triunfar en la hostelería deberían hacer creer a los clientes que dominaban el arte culinario de cabo a rabo. Y para conseguirlo necesitaban a un creativo literario que cada día pusiera en la pizarra que había en su puerta, con una letra cuidada y atractiva, un menú que invitara a pasar dentro. Ese era yo.
Así fue como empecé y así continúo, con unos honorarios que ya no dan ni para comprar limpiacristales, y como siga así, el polvo acumulado en mi ventana terminará tapando por completo la ducha de mi vecina.
Por todo esto, me encuentro sin un duro en el bolsillo y buscando todavía a lo que me gustaría dedicarme cuando sea mayor. Pero claro, ahora el abanico es mucho más reducido, con las dioptrías que tengo, no me aceptarán como piloto de avión y con mi edad estaría feo pedir trabajo como mozo en la tienda de ultramarinos de mi barrio. Me he encontrado que los mejores trabajos jamás podré realizarlos.
Me he dado de bruces con la cruda realidad.

Desdentado

TIRANTES

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Hoy he estrenado unos tirantes. No lo he hecho por nada en especial, los tenía comprados desde hace al menos dos meses, pero no había reparado en que los podía estrenar en cualquier momento. Estaba esperando la fecha oportuna, una ocasión realmente especial para lucirlos con todo el respeto que unos tirantes nuevos se merecen.
Pero viendo que no llegaba el momento, y que probablemente nunca llegaría, porque todavía no he sido invitado a la ceremonia de los Oscars, ni creo que lo hagan, ni he pisado jamás un palacio real ni he ido a la caza del zorro con los nobles ingleses. Así que me he dado cuenta de que los podía estrenar en cualquier momento y ha sido hoy.
He tenido una sensación extraña. Llevarlos ha sido como un pequeño engaño, como guardar un secreto que nadie más sabe, como comerse una croqueta mientras las preparas, antes de sacarlas a la mesa.
Los pantalones estaban colocados en su sitio como por arte de magia, como por ensoñación, y yo era el único que sabía lo que ahí estaba ocurriendo. He acudido al bar de costumbre para tomar el aperitivo de costumbre y cuando iba a subirme el pantalón, antes de sentarme, como de costumbre, todos los parroquianos se han dado cuenta de que ya estaban donde tenían que estar.
Cosas que pasan.

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PIEDRAS

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Recuerdo perfectamente el día en que dejé mi casa para mudarme al piso donde vivo.
Era una casa antigua y yo viví en ella más de veinte años. Montones de recuerdos me inundaban la conciencia cuando decidí mudarme y, por eso, quería llevarme hasta el último detalle de aquellas paredes, para no olvidar nada de lo que allí había sucedido.
Así que me dispuse a embalar todos y cada uno de mis recuerdos en cajas de cartón. Empecé por los cuadros y continué con unas figuras de porcelana muy feas que me regaló mi tía cuando fui a vivir allí.
Envolví la sartén donde siempre había freido las croquetas y empaqueté todos los  libros, después empecé a desmontar estanterías y trasladé también la cama y los armarios.
Arranqué el papel de las paredes porque era la imagen que recordaba de largas tardes tumbado en el sofá pensando en cómo ganarme la vida.
Recogí todas y cada una de las pelusas que se habían ido acumulando a lo largo de los años en los rincones. Sentí la necesidad de distribuirlas de manera uniforme en mi nuevo hogar.
También descolgué las puertas y los radiadores de la calefacción porque supuse que me serían útiles.
Cuando las paredes estaban vacías decidí llevarme también el enlucido. Sabía que no lo podría volver a colocar en mis paredes, pero no quería que ninguno de los secretos que tuve allí se quedaran impregnados en el yeso. Todo el mundo sabe que es un material poroso y que almacena toda materia que se acerque demasiado.
Cuando terminé de empaquetar todas las pertenencias que pretendía trasladar, me di cuenta de que en aquella casa solamente quedaban aire y piedras. Un montón de piedras de las que se pueden encontrar en cualquier parte, colocadas unas sobre otras para formar paredes.
Entonces, cuando pensé a que precio debía poner en venta la casa, la conciencia me dictó que debía regalarla.

Desdentado

CITA CÉLEBRE nº3

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cartel-water

(carlos plantó un pino aquí mismo

el 8 de marzo de 1976.

y volvió a regarlo

el 26  de abril de 1998.)

