Oct
17
SIBARITA DE LO COTIDIANO
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Desde siempre he sentido la necesidad de convertirme en un sibarita.
Ya conté en una ocasión mis esfuerzos por incluir un pequeño spa en casa, caprichos de sibarita comedido. No lo he conseguido todavía, pero sigo en mi empeño.
Lo que he descubierto tratando de alcanzar un alto grado de exclusividad es, además de lo caro que resulta, la cantidad de información necesaria.
No existe en ningún lugar del mundo, por recóndito que sea, un sibarita que no conozca los detalles de todos los coches de alta gama que pululan en el mercado, que no haya estado en países exóticos ni se haya hospedado en los hoteles más lujosos, por no hablar de los conocimientos, indispensables, sobre metros de eslora y nudos de velocidad máxima de los yates que tienen interiores fabricados en maderas nobles.
La verdad es que me vuelvo perezoso cuando empiezo a pensar en la cantidad de datos que tendría que valorar antes de decidirme por cualquier artículo de lujo; si me da pereza buscar unos pantalones que casen con mi camiseta de “los enemigos”, imagínate tener que combinar el color del deportivo con el tipo de cuero del tapizado.
Para compensar la imposibilidad de ser sibarita en el más amplio sentido de la expresión, me dedico a ser sibarita de lo cotidiano, de las cosas pequeñas.
Uso papel higiénico de doble capa, compro solomillos de pechuga de pollo y únicamente tengo en la nevera gazpacho andaluz de la variedad gourmet. En la sección de pizzas del supermercado, siempre elijo las artesanas y, por supuesto, siempre como croquetas de cocido, las primigenias, las auténticas, las exquisitas.
Y lo peor de todo es que creo que es la opción óptima, la que da realmente calidad de vida porque, además de usar los productos exclusivos a diario, no tienes que preocuparte de si se te cae la copa de champagne sobre el parqué en un golpe de mar.
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Oct
10
Aunque he renegado durante toda mi vida, al final he terminado por sucumbir a las presiones sociales y me he puesto a dieta.
No es que me molestara mi aspecto físico ni que me convenza ninguno de los anuncios sobre productos que te dejan hecho un figurín. Es que quería probar.
He decidido ponerme a prueba para saber si soy capaz de seguir un régimen, de proponerme una serie de alimentos al día y no salirme de lo estipulado.
Y la verdad es que la cosa funciona, he empezado a comer croquetas de acelgas y ensaladas sin aliñar y estoy reduciendo notablemente mi peso, aunque no sé si va a resultar realmente eficiente.
Estoy adelgazando, pero por partes. En los días que llevo controlando lo que como he perdido dos kilos, pero la única parte de mi cuerpo que se ha reducido es la pierna derecha. De momento la diferencia no es excesiva, aunque yo, cada vez que me desnudo, compruebo como se distancian más la una de la otra.
Al principio me hacía gracia esto de adelgazar por partes, pero ha llegado un punto en el que estoy empezando a preocuparme. En lo primero que he pensado es en la talla de pantalón; con mi porte, de natural desgarbado, ya suelo llevar el pantalón caído por un lado, pues solo me falta tener una pierna el doble de gorda que la otra para que resulte tarea imposible llevar la prenda en su sitio.
Dándole vueltas a esto ha sido cuando ha sobrevenido la siguiente preocupación, bastante más seria que la primera. No sé cuando va a dejar de adelgazar esa pierna y el menguado de la misma. Si ocurre en breve no habrá pasado nada realmente, adelgazará la otra pierna, o un brazo o la barriga y, al final, todo se compensará, pero si continúa como hasta ahora, ¿terminará por desaparecer?
Me he dado una semana de plazo, si no cambia la cosa no tendré más remedio que volver a las croquetas de cocido y la cerveza en el bar. En fin.
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Oct
4
Últimamente lo hago todo con prisas, tanto que hoy he salido del bar antes de que me sirvieran las croquetas.
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Oct
3
SEÑOR MAYOR
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Esta semana me he convertido oficialmente en un señor mayor.
Nunca tuve muy claro cómo se llegaba a este punto, nunca hasta que ocurrió.
Salí un momento del bar para dar tres caladas a un cigarro mientras me freían las croquetas y pasó un niño con un rotulador por la puerta. Avanzó explorando la calle hasta que encontró un banco en un reancho cercano. Destapó su arma con sorprendente tranquilidad y se dispuso a ensuciar el mobiliario urbano.
Un ataque de corrección me recorrió el cuerpo y no pude permanecer impasible ante el acto vandálico, así que, como si lo llevara haciendo toda la vida, le llamé la atención y le inquirí que no ensuciara y que le pintara el sofá a su madre.
Sí, lo cierto es que tampoco fui excesivamente original, pero era mi primera vez.
Contrariamente a lo que pensaba que sucedería, me siento bien siendo un señor mayor, he asumido este cambio en mi vida como un hecho inevitable y como la evolución que realmente representa.
Me siento tan a gusto con el estatus que he empezado a amoldarme a lo que conlleva ser un señor mayor. He solicitado la tarjeta de socio del supermercado y he comenzado a recoger los puntos para rellenar una cartilla y conseguir un juego de sábanas por un precio realmente recomendable. También me he comprado unos tirantes y una remesa de camisetas interiores de tirantes. Y, por supuesto, he comenzado los trámites para independizarme.
Tal vez debería haber empezado por buscar un piso, pero he decidido que, para cuando me mude, tiene que haber una asistenta contratada, si soy un señor mayor voy a serlo hasta las últimas consecuencias.
Voy a dejar de vivir con mi madre y voy a tener una asistenta que prepare croquetas y a la que le pueda meter mano mientras quita el polvo.
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Sep
26
FOTOGRAFÍA INEXISTENTE nº9 (IMAGINACCIÓN)
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A los pies de una plaza de toros de tercera hay montado un escenario pequeño con una tela negra al fondo, encima de él una cuadrilla de músicos venerados en su pueblo que revisan un himno de la movida madrileña.
La canción elegida aparece como profética, justo en el momento en que repiten aquello de “no sé, no sé” hay una pareja de orientales bastante jóvenes que terminan su jornada laboral en un restaurante cercano y que deciden parar a observar lo que sucede allí.
Se dibuja una sonrisa en sus labios mientras, abrazados, observan el espectáculo; ven miradas cómplices y bailes desenfrenados de gentes entradas en años.
No entienden lo que andan cantando ni, probablemente, habrán escuchado esa canción jamás antes, lo que probablemente sí entienden es lo que siente toda esa gente, lo que recuerda, lo que disfruta.
Antes de que termine la canción se dan la vuelta y marchan, todavía sonriendo.
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Sep
22
PARANOIA VITAL
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Tengo el cerebro constreñido, encorsetado. Han crecido en los límites de mi cabeza paredes hechas con botellas de plástico que acumulan en su interior montañas de posos de café y peladuras de melocotón, de hojas de platanero podridas y toallitas de papel de esas que ponen en el aseo de los bares para secarse las manos.
En este caldo de cultivo lo único que florece son artículos a medio hacer, proyectos sin culminar y esperanzas que no van a llegar a cumplirse nunca. Hay una bicicleta que no rueda cuando pedaleas y macetas que se comen los tubos de goteo para morir cuanto antes. Hay quinientas pastillas de jabón sin etiqueta que hacen espuma dentro del plástico que las protege y una página web que se ensucia cuando escribes en ella. Hay millones de contenidos teóricos imposibles de alcanzar y un lector compulsivo al que se le caducó el carné de la biblioteca. Hay un clavo ardiendo que se está convirtiendo en el último invento dispuesto para atravesarme los pensamientos y una pistola de silicona con la que unir las palabras para tratar de decir algo.
Menos mal que todo es mullido ahí dentro, siempre encuentro un rincón donde echarme la siesta y soñar con matas de freseras que dan frutos carnosos a diario, con pistas de esquí y con fondos marinos donde las tortugas me llevan de paseo.
Cuando despierto de lo único que me quedan ganas es de bajar al bar, oler el aceite hirviendo y acompañar las croquetas con una cerveza. Además allí se habla de fútbol y política, cuestiones siempre entretenidas.
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Sep
20
SINTIÉNDOME OBSERVADO
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Esta mañana he llegado aterrorizado y sudando como un pollo a casa.
Mientras iba a por el pan y a comprar algunas cosas al supermercado me ha parecido ver ciertos personajes extraños, hecho al que no he dado la menor importancia porque creo que tengo un radar que se centra en detalles insignificantes dejando pasar lo auténticamente importante. He pensado que se había puesto en marcha haciéndome creer que veía personajes de cómic por sus gafas estrafalarias y sus cardados imposibles.