Desdentado

Es domingo por la mañana, el halo de resaca invade todo lo que se puede ver hasta el horizonte. En el recinto de la estación de tren, al cruzar las vías, entre dos edificios decrépitos que se están cayendo a pedazos hay un hombre.
Está situado justo en el centro de del espacio que separa las dos naves girado hacia las vías y el resto de edificios que componen la estación , al frente se le presenta fría, adormecida la ciudad.
Permanece quieto, inmóvil, quizás hipnotizado por el paso de un tren que no parará aquí, y tal vez no pare hasta que el día se despierte del todo.
Es un hombre de mediana edad que no es aficionado a salir al monte a pasear ni dispone de un chalet en el que cultivar tomates o berenjenas. Tal vez no tenga ninguna afición en la que ocupar sus horas de ocio durante el fin de semana, y es por eso que los domingos por la mañana los dedica a pasear a sus perros lanudos por las cercanías de su casa.
Tiene dos perros prácticamente iguales, vistos desde una distancia prudencial nadie sería capaz de diferenciarlos, tienen las orejas grandes y el pelaje muy denso, como si se hubieran colocado el abrigo de una mujer mayor que se dispone a ir al teatro. No son muy delgados ni muy gruesos y tienen una proporción perfecta entre sus patas y el resto del cuerpo, lo único que tal vez no esté bien enmarcado dentro del conjunto sea el hocico, tal vez excesivamente pronunciado.Son marrones con tonos cobrizos, el tono perfecto para su anatomía.Los perros permanecen ajenos al paso del tren, están vueltos hacia el otro lado, mirando el horizonte poblado de montañas y soñando con poder correr hasta caer rendidos entre pinos y carrascas. En su rostro se puede apreciar que anhelan la libertad con la misma ambición que cualquiera de nosotros anhela las croquetas del aperitivo. Pero deben obediencia a su amo y permanecen imperturbables ante los hechos que fascinan a su dueño, a la espera de que por lo menos, cuando acabe de pasar el tren suelte sus correas y puedan estirar las piernas entre piedras y hormigón.

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CALLES

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Esta mañana, como todas las mañanas, andaba paseando al chucho por los lugares de siempre. Acudimos normalmente al pie de la montaña, donde las calles andan confundiéndose con los pinos y los matorrales y no está muy claro donde acaban unas y empiezan los otros.
Me gusta acudir allí porque es como andar por la frontera entre el ermitaño y el urbanita, como si pudieras cambiar tu modo de vida con sólo andar unos pasos. Y al chucho también le gusta el sitio. Supongo que nos entendemos en este tipo de lugares porque los dos somos un poco salvajes y agradecemos dejar de pisar el asfalto y pasar un rato entre piedras y tierra, sin perder de vista los edificios, que siempre dan seguridad.
Esta mañana, mientras andaba embelesado con este tipo de pensamientos, mirando alrededor fundirse las hojas verdes con las paredes de hormigón, he caído en la cuenta de algo que se me había escapado hasta el momento.
He visto en la esquina de una calle, que ni siquiera está asfaltada, la placa con su nombre. Era un nombre de varón, el nombre del que no había oído hablar en toda mi vida. Un varón que seguramente haría algo a lo largo de su existencia que le hiciera digno de que pusieran su nombre a una calle.
Pero, seguramente, si ese varón hubiera sabido que la calle que lleva su nombre es una calle en la que no vive nadie, que no está asfaltada, y que es el lugar preferido de los perros para evacuar, se habría planteado si merecía la pena el esfuerzo.
Pensaba en un varón que dedicara su vida entera al estudio y la perfección de la receta de la croqueta y que las autoridades competentes reconocieran su labor. El lugar que este hombre merecería para colocar su nombre, sería una calle del casco antiguo, donde se concentran las tabernas tradicionales. No tendría ningún sentido colocar su nombre a una calle de un polígono industrial.
Ante esta deducción, he empezado a pensar en lo que haría este hombre en su vida.