El caso es que después de colocar toda la compra en sus respectivos armarios he decidido salir a pasear disfrutando de uno de los pocos días que nos quedan de buen tiempo en la zona, tratando, de paso, de calmar mi conciencia tras el exceso de bebidas espirituosas catadas en los últimos tiempos.
Vengo suponiendo desde hace algún tiempo que por cada hora que paso al aire libre, de paseo por el campo, en el parque o la playa, compenso una de las horas que he pasado encerrado en el bar, y como es tiempo de propósitos y de conductas saludables, he pensado que reduciendo a dos horas el tiempo de barra y pasando la tercera de paseo, realmente estoy reduciendo a la mitad la contaminación de mi cuerpo.
El caso es que he decidido subir al monte en este, mi segundo día de terapia. Andaba cuesta arriba por una de las calles más empinadas del pueblo tratando de llegar a las faldas de la montaña cuando he vuelto a ver a uno de esos personajes de cómic que me había cruzado antes. Era una señora mayor que andaba renqueando, con un peinado rubio que de tanta laca parecía una peluca, tenía la nariz excesivamente grande y afilada y lucía unas gafas de vista con cristales ahumados. No la había visto en la vida y era la segunda vez que me la cruzaba en una mañana. Extraño.
El caso es que al bajar de mi paseo la he vuelto a ver dando la vuelta a una esquina con una agilidad sorprendente y, mirando de reojo, me he percatado de que me seguía hasta casa. Por supuesto que eso era un tipo disfrazado y por supuesto que me estaba controlando.
Después de un rato encerrado en casa con la llave echada y mirando por la ventana a ver si veía a aquel espécimen, he encontrado la respuesta.
Aquella caricatura de ser humano tiene que ser el dueño del bar de costumbre, seguro. Se ha disfrazado para pasar desapercibido y controlarme para ver si le estaba poniendo los cuernos comiendo croquetas de otra freidora.
O eso espero.
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Sep
19
Las imposiciones de nuestra querida vida diaria, las de ahora y las de toda la vida, nos han llevado a desapercibirnos de cómo se llevan a cabo ciertos procesos.
Recuerdo, como si fuera hoy, la primera vez que escuché la palabra barbecho. Recuerdo que imaginé que un barbecho tenía que ser un señor con una barba enorme empapada con el caldo de una lata de berberechos, pero no sabía donde podía estar ese hombre ni cual sería el motivo para mantenerla mojada con ese mejunje. Para terminar de descolocarme la palabra aparecía en un paseo que daba con mi padre y mi abuelo entre campos de olivos y viñedos.
Tardé un tiempo en descubrir lo que significaba y, en principio, me llevé una desilusión. Me parecía mucho más gracioso que hubiera señores que, para curarse de la apatía, se volcaran las latas de berberechos a la boca dejando correr el aguaza blanca por sus barbas pobladas mientras sus nietos se revolcaban de risa vestidos de domingo.
Hoy, aunque me sigue pareciendo que aquello es algo que deberían hacer de vez en cuando los abuelos (y que se podría llamar barberecho), la opción real del barbecho me parece realmente interesante, y no solo para regenerar las tierras.
Estoy completamente convencido de la necesidad del ser humano de permanecer, a temporadas, en barbecho. Cada cierto tiempo deberíamos desnudarnos en un ribazo y dejar que la naturaleza nos devolviera, poco a poco, todo lo que vamos perdiendo con las prisas. Nos deberíamos dejar comer las uñas y los malos sentimientos por rebaños de ovejas que nos cagaran encima y nos devolvieran, filtrándose por los poros, los nutrientes que dejamos de comer porque no tenemos tiempo. Y, por supuesto, deberíamos permanecer allí por algún tiempo hasta que, un día, el rocío mañanero nos despertara las ganas de ponernos otra vez a la marcha, solo cuando el cuerpo nos lo pidiera.
Mientras encuentro un lecho que me acomode, mullido y resguardado de los carroñeros, voy tomando croquetas con una cervecica, que también regeneran el alma.
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Jun
23
DON POÉTICO
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Ayer, mientras trataba de salir del agua, tras un refrescante baño en las aguas amables del Mediterráneo, me di un golpe en la mano derecha con las rocas. Fue un golpe sin importancia, prácticamente ni me había percatado hasta que vi un rasguño que me hizo sangrar por el nudillo del dedo corazón.
El caso es que esta mañana me he levantado con el dedo hinchado, no es una hinchazón superlativa, ni mucho menos, ni siquiera me impide llevar a cabo ninguna de las actividades cotidianas, pero resulta extraña.
Cuando me he decidido a escribirle una nota a mi madre diciéndole que no me esperara a comer hoy, las palabras que surgían de mi mano lo hacían rimando unas con otras (Madre no cuentes conmigo pa las lentejas / las gotas de sudor me resbalan por las cejas. / Tomaré algo fresquico y que se coma con las manos / tal vez unas croquetas con un tinto de verano.)
Ha sido increíble, la emoción me ha desbordado, las palabras surgían solas de mis manos sin necesidad de pensarlas, por sí solas. No he querido lanzar las campanas al vuelo, por si era una falsa alarma, así que he cogido otro papel y he pensado en el bar de costumbre, sin más, las palabras han vuelto a surgir solas de la punta del boli. (Compañera de fatigas en multitud de horas / de montones de cervezas e incontables coca-colas (con ron). / Cada día me cuesta más resultar para ti simpático / será, quizás, por el malestar hepático. / Tu madera suave que aguanta borrachos como ella sola / es de lo que más me acordaré cuando vaya a alcohólicos anónimos para hacer cola.)
Ha sido espectacular, insólito, tremendo. He descubierto un filón que me podría hacer rico y famoso. Soy consciente del lugar que ocupa la poesía a día de hoy en la sociedad, pero si todo lo que escribo está rimado, si se me salen los pareados por los camales, seguramente podría encontrar trabajo en algún periódico local, como tertuliano en un programa de radio o, si no hay otro remedio, vendiendo mis poesías en la plaza mayor de alguna capital de provincia.
Seguramente el influjo del Mediterráneo en mi corazón, el dedo, me ha otorgado el don de la aliteración y el uso de la sinalefa, todo un honor para un escritorzucho que malvive hablando de croquetas.
Pero no podía ser todo tan bonito, por supuesto. Así, cuando he llegado hasta el ordenador para empezar a teclear historias increíbles he permanecido un buen rato sin pulsar ni una sola tecla. El don no funciona aquí. Debe ser que únicamente cuando el dedo corazón guía es cuando fluye la narración poética, así que me he quedado compuesto y sin posibilidades de enriquecerme.
Debería haberme esmerado más en la caligrafía cuando iba al colegio, con mi letra no hay dios que me compre un poema.
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Jun
22
Muchas veces he pensado en lo fantástico que sería poder recordar las sensaciones que me inundaron la primera vez que hice algunas cosas, muchas en realidad.
Si pudiera elegir rememorar, o volver a hacer por primera vez, alguna de esas cosas que de tanto repetirlas se han convertido en rutina y perdieron el encanto que tenían las primeras veces que las probábamos, sería, sin lugar a dudas, descubrir lo que se siente al mojar un trozo de pan en la yema de un huevo frito.
Me gustaría sobremanera volver a descubrir lo que se siente al romper el leve telo contenedor y ver, por primera vez, cómo se derrama el oro líquido esparciéndose por el plato.
Si fuera capaz de volver a vivir por primera vez la grandeza de probar un huevo frito trataría de cincelar en mi memoria cada sensación para no olvidarlas jamás, para que no se perdieran, para tener siempre presente la enormidad de las cosas que cada día se nos van escurriendo entre los dedos, preocupados por nimiedades.
A pesar de todo esto estoy tranquilo, todavía a cosas que realizar por primera vez en mi vida, no está todo perdido, existen mil recovecos por escudriñar antes de ir a la cama cada noche. Aunque no sé si serán comparables al del huevo.
Hoy, por ejemplo, me he propuesto vivir una nueva experiencia, aportar a mi anodina existencia una vivencia que jamás antes había imaginado. Después de varios años friendo las croquetas en la misma cocina, ha llegado el momento de limpiar los filtros del extractor de humos.
Tal vez no esté tan mal seguir con las rutinas y fantasear con lo que sería vivir experiencias nuevas.
Desdentado
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