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ROJO

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Cada día me encuentro con un problema. Y cada vez me cuesta más sacar algo en claro de todos ellos, son pequeñas incógnitas que me dejan perplejo y que no sé si me ayudarán en algo el día de mañana. Pero siento la necesidad irrefrenable de contarlas a diestro y siniestro, necesito hacer partícipe a alguien más del sinvivir que me corroe las entrañas.
Ayer mientras compraba en la frutería, una mujer que tenía turno delante de mi se enzarzó en una discusión enfervorizada con la frutera. La tendera le ofreció unas fresas que tenían una pinta divina y que además estaban a muy buen precio. Pues bien, la mujer las rechazó aduciendo que ella no come nada de color rojo, que no le gustaban los productos de ese color. Sea cual fuere su sabor, su textura, su olor o cualquier otro atribruto que se le ocurriera a la tendera, no soportaba los alimentos de color rojo.
Quedé perplejo ante los argumentos de la señora.
Empecé a pensar entonces en lo que tendrían en común las frutas o verduras de color rojo, y lo único que encontré fue precisamente eso, que eran de color rojo, puesto que en lo demás, no se parecen en nada el pimiento con la fresa, por ejemplo.
De súbito una idea se coló en mi cabeza, el rojo es el color de la pasión. Tal vez eso tenía algo que ver con que la mujer aborreciera los productos de color rojo.
Estuve tentado de preguntar a la mujer por más cosas de su vida, para ver si era capaz de encontrar el sentido a todo aquello, pero pensé que la frutería no era el lugar más indicado, seguro que en cuanto se fuera de la tienda, el resto de clientas empezaban a criticar toda su vida.
Pero, sin saber cómo había sido en realidad su vida, comencé a pensar en lo que podría haber sido para que esta mujer lo que detestara en los alimentos fueran los signos de pasión que contenían.
Decidí que la señora, siendo niña, nació sin pasión en su cuerpo, tal vez la engendraran sin pasión, o la pasión se terminara cuando supieran que su madre estaba embarazada, y esto la marcó para toda su vida.
Cuando era pequeña, no le gustaba jugar a nada, ni le sorprendía descubrir algo nuevo, ni le hacía ilusión recibir regalos. Era como una anciana en pequeño. Después se echó un novio porque era lo que había que hacer y no le ponía ningún empeño a las croquetas, que era la comida preferida del hombre, ni se esmeraba para ponerse guapa ni por bailar bien las canciones lentas.
Pasados los años enviudó, que es lo que tenía que ser. No tuvo hijos ni perros ni un canario que cantara por las mañanas. Nada le ilusionaba.
Y ahora va todos los martes a comprar a la frutería. Va siempre sin ganas, por costumbre, porque es lo que tiene que hacer.
Y la frutera que lo sabe, siempre intenta endosarle algún fruto rojo, a ver si, de una vez por todas, encuentra la pasión.

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BUSCO PAREJA

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Hace poco fui a pasar unos días a Calpe. Quería disfrutar de la playa y olvidar el trajín diario al que estamos sometidos. Quería probar croquetas fritas en otro aceite y ponerme las botas comiendo sardinas en el paseo marítimo. Tampoco tenía grandes espectativas, solamente sol y tranquilidad.
Sabía que no habría una botella de champán esperándome en la habitación, aunque me habría gustado, ni tendría con quién jugar una partida de futbolín para hacer tiempo a media tarde. Pero eso conllevaba mi decisión, quería acudir sólo para que nadie me distrajera de mis propios pensamientos, y ésto tiene también su parte negativa.
En lo que no había pensado, y precisamente por eso fue mucho más duro, es que en los chiringuitos que están en la orilla del mar, las paellas las hacen, como mínimo, para dos.
Al día siguiente de mi llegada, tomado el aperitivo de rigor, me dispuse a sentarme en una mesa junto a la ventana de las que cualuqiera de los bares que tenía delante poseían y comerme un arroz a banda como está mandado para ir corriendo después a dormir la siesta.
Maldigo la hora en la que entré en el bar. Lo único que saqué en claro de allí es que todos los camareros, incluso los cocineros se rieron de mi.
Ante la negativa a cocinarme una paella individual, pedí una cerveza para ver si se me ocurría cómo arreglar la situación. Estuve tentado de pedir a una pareja, que podrían haber sido mis padres, si les importaba adoptarme en lo que duraba la paella el carajillo y el orujo. Pero en el tiempo en que trataba de decidirme, acudieron los que debían ser sus hijos reales con dos niños de corta edad y un tercero en un carricoche. Tratar de que pagaran también mi ración sería abusar demasiado de estas pobres personas.
Pensé en tratar de distraer a un camarero y, cuando no prestara atención, meter la cuchara en la paella para llevarme por lo menos una mojada a la boca. Tampoco tuve agallas suficientes.
El último recurso que me quedaba era repelar lo que otras personas dejaran en la paella. No era un mal plan, si lo hacía con disimulo no tendría por qué enterarse nadie.
Pero la mala suerte me perseguía. Cuando me decidí a llevar a cabo mi plan, fui consciente de la hora que era, pasaban de las cuatro de la tarde y los camareros estaban retirando la mesa de los últimos clientes que había en el bar.
Mi pesadumbre y yo, nos fuimos a dormir la siesta.
Pero esto ya no me pasa más. Estoy decidido a encontrar pareja. No quiero una pareja con la que ir de compras, ni con la que ver películas en el sofá las tardes de invierno ni una pareja con la que ir a comer los domingos a casa de sus padres, no.
Quiero una pareja que se venga a Calpe y que esté dispuesta a compartir un arroz a banda en aquél bar para que se callen la boca todos los camareros.

Desdentado

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